Microrrelatos. Guarda el norte

Un viaje íntimo por la memoria, el arraigo y los secretos que susurra el viento de Lanzarote en una casa llena de recuerdos.

Olga Valiente Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Mi abuela siempre decía que el viento de Lanzarote sabe más de nosotros que nosotros mismos, que tan solo pisar la isla ya conoce nuestro nombre, nuestros miedos y hasta las promesas que soltamos al mar convirtiéndolo cómplice de nuestros secretos. Quizá por eso, cuando abrí la ventana de la casa de mi abuela aquella tarde y sentí el aroma a salitre y a gofio tostado del viento golpeándome en la cara, supe que no estaba ahí de casualidad.

 

La casa está en Haría, rodeada de palmeras, ajena a tormentas o sequías. Llena de muebles y recuerdos de cuando ella todavía existía que ahora, con ayuda del notario, me toca recoger, guardar y clasificar. Nunca me ha sido fácil el desapego, esa palabra tan moderna y fría, y la casa, y el crujir del suelo de tea, lo sabe.

 

Todo huele a colonia de lavanda. En cada cabecero de cada cama, cuelga un rosario. Dentro de la cómoda de la abuela siguen las sábanas con bordados y su radio, la que solía escuchar cada tarde junto a la ventana de la cocina con vistas al volcán, la que acompañaba sus tardes de café con música antigua y rezos. Mejor la dejo sobre la mesa, apagada, para no molestar a los fantasmas. Barro, apilo libros, ordeno fotografías familiares donde ella sonríe apretando los dientes, con un pañuelo en la cabeza, en el Mirador del Río.

 

—Abuela —digo en voz alta—, mañana llamo a la inmobiliaria.

 

La casa me responde con y un chasquido y, luego, todo se queda en silencio.

 

Todos en el pueblo me decían que no la vendiera, que aunque la abuela se hubiera ido la casa aún seguía viva, deseando ser ocupada. Juan el panadero juraba escuchar música saliendo bajo la puerta en días de viento, como si éste creara melodías al contacto con el interior colándose por las rendijas.

 

—Esa casa siempre tenía las puertas abiertas —me dijo—. Venía mucha gente en busca de consejo y tu abuela siempre tenía una brújula para cada uno.

 

No supe qué responder. Me despedí y seguí recogiendo recuerdos de mi infancia. En uno de los armarios encontré un cuaderno con una nota escrita por la abuela. «Guarda el norte», decía. Me llevó toda la mañana decidir si se trataba de una broma, de una simple nota sin sentido o si, por el contrario, se trataba de un mensaje con algún tipo de significado.

 

Entonces lo recordé: de niña mi abuela solía llevarme a Famara a enseñarme a leer el mar. «A veces está manso, otras demasiado bravo, pero siempre te responde cuando necesitas respuestas». Me dormí con ese recuerdo en la cabeza y comencé a soñar: una niña con trenzas caminaba por la playa con una brújula en la mano y siempre que marcaba el norte sonreía y miraba hacia el mar. Cuando desperté tenía la nota en la mano.

 

No llamé a la inmobiliaria. En lugar de eso, me preparé un café y subí a la azotea. Desde allí, podía sentir el viento danzando entre las hojas de las palmeras dejando olor a sal, a tierra y a hogar a su paso, podía escuchar la radio de los vecinos y escuchar el sonido de las ropas secándose al aire. Y me sentía en casa.

 

Volví a mirar la nota de la abuela y la dejé apoyada sobre el muro, dejándola volar con el viento. No sé cuánto tiempo me quedé allí sentada, respirando, escuchando, sintiendo, dejando que el viento acomodara mi dolor y dejara aflorar mis sentimientos.

 

Regresé a casa más ligera, como si de repente mi alma hubiera encontrado su camino. Dejé la taza sobre la mesa y encendí la radio y, por primera vez desde que la abuela murió, sentí que su casa también era la mía. En la radio empezó a sonar una folía, en el marco de la puerta apareció ella haciéndome compañía y las cortinas de la ventana de la cocina se sacudieron celebrando mi llegada.

 

—Me quedo —dije en voz alta—. Porque este siempre ha sido mi hogar.

 

Sonreí y me puse a escribir este relato por si alguien, alguna vez, en alguna otra casa, necesite escuchar el viento, y su interior, para entender cómo suena cuando trae compañía y un mensaje por descifrar.

 

Olga Valiente

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