Cuando se tropieza con el imperioso rejillo “exterior”

Nicolás Guerra Aguiar

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Mientras uno, estimado lector, continúa consultando esos sabios monumentos de las lenguas que son los diccionarios, más confirma por enésima vez (sin considerandos de repetición excesiva) las palabras de un maestro, escuela pública de Gáldar. Y aunque repito, no puedo olvidar la clase magistral de don José Sánchez cuando me insistía a mis añitos de vida infantil que la mejor lectura era el diccionario. ¡Cuánta razón tuvo, profesor represaliado político imbuido de las doctrinas defendidas por la Institución Libre de Enseñanza!

 

Pues bien. La definición de “godo” en el Diccionario (RAE) se refiere al ‘español (natural de España)’, tal precisa en quinta acepción (Chile, Cuba, Bolivia, Ecuador). Así, para el doctor Morera Pérez, investigador y filólogo (Diccionario histórico-etimológico […]), fue término usado en América durante las guerras de independencia contra España (añade Argentina, Colombia, Perú, Puerto Rico) para referirse a cualquier español: “Los colonos leales a la corona […] fueron apodados godos”.

 

Tal significado llegó a Canarias con nuestros migrantes: a miles (como centenares de miles de españoles) habían viajado a tierras americanas, buscaban dignas condiciones de vida o, acaso, huían de represiones franquistas a partir de 1937. (¿Altera los ritmos cardíacos en este primer cuarto del XXI que España acoja a hispanoamericanos como trabajadores... mas no con ínfulas dominantes a la manera de quienes colonizaron América?)

 

Pero cuando (cuarto significado) también se refiere al ‘español peninsular’ en Canarias, tal generalización no parece rigurosamente precisa. Es cierto que, tanto para los países americanos apuntados como para nuestra variante dialectal, el Diccionario añade la consideración de godo como “adjetivo despectivo”. Pero en variados sectores isleños la etiqueta sólo se aplica a quienes se comportan con altanería, soberbia y prepotencia a la manera colonial, tan presente en la España posterior al XVI. Así pues, no todos los españoles son godos; pero sí son españoles todos los godos.

 

Más: ciertas conductas a la manera de los virreyes (desde 1535) definieron a gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento destinados a Canarias desde 1937 (casi todos de la raya pafuera). Para ellos ambas provincias les servirían como salto a cargos superiores tras el retorno a Madrid: por tanto, todo valía, todo todo. (Hubo uno en Las Palmas, señor Cañavate, cuyo patronímico sufrió ligera transformación popular para construir por aproximación fonética la secuencia “¡Enrique, Coñoveteee!”, cadena lingüística que resume el hartazgo de los canarios orientales durante su mandato... a la manera goda.)

 

Todo lo cual nos trae al aquí y al ahora con un tema humano, duro: la tragedia en el crucero Hondius significó el inicial desasosiego de un sector de la población canaria y el emputamiento del señor presidente del Gobierno de Canarias con el central. (Por cierto, insisto: “emputarse” es un americanismo presente en Canarias y arribado desde México, El Salvador, Honduras. También es palabra considerada “malsonante coloquial” por el Diccionario. Este propone “encolerizarse, encachimbarse -¿americanismo hondureño próximo a nuestro cachimbazo?-, enrabietar…”.)

 

Sabemos por él mismo (conversación con el periodista señor Suárez Álamo, Canarias7 del 9/5) que, inicialmente, se había celebrado en el Ministerio de Sanidad una reunión técnica con la presencia del director general de Salud Pública canario. En ella decidieron que el barco debía seguir hacia Países Bajos sin tocar costa isleña (aún no se hablaba de Tenerife). Después, desde Bruselas conoce “a través de medios de comunicación” que, de lo anterior, leche machanga: el barco “se dirige a Canarias”.

 

En muy posterior contacto telefónico con la señora ministra, esta responde que fue la Organización Mundial de la Salud quien recomendó el cambio. (Si la sugerencia de la OMS se debió a la lejanía de Países Bajos, ¿se planteó previamente el Gobierno por qué no a Andalucía, decenas de hospitales, seis aeropuertos…, pero en vísperas electorales? ¿Temor al hundimiento de una candidata?)

 

Y como, obviamente, la cuestión científica se me escapa, apunto a lo político: ¿por qué no se le comunicó inmediatamente tal decisión al señor presidente del Gobierno canario? ¿Quizás interesadas perspectivas? ¿Algo así como si, inspirados por trasnochados absolutismos, se pretendiera negarle representatividad como máxima autoridad? Y ahí (añade) “es cuando se producen los primeros momentos de tensión”, es decir, conflagración verbal. (Por cierto: muy creído el señor secretario de Estado de Sanidad.)

 

Por lo que a la operación en sí se refiere, mi reconocimiento y aplauso: la atención médico-humanitaria debe prevalecer sobre otros considerandos. Es conditio sine qua non, apropiada locución latina sin la cual el ser humano deja de ser tal y se convierte en animal irracional (aunque si echamos un vistazo a cómo reaccionan muchas personas “civilizadas” ante Gaza, Ucrania, Líbano…). Pero cabe preguntarse: ¿eran rigurosamente imprescindibles el decidido inicial atraque, los internamientos en el hospital chicharrero, la espera en Granadilla durante varios días? La feliz conclusión demuestra que había otras opciones (eso si: acaso más caras para la compañía armadora; quizás más complejas... pero mucho más rigurosas).

 

Mantengo, pues, mi sospecha sobre el aparente autoritarismo de Madrid y el tufillo a secular desaire cuando tomaron decisiones que afectaban directísimamente a Canarias… sin presencia de nuestros representantes. No hubo, no, inmediato diálogo fluido y continuado. Ni tan siquiera un urgente telefonazo para convocar al señor presidente de Canarias tras la decisión tomada. Ni disculpas: sólo silencio ministerial.

 

Así, cuando dos titulares del periódico El Día (de Tenerife) incluyen en sus textos formas verbales como “imponen” (“La OMS y Sanidad imponen el traslado a Tenerife del buque afectado”) y “exige” (“El Ministerio dirigido por Mónica García exige que uno de los pacientes más graves sea evacuado al Hospital de La Candelaria”), termina uno mosqueado. Pero no con el significado que el Diccionario básico de canarismos da a tal adjetivo (Tf., Hi. ‘Dicho de una cabra o de una vaca, con el cuerpo moteado de cualquier color’) sino con otro, el de ‘sospecha’.

 

Y lo digo porque imponer y exigir suenan, respectivamente, a hacer valer la autoridad o poderío y reclamar imperiosamente algo, como si a Madrid le encantara forzar con “la unidad de destino en lo universal”, imperial texto. Es decir, hago valer mi autoridad porque soy ministra y, como tal, no considero la sabia prudencia de atender y debatir previamente alegatos y argumentos canarios. Y por si acaso el señor presidente se enrabisca como un gallo kíkere, ¡que se entere por los medios!

 

(Por cierto: ¿acaso algún próximo asesor suyo le esriscó la perra con “los roedores”? Añado, con mis respetos: nada pertinentes las camisetas con Mickey Mouse llevadas por señorías psocialistas (13/5) en el Parlamento canario, sagrado recinto para palabras nobles, elementales, diálogos y entendimientos. El tema que se debatía era muy muy serio.)

 

Nicolás Guerra Aguiar

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