Educación Infantil

Infancias competitivas

La presión por destacar y la búsqueda constante de aprobación afectan el desarrollo emocional infantil, dificultando la gestión de la frustración y el aprendizaje del valor de la cooperación.

Haridian Suárez Vega Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Están jugando a un juego de mesa. Tu hijo pierde.

 

Tú ya sabes cómo va a terminar todo.

 

De repente explota: "¡No vale! “¡Has hecho trampa!" “No quiero jugar más”

 

Gritos, llantos y el juego volando por los aires.

 

Te suena, ¿verdad?

 

Es esa escena cotidiana en la que tu hijo colapsa porque no ha ganado. O mejor dicho, porque no sabe perder.

 

Otro día más, lo que empezó con risas terminó en drama. Es agotador.

 

Y lo único que se nos ocurre en ese momento es decirle frases tipo: “Así no se puede jugar contigo.” “No pasa nada por perder.” “Tienes que aprender a perder.”

 

Volvamos a la escena cotidiana. No la del juego de mesa, sino a las escenas del día a día nuestro, como adultos.

 

¿Qué le estamos enseñando con nuestros actos diarios?

 

El entrenamiento invisible: La competición como juego

 

A veces no somos conscientes de que, desde que se levantan hasta que se acuestan, sometemos a los niños a una competición constante.

 

"A ver quién llega antes al coche". "A ver quién se acaba antes la cena". "Mira tu hermano, él ya se puso los zapatos". "Tú sí que eres listo".

 

Lo disfrazamos de juego, de intención motivacional, pero ¿Qué fomentamos con eso?

 

No fomentamos la cooperación, sino la comparación.

 

Vivimos comparando, midiendo y celebrando constantemente a quién destaca más.

 

Y estamos lanzando un mensaje peligroso: Ganar o perder está relacionado con el valor personal. Ganar importa. Destacar importa. El éxito es ser mejor que el otro. Y perder es ser menos valioso.

 

Valgo cuando destaco. No cuando disfruto. No cuando coopero. No cuando me esfuerzo. Cuando gano.

 

Después nos sorprende que perder les duela tanto.

 

La suma de todos los factores

 

A esta competitividad "de salón" se le añaden dos ingredientes que complican la gestión de la derrota:

 

  1. La adicción a la validación externa: Estamos acostumbrados a abusar del "¡Qué bien!", "¡Qué bueno!", "¡Qué listo!". El niño aprende a actuar para recibir ese premio verbal. Si no gana, no hay elogio. Si no hay elogio, siente que no es suficiente.

  2. La negación de la emoción: Fomentamos constantemente la competitividad…
    pero no toleramos la frustración que genera. Le pedimos que gestione esa emoción tan compleja él solito desde la calma. Y mientras, nosotros, le estamos negando que tenga derecho a sentirla: "No te pongas así por esa tontería".

 

No es muy difícil imaginar el resultado a corto, medio y largo plazo: niños que todo lo convierten en una competición de "o tú o yo". Niños que no saben perder porque, en su esquema mental, perder es desaparecer. Niños que no toleran equivocarse, que se frustran por todo, que necesitan ser “los mejores”, que hacen trampas, que abandonan cuando sienten que no van a ganar.
 

¿Cómo podemos cambiar el rumbo?

 

(Recuerda que no buscamos eliminar la frustración, buscamos enseñar habilidades para la vida, y perder es una de ellas.)

 

Aquí tienes algunas claves para pasar de la competición a la capacitación:

  • Del elogio al aliento: El elogio juzga el resultado y conecta al niño con la aprobación externa ("Eres el mejor"). El aliento valora el proceso , el esfuerzo y le conecta con su validación interna. ("Veo que te has esforzado mucho en esta partida" “Me encanta jugar contigo porque es muy divertido”). Eso hace que no sienta que su valor depende del resultado.

  • Elimina las carreras innecesarias: Deja de usar la velocidad o la comparación para que obedezca. No hace falta llegar el primero al coche. Cambia el "a ver quién llega antes" por "vamos juntos a ver qué encontramos por el camino". La cooperación desarrolla pertenencia.
    La competición constante fomenta comparación.

  • Valida la frustración: En lugar de reñir por el enfado, ponle nombre. "Entiendo que te dé rabia perder, a nadie le gusta perder cuando se ha esforzado". Una vez que se calme, puedes hablar de para qué jugamos (divertirnos) y recordar reglas y normas para jugar en calma.

  • Fomenta juegos cooperativos: Introduce en casa juegos donde el objetivo sea común. Enséñale a ver al otro no como rival, sino como aliado.

  • Sé su modelo en el error: Deja que te vea perder. Que vea cómo tú también te frustras un poco, respiras, te ríes, toleras tu error y continúas. La mejor lección de deportividad no es una charla, es tu ejemplo.

  • Evita las comparaciones: “¿No puedes estarte quieto como tu hermano?” “Mira tu prima, más pequeña que tú y enseguida hace caso”. Las comparaciones alimentan rivalidad y sensación de insuficiencia. Céntrate en el progreso individual y no en medir constantemente quién destaca más.

 

Educar para la vida, no para la meta

 

Queremos hijos que sepan gestionar sus fracasos, que aprendan de sus errores, que desarrollen resiliencia ante las situaciones complicadas. Pero eso se cocina en lo cotidiano. A fuego lento.

 

Si quieres que tu hijo sepa perder el miércoles jugando al fútbol, empieza por no convertir el desayuno del lunes en una carrera. Porque la vida no es una competición contra los demás, sino un camino compartido con ellos.

 

Haridian Suárez

Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)

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