Dos llegadas, dos reacciones
Canarias volvió a retratarse a sí misma en apenas unos días. Dos llegadas. Dos respuestas completamente distintas.
Por un lado, la visita del Papa: recibimientos oficiales, despliegue institucional, posible suspensión de clases, seguridad extraordinaria y una narrativa basada en el prestigio, el impacto económico y la imagen internacional. Todo preparado para que la visita sea un acontecimiento histórico y rentable.
Por otro, la llegada de un barco bajo sospecha. Miedo, restricciones, distancia, alarma y protocolos inmediatos. El barco convertido en amenaza antes incluso de que la mayoría supiera realmente qué estaba ocurriendo.
Y aquí aparece una reflexión incómoda: el miedo colectivo y el interés económico siguen marcando cómo reaccionamos ante las personas y las situaciones.
Cuando llega alguien poderoso, influyente o capaz de generar beneficios, las instituciones se movilizan a una velocidad asombrosa. Se pueden suspender las clases sin grandes protestas, se justifican gastos públicos y se vende el acontecimiento como una oportunidad para Canarias.
Pero cuando llega algo asociado al peligro, aunque sea desde la incertidumbre o el desconocimiento, la reacción cambia radicalmente: controles, rechazo, titulares alarmistas y una sensación inmediata de amenaza.
Sin embargo, sería injusto confundir el ruido político y mediático con el alma real de Canarias.
Porque si algo ha demostrado este pueblo durante generaciones es que Canarias es tierra solidaria, acogedora y humana. La inmensa mayoría de los canarios sabe ayudar, sabe tender la mano y sabe convivir. Somos un pueblo acostumbrado a recibir gente de fuera, a compartir, a sobrevivir juntos y a entender el sufrimiento ajeno. La amabilidad de nuestra gente no es una campaña turística; es parte de nuestra identidad.
Precisamente por eso chocan tanto ciertas reacciones colectivas. Porque no representan del todo a la calle, al vecino, a la gente sencilla que muchas veces responde con más humanidad que quienes toman decisiones desde un despacho o buscan titulares fáciles desde un plató.
Canarias vive constantemente entre dos fuerzas: la necesidad de proyectar una imagen amable hacia fuera y el miedo permanente a todo aquello que pueda alterar la estabilidad, el turismo o la economía. Y muchas veces esa contradicción deja al descubierto nuestras prioridades reales.
Porque al final parece que algunas llegadas merecen celebración mientras otras solo generan sospecha.
Y quizá la pregunta más importante no sea quién llega, sino qué revela nuestra reacción sobre nosotros mismos.
Y quizá la contradicción más profunda aparece precisamente en los actos solemnes organizados en nombre de la fe. Porque mientras se preparan homenajes, discursos y ceremonias religiosas, muchos reaccionan con miedo o rechazo ante personas enfermas o potencialmente enfermas.
Entonces surge inevitablemente una pregunta: ¿qué haría Jesús?
Jesús se acercaba a los leprosos cuando todos los demás se apartaban. Tocaba a quienes eran considerados impuros. Ayudaba precisamente a quienes provocaban miedo social. Nunca preguntó primero por la rentabilidad, la imagen pública o el coste político de ayudar a alguien.
Por eso resulta imposible no comparar ambas escenas: una llegada celebrada entre honores y otra observada desde la distancia y el temor.
Sin embargo, sería injusto confundir el ruido político y mediático con el alma real de Canarias.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.238