El arte, como posicionamiento político
El arte, su magia manifiesta a través de sus diferentes expresiones desde la música a la pintura, desde la literatura al cine, desde el teatro a la danza, contiene un poder único, un poder exclusivamente humano que nunca podrá reproducir la tan temida inteligencia artificial. Un poder que te impacta en el cerebro y logra que veas el mundo, lo que nos rodea, desde otro paradigma: el de la creación artística como instrumento de denuncia y reivindicación.
Estos días, cuando España y el mundo celebraba el Día Internacional del Trabajo, tuve la oportunidad de asistir a la representación teatral celebrada en nuestra catedral del teatro, el Teatro Pérez Galdós, de una obra que me ha dejado profundamente impactada. Me estoy refiriendo a 'Música para Hitler', un libreto escrito por la guionista ganadora de varios Premios Goya, Yolanda García Serrano y el dramaturgo Juan Carlos Rubio.
La representación ficciona un momento muy concreto de la vida del violonchelista y músico catalán Pau Casals, cuando este se negó a tocar para el dictador nazi Adolf Hitler. La trama parte de un hecho real: la negativa de Pau Casals a actuar en Alemania con motivo de la llegada al poder de Hitler, cuya política nacionalsocialista detestaba. Era el año de 1933 y Casals manifestó entonces su intención de no tocar en ese país hasta que no hubiese un cambio de régimen político pese a haber sido amenazado por los nazis con quemarle las manos.
A partir de este hecho real, 'Música para Hitler' recrea de forma ficcionada un momento posterior, contextualizado diez años más tarde, cuando Casals se encontraba exiliado en su residencia de Villa Colette, en el municipio de Prades, localidad situada en los Pirineos Orientales de la Francia ocupada por los nazis. En este contexto, un teniente nazi acude a la residencia del músico catalán para 'invitarle' a tocar ante el Führer, a lo que Casals, una vez más, se niega.
La obra nos muestra la confrontación entre una persona de ideales pacifistas que defiende con valentía su posición a pesar de la amenaza de las armas y un teniente nazi que quiere lograr su misión, sea como sea, utilizando la violencia si hace falta. La argumentación de la obra es simple y a la vez, compleja: se trata de hacer un reconocimiento a la valentía, a la defensa de los derechos humanos por encima de cualquier ideología fascista y dictatorial, un reconocimiento al hecho de tener las agallas necesarias para defender la libertad, la vida humana y la democracia aunque eso suponga poner en riesgo la propia vida. Como ven, simple y muy complejo a la vez.
Sentada en el patio de butacas y siendo testigo de la excelente calidad artística de los actores que interpretaban los personajes de Casals y el teniente Johann, no dejaba de reflexionar sobre lo importante que es para la humanidad que personas con ideales y principios pacifistas se posicionen con arrojo frente a la descarnada e irracional violencia de los sistemas fascistas y dictatoriales.
El papel de Casals está interpretado magistralmente por el actor madrileño Carlos Hipólito, quien se pone en la piel de un Casals de los sesenta y siete años de edad, decepcionado ante el devenir político de Europa y de España, y sobre todo, entristecido ante el atentado continúo de la política y de las armas que avasallan y someten la convivencia pacífica y democrática de la población.
Frente a él, se encuentra la figura del teniente nazi, interpretado de forma magnífica por el actor nacido en Valladolid, Daniel Muriel, en un papel fascinante de un personaje que evoluciona desde un posicionamiento intransigente y violento de un soldado que solo hace lo que le mandan a una persona que toma sus decisiones en defensa del músico, a quien admira y ante quien termina mostrando su sensibilidad, su dolor más profundo, producto de una crianza basada en el rencor y el deseo de venganza. El teniente Johann, que lleva el nombre del que se considera uno de los músicos alemanes más grandes de la historia de la humanidad, Johann Sebastian Bach, se debate entre la admiración más absoluta hacia el maestro Casals y su deber militar. La evolución del personaje es embaucadora y la interpretación de Muriel, francamente excepcional.
Por supuesto, también son muy destacables las interpretaciones de la soberbia Kiti Mánver en el papel de Francesca Vidal i Puig, violonista y pareja de Casals, y Marta Velilla, en el papel de sobrina del músico.
Lo interesante de asistir a obras como estas es que regresas a casa pensando en lo necesario que es hoy en día, en estos momentos tan oscuros de la humanidad, la escenificación de montajes teatrales como estos, y lo pertinente que sería que la población más joven, tan falta de conocimientos sobre la historia contemporánea, acudiera en masa a este tipo de representaciones, especialmente ahora, en este momento de la humanidad en el cual las locuras de los arrogantes psicópatas que gobiernan los países poderosos del mundo como Estados Unidos, Israel, Rusia, Corea y otros tantos de África, están empeñados en llevar al mundo hacia una deriva oscurantista y violenta en la que los derechos humanos y el derecho internacional son solo papel mojado, sin valor alguno. Y eso, amigas y amigos, eso no solo no es nada bueno, sino que es muy muy peligroso.
Esta obra de teatro me parece un instrumento maravilloso para reivindicar un mundo en paz y denunciar los posicionamientos políticos intolerantes, fascistas y de corte ultraderechista que tanto mal han hecho y siguen haciendo a la humanidad.
La obra, además del posicionamiento pacifista y de la defensa de los derechos humanos por parte de Pau Casals, pone sobre la mesa otro tema fundamental: la necesidad de reivindicar el arte como herramienta de lucha, porque, como su propia connotación semántica indica, se trata de batallar, de pelear por un mundo que sume y no que excluya. Y la música, el arte, puede ser un instrumento perfectamente válido para esta lucha.
Porque el término luchar también hace referencia a arrimar el hombro, a perseverar hacia el bien. Nuestra lengua es maravillosamente rica y eso hace que el término 'luchar' no ostente exclusivamente un significado violento sino que también haga referencia al acto del esfuerzo, de la entrega, de la pasión compartida hacia la consecución de un objetivo mayor, más justo, más humano, que es lo que nos debería unir a las personas que tenemos unos mínimos valores éticos, partiendo del respeto del derecho a la vida, tan obviado y denostado en estos tiempos.
Porque luchar no siempre es guerrear o batallar desde el prisma de la violencia. Muchas veces es combatir las injusticias en una misma dirección, en una dirección en la que podamos caminar todas las personas desde el respeto, el entendimiento y el diálogo.
El personaje de Pau Casals, el histórico, el real, me resulta un personaje de lo más necesario para el ser humano. Deberíamos contar con más personajes como Casals en nuestra sociedad del siglo XXI, personas que, desde su posición como personajes públicos relevantes se nieguen a seguir el juego a los que dominan y hacen el mal al resto de las personas. Personas que nos recuerden que apostar por el bien es lo correcto. Que es lo que hay que hacer. Es nuestro deber como humanidad. Nuestro deber ser.
Bueno, esperen, rectifico. Claro que contamos con esas personas. De hecho, ahí tenemos varios ejemplos como los activistas de la Global Sumud Flotilla, que a bordo de sus barcos, recuerdan al resto del mundo que el genocidio perpetrado por el gobierno de Israel de Netanyaju sigue teniendo lugar, a pesar de los países occidentales y los medios internacionales de comunicación hayan apagado el foco informativo en esa dirección.
De hecho, dos activistas, el hispanopalestino Saif Abukeshek y el brasileño Thiago Avila, fueron detenidos el pasado fin de semana en aguas cercanas a Grecia por el ejército israelita y trasladados a un centro de detención en Israel donde, según denuncian sus familias, han sido sometidos a torturas. Pero no hay que irse tan lejos para encontrar a personas con coraje y valentía. Hay otras muchas que también combaten día a día contra la desigualdad y la injusticia desde su entorno más cercano, por ejemplo, ayudando en comedores sociales o bancos de alimentos, rescatando desde buques a personas que se juegan la vida en el Atlántico o en el Mediterráneo para llegar a Europa, o desde sus camionetas repartiendo comidas a las personas sin hogar que malviven en las calles de nuestras ciudades.
Estas personas son nuestros Pau Casals, nuestros Martin Luther King, nuestros Mahatma Gandhi, nuestros Nelson Mandela o nuestras Rosa Park. Tal vez sin su relevancia internacional ni política pero igualmente necesarias. Personas que con sus acciones dicen que ya está bien de que los poderosos se salgan con la suya. Personas que se cansaron de mirar hacia otro lado y ayudan al prójimo sea del color de piel, de la religión, del género o de la condición social que sea.
Son estas personas las que nos hacen reconciliar con el género humano. Gracias a todas ella por su labor diaria callada y constante, por su valentía y su coraje. Son admirables. Gracias.
Volviendo a nuestro personaje, comentarles que Pau Casals, uno de los músicos españoles más destacados del siglo XX, violonchelista, director de orquesta y compositor, se vio forzado a exiliarse en Francia tras la Guerra Civil Española. Con mucho empeño se dedicó a ayudar a miles de compatriotas hacinados en los campos de concentración de la zona, organizando conciertos para recoger dinero para ayudar a estas personas.
Ya antes, en 1917, había anunciado su decisión de no volver a actuar en Rusia, tras los sucesos de la Revolución rusa y la implantación del sistema comunista. En los años posteriores extendería esa decisión a todos los países llamados comunistas donde no hubiese democracia.
En 1933, suspendió toda sus conciertos en Alemania como protesta a las persecuciones nazis. En 1934, fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Edimburgo, junto a Ludwig Philipp Albert Schweitzer, médico, filósofo, teólogo y músico franco-alemán quien recibió el Premio Nobel de la Paz en 1952.
Años después, en 1957, se traslada a vivir a San Juan de Puerto Rico, de donde era originaria su madre y donde muere en 1973, a la edad de noventa y seis años. Fue enterrado en el cementerio Puerto Rico Memorial de San Juan. En esa localidad se organiza el actual Festival Casals de Puerto Rico y está ubicado el Museo Pablo Casals.
En noviembre de 1979, restablecida la democracia en España, sus restos fueron trasladados al cementerio de Vendrell, su población natal, donde actualmente descansan, y donde existe un museo dedicado a su legado.
Una de sus composiciones más célebres es el Himno a las Naciones Unidas, conocido como el Himno de la Paz, compuesto mientras residía en Puerto Rico. Su activismo en la defensa de la paz, la democracia, la libertad y los derechos humanos, fue reconocido a nivel internacional. De hecho estuvo nominado al Premio Nobel de la Paz en 1958 (cuando los premios Nobel de la Paz se entregaban a personas que realmente lo merecían).
En el año 1963, el presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos y en 1971 recibió la Medalla de la Paz en un homenaje en la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.
Pau Casals fue y es, sin duda, un ejemplo a seguir. Una figura que la ciudadanía española actual, sobre todo la más joven, debería conocer, estudiar y valorar. El pacifismo es una actitud política, una filosofía de vida, una forma de estar en el mundo que deberíamos poner en valor y, sobre todo, abanderar contra esa minoría de psicópatas que nos quieren usurpar el derecho a vivir en paz.
Josefa Molina





























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