Canarias no puede normalizar que la incertidumbre siempre llegue por mar

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Las islas viven abiertas al mundo por necesidad, por historia y por carácter. Todo en Canarias está atravesado por esa condición de frontera atlántica que a la vez une y expone. El mar nos conecta, nos alimenta, nos explica y nos sitúa. Pero también nos recuerda, con una frecuencia demasiado dolorosa, que muchas de las incertidumbres más delicadas llegan hasta aquí convertidas en hecho consumado. No siempre llegan acompañadas de explicación suficiente, ni de participación real en la decisión, ni de la sensación de que el Archipiélago ha sido tratado como una comunidad política con voz propia. Llegan, demasiadas veces, como llegan las urgencias: de golpe, desde fuera y con la expectativa de que aquí se gestione con serenidad lo que otros no han querido o no han sabido resolver a tiempo.

 

El caso del MV Hondius, con el brote de hantavirus y la controversia institucional sobre su atención, ha vuelto a abrir esa herida. Lo ha hecho no solo por la dimensión sanitaria del episodio, sino por todo lo que lo rodea: la secuencia de decisiones tomadas lejos de las islas, la incertidumbre pública sobre protocolos y riesgos, y la sensación de que Canarias debía prepararse para asumir una carga sensible sin haber participado con la claridad necesaria en la arquitectura previa de la respuesta. Ese es el punto que merece una reflexión más profunda. Porque el verdadero problema no es únicamente el virus. El verdadero problema es el lugar que sigue ocupando Canarias cuando una crisis exige territorio, logística, capacidad de respuesta y, sobre todo, disponibilidad.

 

Convendría decirlo sin complejos: defender a Canarias no es defender el aislamiento. No es pedir privilegios. No es cerrar los puertos ni levantar una política del rechazo. Sería una lectura pobre, injusta y ajena a lo que estas islas han demostrado una y otra vez. Canarias ha sabido ser tierra de acogida, de tránsito, de cooperación y de responsabilidad. Ha sostenido situaciones complejas con recursos a menudo más limitados de lo deseable y con una profesionalidad que rara vez recibe el reconocimiento proporcional. Precisamente por eso, porque aquí se responde, porque aquí se coopera y porque aquí se asume, resulta más importante exigir que esa cooperación no se confunda nunca con obediencia tardía ni con resignación territorial.

 

Hay una pedagogía silenciosa de la periferia que ha hecho mucho daño. Esa según la cual el centro decide y la periferia gestiona. El centro define el marco, fija el ritmo, dosifica la información y después espera que las consecuencias se administren con disciplina en los márgenes. Canarias conoce demasiado bien ese mecanismo. Lo conoce en asuntos migratorios, en debates logísticos, en crisis sobrevenidas y en cualquier episodio donde la geografía insular parece servir más como justificación operativa que como realidad política merecedora de consulta plena. Lo grave de ese esquema no es solo su desequilibrio institucional. Lo grave es que, con el tiempo, corre el riesgo de parecer normal.

 

Y no debería parecerlo. Una comunidad autónoma no puede ser tratada como un simple punto de llegada donde terminan depositándose los efectos de decisiones ajenas. Menos aún cuando se trata de una crisis sanitaria, un terreno donde la confianza pública, la precisión institucional y la claridad comunicativa valen casi tanto como el protocolo clínico. Porque las crisis de salud no se gobiernan solo con personal especializado y medidas técnicas. Se gobiernan también con verdad, con anticipación y con respeto a la inteligencia de la ciudadanía. Si la información aparece fragmentada, si las versiones cambian con rapidez o si el territorio afectado siente que reacciona más de lo que participa, la inquietud deja de ser un efecto colateral y se convierte en un síntoma político.

 

El miedo también se gobierna. Y se gobierna mal cuando se administra desde la opacidad relativa, desde la improvisación comunicativa o desde esa vieja costumbre de pedir tranquilidad antes de haber ofrecido certezas. Una sociedad serena no es una sociedad a la que se le exige calma. Es una sociedad a la que se le habla con claridad y a tiempo. En Canarias, donde la memoria de la distancia pesa y donde cualquier crisis importada activa inevitablemente una sensibilidad especial, eso debería ser comprendido con un grado mayor de fineza institucional. No basta con informar cuando el operativo ya está en marcha. No basta con explicar cuando la inquietud ya ha echado a andar sola.

 

Además, hay algo todavía más hondo en juego. Las islas viven en un equilibrio delicado entre apertura y protección. Esa tensión no es una debilidad; es una condición de la vida insular. Somos una tierra abierta por necesidad y por vocación. Pero esa apertura solo puede sostenerse sin fracturas si no se convierte en una excusa para exigir disponibilidad automática. La solidaridad verdadera no puede consistir en que Canarias aparezca siempre como espacio útil cuando la urgencia requiere un territorio con capacidad de absorción. La solidaridad, para ser digna de ese nombre, tiene que construirse con reciprocidad institucional, con participación real y con un reparto justo del poder de decisión.

 

Aquí es donde el caso del Hondius deja de ser coyuntura y se convierte en espejo. Nos obliga a preguntarnos si el Archipiélago sigue siendo visto, en la práctica, como una comunidad que cuenta o como una comunidad que resuelve. Si se la considera sujeto político o plataforma periférica. Si se la escucha antes de que lleguen los problemas o solo cuando toca explicar después por qué ha tenido que asumirlos. Son preguntas incómodas, pero necesarias. Y aplazarlas por miedo a parecer exagerados o poco solidarios sería un error. La madurez política también consiste en saber defender tu tierra sin necesidad de renunciar a la cooperación ni de alimentar discursos estrechos.

 

Canarias necesita una defensa serena y firme de sí misma. Una defensa que no grite, pero que tampoco se excuse. Que no confunda prudencia con sumisión ni colaboración con docilidad. Que recuerde algo elemental: si las islas van a ser parte de la solución, deben ser también parte de la decisión. Y no como gesto simbólico, sino como reconocimiento efectivo de una responsabilidad real. No se trata de pedir trato de favor. Se trata de exigir una relación institucional a la altura de lo que aquí se soporta y de lo que aquí se aporta.

 

Tal vez la lección de fondo sea esa. El mar seguirá trayendo a Canarias oportunidades, vínculos, riqueza y horizonte. Pero no podemos seguir aceptando que también nos traiga, con demasiada frecuencia, incertidumbres ya cerradas en otros despachos. Una comunidad madura no renuncia a ayudar. Pero tampoco normaliza ser siempre el lugar donde aterriza lo que otros decidieron. Canarias merece otra posición: la de un territorio responsable, sí, pero también respetado. Abierto, sí, pero no disponible a ciegas. Solidario, sí, pero no secundario. Y esa es una reflexión que no empieza ni termina en un crucero. Empieza, más bien, en la forma en que aprendamos a defendernos sin dejar de ser quienes somos.

 

Vidal Bolaños Betancort

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.238

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.