Gáldar: cuando el ego entra en escena

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]En unas declaraciones realizadas la pasada semana en una televisión local, el primer teniente de alcalde de Gáldar —alcalde en la sombra a todos los efectos— manifestó su repulsa ante los hechos protagonizados por el alcalde de Guía, quien a día de hoy sigue sin dimitir.
 
Una postura política que comparto y respaldo.
 
Porque cuando se ocupa una responsabilidad pública, la exigencia ética debe existir siempre, especialmente cuando determinados comportamientos deterioran la imagen de las instituciones y dañan la confianza de la ciudadanía.
 
Hasta ahí, nada que reprochar.
 
El problema llega cuando una intervención que debía centrarse en una cuestión política seria termina desviándose hacia comentarios personales completamente innecesarios y absolutamente irrelevantes para la ciudadanía.
 
Porque el señor teniente de alcalde, ese mismo que encuentra tiempo para pasearse por Los Goya y alimentar constantemente su imagen pública, decidió añadir lo siguiente: “Yo no voy a ir en toda la semana al Pride de Maspalomas… y además el sábado por la noche tengo la romería de San Isidro Labrador”.
 
Y sinceramente, cuesta entender qué aporta eso al debate político, a la gestión municipal o a los problemas reales de Gáldar.
 
¿De verdad cree que a la gente de Caideros, La Punta, San Isidro o Piso Firme le interesa si usted acude de manera privada a una fiesta en Maspalomas?
 
¿Piensa realmente que ese es el debate que preocupa hoy a los vecinos del municipio?
 
Porque lo verdaderamente preocupante no es dónde pasa usted el fin de semana. Lo preocupante es esa necesidad constante de convertir cualquier aparición pública en un escaparate personal, incluso cuando el asunto tratado exige seriedad, altura institucional y responsabilidad política.
 
La ciudadanía no necesita conocer la agenda de ocio del primer teniente de alcalde. No necesita saber si va o deja de ir al Pride, si sale un lunes, un sábado o cualquier otro día de la semana. Eso pertenece al ámbito estrictamente privado de cualquier persona y jamás debió convertirse en parte de un discurso político.
 
Además, los hechos criticables del alcalde de Guía no son haber acudido un lunes a una fiesta —porque todos tenemos derecho a disfrutar de nuestro tiempo libre, coger vacaciones o desconectar cuando corresponde—. Lo verdaderamente grave y reprochable es haber conducido presuntamente bajo los efectos del alcohol. Y conviene no mezclar ni confundir las cosas, porque una responsabilidad pública exige precisamente claridad y coherencia a la hora de valorar determinados comportamientos.
 
Y ahí está precisamente el error.
 
Nadie le pidió explicaciones sobre sus preferencias personales. Nadie cuestionó sus planes privados. Fue usted quien decidió introducir ese asunto públicamente, como si fuera necesario justificar ante la opinión pública dónde piensa divertirse o qué celebración considera más adecuada.
 
Y eso termina generando una sensación bastante incómoda: la de un político más preocupado por construir personaje que por ejercer con discreción y seriedad la responsabilidad que ocupa.
 
Porque una cosa es defender y respetar las tradiciones populares como la romería de San Isidro Labrador, algo que forma parte de nuestra identidad colectiva y merece todo el reconocimiento. Y otra muy distinta es utilizarlo como contrapunto moral o como una especie de medalla frente a quienes libremente deciden acudir a otro tipo de celebraciones.
 
Ese tono sobra.
 
Y sobra porque ningún representante público debería caer en la tentación de utilizar cuestiones privadas para alimentar titulares fáciles, mensajes ambiguos o declaraciones dirigidas a provocar aplausos rápidos en determinados sectores.
 
La política municipal debería estar centrada en gestionar, solucionar problemas y mejorar la vida de la ciudadanía. No en convertir cada intervención pública en un ejercicio permanente de autopromoción.
 
Mientras muchos vecinos siguen preocupados por el acceso a la vivienda, por las dificultades económicas, por el estado de algunos barrios, por la falta de oportunidades para los jóvenes o por la mejora de los servicios públicos, algunos parecen más ocupados en dejar claro dónde van, dónde no van y qué ambientes prefieren evitar.
 
Y sinceramente, Gáldar merece bastante más nivel político que eso.
 
Porque hay quien entiende la política como servicio público y trabajo silencioso. Y hay quien parece entenderla como una exposición constante de sí mismo, donde cada cámara y cada micrófono se convierten en una oportunidad para alimentar el personaje.
 
Y ese es uno de los grandes problemas de la política actual: demasiada imagen y demasiado ego; demasiada frase fácil y demasiado espectáculo; demasiada necesidad de protagonismo y muy poca capacidad para entender que el centro de la política no debe ser nunca el político, sino la ciudadanía.
 
Cuando un representante público habla, debe medir muy bien qué mensaje lanza y qué prioridades transmite. Porque al final, aunque algunos no lo perciban, cada declaración retrata una forma de entender la política.
 
Y en este caso, la sensación que queda es la de alguien que quiso aprovechar una crítica legítima hacia un comportamiento irresponsable para deslizar mensajes personales innecesarios que nada tenían que ver con el asunto principal.
 
No confundamos más cosas.
 
Ir a una fiesta no convierte a nadie en irresponsable. Conducir bajo los efectos del alcohol, sí. Y ahí está el asunto por el que el alcalde de Guía debe dimitir.
 
Y convertir la vida privada en espectáculo político tampoco ayuda precisamente a dignificar la política municipal.
 
Hay declaraciones que sobran.
 
Y luego están esas otras que retratan perfectamente las prioridades, el ego y la necesidad constante de colocarse en el centro del foco.
 
Hay cosas… y cosas.
 
Y mejor no hablar de algunas de ellas.
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