Microrrelatos. El tatuaje

Una reflexión sobre el paso del tiempo y la permanencia de las decisiones en la piel y en la memoria.

Eulalio J. Sosa Guillén Lunes, 11 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:
Eulalio J. Sosa GuillénEulalio J. Sosa Guillén

«Coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado…»

 

Hace unos meses, no demasiados, mi sobrina Marga, la única hija de mi hermana Herminia, me pidió consejo para hacerse un tatuaje, quizá buscando mi complicidad frente a su madre.

 

Cauto y sabiendo lo que nuestros padres nos habían dicho al respecto cuando teníamos la edad de Marga —«Los tatuajes son propios de exconvictos y gentes de baja estofa»—, conocía de antemano la opinión de Herminia sin necesidad de consultársela.

 

Como las modas cambian con los tiempos, no consideré apropiado repetir las palabras, tan impactantes, de los abuelos de Marga. Con los años descubrí que no todos los que lucen un tatuaje llevan una vida sórdida. Tal era el caso del conde de Barcelona, don Juan de Borbón, que, en mangas de camisa, enseñaba en sus antebrazos dos dragones, fruto de su estancia en la Royal Navy, donde se tatuó por camaradería con la oficialidad.

 

Mi hermana confiaba en que yo la hiciera desistir. Entonces le conté a mi sobrina la siguiente historia:

 

—Querida Marga, tenía aproximadamente tu edad cuando cursaba el bachillerato. En las horas de asueto, algunos amigos íntimos y yo frecuentábamos un salón recreativo. El lugar era un antro maloliente y nebuloso. Allí se daban cita tahúres de poca monta, jugadores de billar, niños de papá, fumadores de «chocolate» y muchachos de clase obrera, mientras sonaba en la gramola Chiquitita, de ABBA, y otros temas populares.

 

Entre los billaristas destacaba uno en particular, no por la pericia en el juego sino por su aspecto. La cabeza, calva como una bola de billar; la nariz, roma y respingona; y escasos dientes cuando soltaba tacos al fallar una carambola cantada. Todo él parecía redondo y pesado. De continuo, con la camisa desabrochada, lucía en el pecho moreno el tatuaje de una joven hawaiana.

 

Los movimientos con el taco, aquella postura y otras más atrevidas y difíciles hacían que pareciese que la joven hawaiana danzaba en una paradisíaca playa. Con el tiempo, pensé que un día llegaría la Bounty allá en el horizonte y un esquife cargado de marinos se acercaría hasta ella.

 

Acabé el bachillerato y la vida me alejó de los amigos y del salón recreativo. Me sentía golpeado como una bola de billar. A veces sospecho que el tiempo ya había comenzado también su trabajo en mí.

 

Transcurrió más de una década y, un buen día, por casualidad, me tropecé con el billarista. Caminaba despacio y le pesaban los años, las carnes fofas y lacias, aunque la camisa seguía desabrochada como antaño. Instintivamente busqué a la hawaiana y la encontré casi de rodillas, con los brazos caídos y la melena convertida en greñas de esparto.

 

Marga se quedó largo rato pensativa. Después se miró distraídamente la muñeca, como si ya pudiera ver allí, bajo la piel intacta, un tatuaje envejecido.

 

Eulalio J. Sosa Guillén

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.238

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.