Agaete también merece una conversación sobre seguridad vial que no llegue siempre después

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Hay noticias que se consumen con una rapidez injusta. Un atropello grave, unas personas heridas, la intervención de los servicios de emergencia y el suceso pasa a ocupar ese espacio de la actualidad donde todo parece triste pero casi inevitable. Después llega el silencio. La vida sigue, la agenda cambia y el municipio vuelve a su ritmo habitual. Sin embargo, cada vez que una calle o una vía urbana se convierte en escenario de daño serio para un peatón, convendría detenerse un poco más. No para explotar el dolor, sino para entender qué está diciendo ese golpe sobre la manera en que estamos construyendo y gobernando nuestros espacios cotidianos.

 

Eso es lo que debería hacer Agaete tras el atropello grave de dos mujeres en la calle del Norte. No bastaría con lamentarlo y esperar que el episodio quede archivado como una desgracia aislada. Un municipio que se respeta a sí mismo tiene que preguntarse qué parte de esos hechos corresponde a la fatalidad y qué parte remite a una conversación más amplia sobre prevención, trazado urbano, iluminación, señalización, calmado del tráfico y prioridad real del peatón. Porque la seguridad vial rara vez depende de un solo factor. Casi siempre es el resultado de una suma: la velocidad permitida, la velocidad tolerada, la visibilidad, el ancho de la vía, la cultura de conducción, la calidad del entorno y la jerarquía que una comunidad establece entre la fluidez del coche y la seguridad de quien camina.

 

En municipios pequeños y medianos, esta conversación suele llegar tarde. Las grandes ciudades tienen planes de movilidad, debates técnicos, asociaciones activas y una sensibilidad pública más asentada sobre el espacio urbano. En cambio, los municipios con otra escala tienden a caer en una cierta rutina del paisaje. Se naturalizan hábitos de circulación, se asumen puntos conflictivos, se convive con pequeñas incomodidades y solo cuando ocurre algo grave se abre, durante unas horas, una reflexión que debería haber empezado mucho antes. Ese es justamente el error que convendría corregir.

 

Agaete merece una conversación seria sobre seguridad vial antes de la próxima tragedia, no después de ella. La merece por responsabilidad institucional, pero también por respeto cívico. Porque cuando un peatón resulta gravemente herido, no se rompe solo un cuerpo. Se resquebraja también la confianza de un barrio, de una calle y de una comunidad en la seguridad mínima de su espacio compartido. La calle deja de ser solo un trayecto y se convierte en un lugar sospechoso, en un recordatorio de vulnerabilidad. Eso tiene consecuencias emocionales y sociales que rara vez se contabilizan.

 

Conviene insistir en algo elemental: la seguridad vial no es un asunto secundario, ni una cuestión exclusivamente policial, ni un simple problema de educación individual. Es, ante todo, una política pública de cuidado. Y el cuidado se nota en detalles muy concretos: en pasos de peatones visibles y bien colocados, en iluminación adecuada, en aceras continuas, en entornos donde la velocidad se modera de verdad, en señalización comprensible y en una cultura institucional que no espere a que haya víctimas para revisar aquello que lleva tiempo funcionando mal. Una calle segura no es la que parece ordenada sobre el papel. Es la que permite que una persona mayor, una niña o cualquier peatón se muevan sin sentir que están negociando su integridad con la prisa ajena.

 

El coche ha ocupado durante décadas una posición de privilegio casi incuestionada en muchos municipios. No solo en las infraestructuras, también en la imaginación colectiva. Se sigue pensando, con demasiada frecuencia, que lo normal es facilitar la circulación y después, si es posible, añadir protección para quien va a pie. Pero una comunidad madura debería invertir esa lógica. Lo normal tendría que ser proteger primero la vida y ordenar después el tráfico. Lo normal tendría que ser que ninguna calle donde transitan peatones a diario se diseñe o se tolere como si el objetivo principal fuera no interrumpir el ritmo de los vehículos.

 

Agaete, además, tiene una complejidad propia que hace esta reflexión todavía más necesaria. Es un municipio atravesado por flujos distintos: residentes, visitantes, actividad portuaria, conexiones insulares, movimiento comarcal. Todo eso genera tensiones específicas sobre determinadas vías y sobre la convivencia entre distintos usos del espacio. Precisamente por eso no sirve la resignación. No basta con asumir que por determinadas calles pasa mucha gente o mucho tráfico. Hace falta preguntarse qué medidas concretas pueden adoptarse para que esa intensidad no convierta la vida cotidiana en una lotería.

 

La buena política local no se mide solo por su capacidad de reaccionar ante una emergencia. Se mide también por su capacidad de aprender de ella y de traducir ese aprendizaje en prevención. Habría que revisar puntos sensibles, escuchar a los vecinos, estudiar velocidades reales, analizar iluminación, cruces, visibilidad y continuidad peatonal. Habría que tomar en serio algo que a menudo se considera menor hasta que deja de serlo: que cada paso de peatones mal resuelto y cada calle tolerada en condiciones inseguras es una forma de riesgo administrativo acumulado.

 

No se trata de buscar culpables abstractos ni de convertir un suceso doloroso en arma arrojadiza. Se trata de entender que la tragedia no puede ser el único detonante del debate público. Una comunidad no demuestra madurez cuando lamenta bien lo ocurrido. La demuestra cuando consigue que no vuelva a ocurrir o, al menos, cuando reduce de forma seria las posibilidades de que ocurra. Y para eso hacen falta menos condolencias automáticas y más cultura preventiva.

 

Agaete merece esa conversación. La merece porque ningún municipio debe acostumbrarse a que la seguridad vial solo exista en el lenguaje institucional después del golpe. La merece porque caminar por una calle del pueblo no debería parecer una exposición al azar. Y la merece porque el espacio público, cuando está bien gobernado, no solo organiza el tráfico: protege la vida. Si de este episodio no sale una reflexión más profunda, habremos vuelto a hacer lo que tantas veces se hace en todas partes: consumir la noticia, lamentar el dolor y dejar intactas las condiciones que lo hicieron posible.

 

Vidal Bolaños Betancort

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