A mis lectores amigos

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Estimados amigos:
 
Hace ocho meses que me empeño en escribir cada semana un pequeño artículo en esta revista. No sé quiénes, ni cuántos lo leen, si muchos o pocos o si serán hombres o mujeres. Quisiera pensar que, aparte de mi familia, algunos amigos y unos pocos conocidos, los lee alguien más. Pero el motivo de este escrito no es adivinar el número de lectores, ni el género. 
 
El motivo es otro. Y es que, veces, me da por pensar que invado su intimidad. Voy a explicarlo porque no quiero que se me entienda mal, que en estos tiempos que corren la gente es muy dada a darle la vuelta a casi todo. 
 
Cuando hablo de que “invado su intimidad” quiero expresar que les envío  los artículos por wasap (palabra aceptada por la RAE). Empecé con esa mala costumbre desde el principio y ahí sigo, ignorando que lo pueden leer directamente de la revista escribiendo en su móvil o tableta Infonortedigital.
 
Voy a intentar relatar cómo me siento al enviárselos. Seguramente muchas personas pensarán que estas cosas que les voy a contar no se deberían decir, porque no son políticamente correctas (expresión muy utilizada en los últimos tiempos), pero eso puede  servir a los demás, pero no a mí, que paso de algunas normas sociales que no hacen sino encorsetar la libertad.
 
Les cuento: a veces me imagino a mí mismo como un pobre mendigo tocando a la puerta de la vecindad. Algunos observan por la  “mirilla” y, al ver quién llama, te dejan allí afuera por tiempo indefinido, y tú, después de un buen rato de espera, ninguneado, te alejas de la puerta como un perro apaleado. 
 
Otros, tal vez más humanos y caritativos, miran y abren, te sonríen amablemente, y como si te pidieran disculpas, te dan la espalda y cierran suavemente tras de sí. Y tú te quedas sin saber qué postura tomar, sin saber si debes volver a tocar o alejarte en busca de otra casa en la que poder seguir ejerciendo tu papel de pordiosero. 
 
Otros, los menos, afortunadamente, no se andan con rodeos. Gritan desde dentro que me vaya de la puerta, que nada tienen para mí, ni siquiera el más ligero saludo. Tal vez les molesta mi actitud sumisa, mi desaliñado ropaje, o es probable que les haya sorprendido en un momento inoportuno. No lo sé, pero sí sé que la mendicidad y la pobreza siempre han provocado rechazo en los demás. 
 
También es cierto que muchos me abren, me saludan con muestras de cariño y con una sonrisa se detienen a hablar conmigo. Sienten verdadero afecto por mi persona. Me conocen desde siempre y saben de mi adicción a la literatura, del abismo en el que hace ya muchos años estoy metido. Son conscientes de que no tengo ya punto de retorno, de que mis continuas recaídas me llevarán a la perdición, porque es muy difícil salir de este infierno literario que te va consumiendo poco a poco. 
 
Es un monstruo que se va apoderando de ti hasta dejarte sin energías. Y lo malo es que lo sé, pero nada puedo hacer porque me tiene atrapado para siempre en sus redes. Consciente de todo ello, se muestran compasivos, me agasajan con sus limosnas y me dedican un poco de su tan apreciado tiempo. Y yo, con mi aspecto desaliñado, les doy las gracias y, con la mayor dignidad posible (porque les recuerdo que los mendigos también tienen dignidad) me despido hasta pasado unos días en que vuelva a tocar a sus puertas.
 
Y es que algunos de mis amigos y conocidos más cercanos no se quieren dar cuenta de que yo, en ese breve momento en que les envío por wasap mi escrito soy ese pordiosero que, ilusionado por compartir con ellos una reflexión, pide una mínima atención, un poco de su tiempo, un gesto cariñoso, una caritativa acogida. 
 
Sí, puede que, tal vez, mis artículos les supongan una invasión, una injerencia, un aprovecharse de la amistad para que me atiendan, para que me acojan. Les confieso que en los inicios sentí  mucho pudor al enviárselos, pero luego lo fui perdiendo, ante la incredulidad de mis hijas que, a pesar de todo, me dejaban hacer, aunque alguna vez les oí comentar que el pobre papá se está haciendo mayor y está perdiendo la cabeza. Ahora le ha dado por escribir y, encima, envía sus escritos a sus conocidos por wasap, qué vergüenza, decían, alzando la cabeza hacia el cielo como solicitando ayuda divina.
 
Porque hasta Dios está preocupado por mi forma de abordar a mis amigos y conocidos, me dije en un arrebato. Ya no puede uno hacer y decir lo que le dé la real gana porque tus hijas primero, y algunos íntimos después, creen que eso no está bien, papá, a tus años con estas cosas literarias. ¿Por qué no te vas tranquilito para el cercado y te pones a hacer algo allí para que entretengas la mañana, sin comerte tanto la bola con la situación política, social y económica de España, Europa y resto del mundo? Sin tener que pasarte horas escribiendo sobre cualquier cosa que te llame la atención para ponerle pega a todo. ¡No señor! ¡Ahora le ha dado por escribir y por publicar sus escritos! ¡No tenía ya bastante con leer a cualquier hora, jugar al pádel, correr y salir en bici! 
 
Porque esa es otra (aprovechan para decirte una vez más), papá, nosotras creemos que tú deberías ir pensando en dejarlo, que ya no tienes edad para andar subido sobre dos ruedas, ya no tienes los mismos reflejos. Si continúas así, no nos va a quedar más remedio que hablar con el médico para que te obligue a dejarlo, aunque para el caso que le vas a hacer… (No les he dicho que visito al psiquiatra, porque entonces pondrían el grito en el cielo).
 
Dejo que sigan hablando solas, comiéndoles, como dicen ellas, la bola a su madre y emprendo una disimulada retirada, pero reaccionan y se lanzan tras de mí mientras me sueltan a mis espaldas: y olvídate de seguir yendo a caminar por senderos peligrosos a otras islas. A partir de ya tienes que caminar, como hacen tus hermanos y todos los que tienen tu edad, por la “Avenida del Colesterol”.
 
Debo explicarles a los que no la conozcan que esta avenida es una senda urbana ya famosa entre los vecinos del municipio de Ingenio utilizada por muchos para bajar barriga, hacer deporte, para aliviarse ellas del tormento de sus esposos recién jubilados que no se despegan un momento de sus parejas, las pobres, que tan tranquilas estaban antes sin la presencia continua de ellos, sin la mirada de perros de presa observando lo que hacen en casa y poniéndoles objeciones a todo; pasear mientras te agobias saludando a unos y a otros y parándote cada cinco metros; caminar mientras luchas contra el “airecillo” que te acompaña a veces durante todo el trayecto y que se ha convertido en un amigo más; sortear a los corredores que vienen en dirección contraria y que se te antoja un enorme desafío…En definitiva: llevar una vida así de sana como la que les he descrito y que tanto gusta a mis convecinos que la practican.
 
 ¿Nos oíste? Digo que sí con la cabeza para tranquilizarlas, pero ni idea de lo que han dicho, porque estaba yo abstraído pensando en dónde iría a nadar el sábado mis mil doscientos metros, si en el Burrero o en la playa de Arinaga. Mejor en el Burrero, porque en Arinaga no hay quien aparque, y si tienes la fortuna de hacerlo, te debes de equipar con zapatillas de deporte para emprender una caminata de aquí te espero para llegar a la playa; pero aquí no termina la odisea, porque si has conseguido llegar, tendrás que sortear a cientos de personas para encontrar un hueco libre donde poder chapotear un rato.
 
Buff…, por los cerros de Úbeda, como siempre. Intentaré retomar el hilo, que no siempre me resulta fácil.
 
Algunos de mis amigos y conocidos, al ver aparecer en sus teléfonos móviles el wasap que les he enviado, lanzan una rápida mirada y, con gesto de fastidio imagino que dicen: aquí está otra vez este pesado, comiéndonos la bola con Trump, Netanyahu, Milei y la biblia en verso, que este es capaz. ¡Menudo coñazo se está volviendo con sus continuos escritos! Lo dejaré para cuando tenga tiempo. O no lo abriré. O ya veré (recapacitan con un ligero sentimiento de culpa).
 
Y aunque me fastidian estos comentarios que en realidad no escucho, pero que imagino, sin embargo, me pueden más los silencios de algunos amigos míos que no abren la boca en público, no sé si en privado, para hacer la más mínima referencia a esta afición mía por publicar; como si quisieran ignorarme, hacen ver que  mis escritos no existen para ellos. Aunque, también es verdad, me digo en un alarde de lucidez que tengo de vez en cuando, que tampoco están obligados a leerlos.
 
De cualquier forma, siento lástima por estos amigos, porque  pienso que caen en continuas contradicciones. Se pasan el día jactándose de pregonar a los cuatro vientos que, para sentirnos bien con los demás es necesario compartir, hacer piña, estar más tiempo juntos, vernos más a menudo, saber más los uno de los otros. 
 
No los termino de entender. Debe ser que soy un ingenuo, pues llevo sesenta años tratando de conjugar lo que digo con lo que hago. ¿Cómo hacerles ver que lo único que pretendo es llamar su atención, que mi único objetivo es compartir un simple artículo que les haga reflexionar sobre un determinado tema? 
 
No saben, porque no se los he confesado, que espero ilusionado sus comentarios, no tanto sus halagos, que también, para qué negarlo, sino sus puntos de vista sobre mis escritos. No se imaginan que es en ese instante cuando la literatura cobra para mí todo el sentido: el escritor se convierte en lector y el lector en escritor, todos aprendemos de todos. 
 
Y si, además, logro hacerles aflorar una sonrisa en sus labios, eso ya sería puro realismo mágico.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.204

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.