Nació cuando el mar aún estaba aprendiendo a nombrarse a sí mismo, y desde entonces ha permanecido ahí, recibiendo cada ola como si fuera la primera y la última a la vez. No se inmuta; simplemente escucha.
Las gaviotas lo usan como frontera entre el vuelo y el descanso, y el viento lo recorre como quien pasa las páginas de un libro escrito en sal. Nadie lo ha visto avanzar, pero todos sienten que algo en él cambia con la luz: a veces es más oscuro, a veces parece casi dorado, como si guardara dentro todos los atardeceres.
Desde su cima, el horizonte se abre sin pedir permiso. Y cuando el aire está limpio, el mundo lejano se asoma: Tenerife, flotando como un eco firme, y el Teide, vigilante, respondiendo desde su propio silencio.
El farallón no los llama islas ni montaña. Los reconoce como iguales: presencias que, como él, han aprendido a quedarse.
Y así sigue, inmenso y quieto, sosteniendo el rumor del océano como si fuera una promesa que nunca se rompe.
Fafi Pérez
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