Gentes e Historia

El municipio que votó su propia muerte

El ayuntamiento de Artenara decidió suprimir su autonomía en 1848, tras décadas de aislamiento y pobreza, imponiendo condiciones para preservar su identidad y dignidad comunitaria.

Juan Vega Romero Viernes, 08 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

 
En noviembre de 1848, el ayuntamiento de Artenara acordó suprimirse y entregarse a Gáldar. El expediente que lo prueba lleva 175 años en un archivo. La mano se levantó. Luego otra. Luego las demás, una a una, sin que nadie dijera nada, porque ya no había nada que decir. Cuando el último brazo quedó en alto, el secretario anotó el acuerdo con la misma letra apretada con que anotaba los presupuestos y las quejas por los caminos. Pero esto no era un presupuesto ni una queja. Era un acta de defunción. Fechada en vida. El ayuntamiento de Artenara acababa de votar su propia desaparición. 
 
Para entender lo que ocurrió hay que retroceder. No mucho. Solo hasta el tipo de vida que llevaba aquel pueblo en los años anteriores a 1848, porque sin ese fondo la votación parece un gesto teatral, y no lo era. Era la conclusión lógica de décadas de agonía silenciosa. Artenara se asienta en la cumbre central de Gran Canaria, a 1.270 metros de altitud. En el siglo XIX eso no era una ventaja paisajística: era una condena geográfica. No había carretera, la primera no llegaría hasta bien entrado el siglo XX. No había médico. El juez de paz venía desde Gáldar cuando podía, lo que en la práctica significaba que no venía. Los vecinos vivían de lo que la tierra de cumbre permite: papas, habas, alguna cabra, leña para bajar a la costa en verano. El comercio era inexistente. La juventud se marchaba en cuanto podía. 
 
Y 1848 era el peor momento para ser un pueblo pobre en Gran Canaria. Los mercados americanos se habían perdido con las independencias. La caña de azúcar no se daba en las tierras altas. La cochinilla, el tinte rojo que pocos años después transformaría la economía de toda la isla, aún no había llegado a salvarlos. España se desangraba en guerras carlistas mientras en la cumbre se desangraba la esperanza de que alguien recordara que Artenara existía. Fue en ese contexto donde un grupo de hombres, alcalde, regidores, cuyos nombres el expediente conserva apenas en sombra, se sentaron una mañana de noviembre a tomar la decisión más extraña de la historia municipal de Canarias. 
 
El acuerdo: pobreza, ignorancia y reducido número de vecinos.
 
Lo sabemos gracias al estudio del historiador Vicente J. Suárez Grimón, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, quien analizó el expediente conservado en el Archivo Municipal de Gáldar. Expediente sobre la agregación que solicita a esta villa como a su matriz el Ayuntamiento de Artenara, año 1850,  en su artículo Los orígenes de los municipios en Gran Canaria, publicado en la revista académica Vegueta en 1993. El documento recoge que el 20 de noviembre de 1848 el ayuntamiento de Artenara acordó suprimir el ayuntamiento y agregar su población al distrito de Gáldar, debido a la pobreza, ignorancia y reducido número de vecinos. 
 
Leámoslo despacio, porque cada palabra pesa. Pobreza. No escasez, no dificultad coyuntural. Pobreza. La palabra que usan quienes ya no tienen nada que perder. Ignorancia. No falta de escuelas. Ignorancia. La palabra con que una comunidad se describe a sí misma como irreparable. Reducido número de vecinos. No poca población. Reducido. Como si ya no fueran personas, sino restos de algo que fue. Y sin embargo, y aquí está lo que convierte este documento en literatura humana, no se rindieron del todo. 
 
Impusieron tres condiciones para su propia extinción. Tres cláusulas que suenan a última voluntad de quien se sabe moribundo pero no quiere ser olvidado. Primera: que se conservara la independencia parroquial. Segunda: que se mantuviera la escuela de primeras letras que debe existir junto a la parroquia. Tercera: que un teniente de alcalde fuera del lugar de Artenara. No era suicidio. Era eutanasia administrativa con cláusulas de dignidad. Era dejar de ser para no desaparecer del todo. Las tres condiciones, o cómo morir sin dejar de ser La parroquia. 
 
En 1848 ser parroquia no era solo tener iglesia. Era tener registro civil antes de que existiera el registro civil. Era que los nacimientos quedaran inscritos, que los matrimonios fueran válidos, que las herencias pudieran probarse. Sin parroquia, Artenara se convertía en territorio sin memoria legal: los que nacieran allí no existirían ante la ley, los que murieran tampoco. Pedir conservarla era pedir, en el fondo, seguir siendo personas ante Dios y ante el Estado. La escuela de primeras letras. No colegio, no academia. Lo básico. Lo que permite que un hombre no sea engañado en un contrato, que una mujer pueda leer la carta de un hijo emigrado, que alguien sepa cuánto le deben. 
 
En Artenara, donde la niebla entra por las rendijas y el invierno dura seis meses, la escuela era la única puerta que no daba al barranco. Pedir que se mantuviera era reconocer que, aunque ellos se consideraban ignorantes, los que vendrían no tenían por qué serlo. El teniente de alcalde era la petición más conmovedora de las tres. No pedían alcalde propio, eso ya lo sabían imposible. Pedían un teniente de alcalde. Un delegado. Alguien que, cuando Gáldar decidiera sobre sus caminos y sus aguas, tuviera voz, aunque no voto, en la sala donde se decidía. Es la condición de quien sabe que será colonizado y pide, no independencia, sino intérprete. Alguien que traduzca su lengua de niebla y piedra a la lengua de los que mandan desde la costa. Parroquia para el alma, escuela para la mente, teniente para la voz.
 
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No pidieron caminos ni médico ni dinero. Pidieron lo único que no costaba dinero: que no los borraran del mapa cultural de la isla.
 
La consulta: Gáldar, Agaete o Tejeda.
 
Aquí la historia da un giro que el expediente documenta. Tras el acuerdo de supresión, se llevó a cabo una consulta entre los vecinos de Artenara. Una pregunta sencilla y sin precedentes: ¿a qué pueblo queréis ir? Las opciones eran tres: Gáldar, Agaete o Tejeda, sus tres vecinos naturales en la cumbre y la costa. El expediente no recoge las palabras exactas de esa consulta, los archivos del siglo XIX raras veces recogen palabras, solo resoluciones, pero sí sus consecuencias. 
 
Lo que sigue es una recreación fiel al espíritu del documento, no a su literalidad: —¿Gáldar? Silencio. Uno o dos brazos, no más. —¿Agaete? Más manos. Las suficientes para que alguien, al otro lado del barranco, se pusiera nervioso. El resultado, a juzgar por lo que vino después, fue favorable a Agaete. Y eso no le gustó nada a Gáldar. El 30 de abril de 1851, casi tres años después del acuerdo de supresión, el ayuntamiento de Gáldar elevó una protesta formal al Gobierno. Su argumento: que durante la jornada de la consulta, tres vecinos de Agaete: don Antonio de Armas, don Francisco Reina y don Vicente Galván habían coartado la libertad de voto de los artenareros, haciendo correr el rumor de que solo se debía elegir entre Tejeda y Agaete, porque con Gáldar ya no se contaba. 
 
Piénsese en la escena. Un pueblo que ha votado su propia desaparición lleva tres años en un limbo jurídico mientras dos municipios vecinos discuten a quién le toca absorberlo. Y los vecinos de Artenara, consultados, eligen no a la villa más poderosa y cercana, sino a Agaete. ¿Por qué? El expediente no lo explica. Quizás había vínculos familiares. Quizás el camino a la costa era más transitable por ese lado. Quizás, simplemente, Gáldar les daba más miedo que Agaete. El desenlace: la burocracia los salvó sin querer. 
 
El expediente de supresión no prosperó. Artenara siguió siendo municipio. No sabemos por qué decreto ni gracias a qué autoridad. El archivo guarda silencio sobre la resolución final. Lo que sí sabemos, por los padrones posteriores, es que en 1850 hay alcalde de Artenara. En 1860, también. El expediente de supresión, fuera como fuera, no prosperó. La hipótesis más probable es que el proceso se enredó en sus propias contradicciones. Gáldar protestó porque Agaete interfirió. Agaete negó. La Diputación no resolvió. Y en ese limbo de burocracia paralizada, Artenara siguió existiendo por omisión. La incapacidad administrativa de sus vecinos para absorberlo resultó ser, sin quererlo, su mejor defensa. 
 
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La piedra en el bolsillo.
 
He leído actas de peste, de guerra, de hambruna. Pero nunca, repito: nunca, había encontrado un documento donde los representantes de un pueblo votaran, consciente y formalmente, su propia desaparición. No es heroísmo. No es resistencia épica. Es algo más complejo y más humano: la honestidad de quien no tiene nada que perder. El reconocimiento de que las instituciones no sirven si no hay quien las sustente, de que a veces la única dignidad posible es elegir la forma de la derrota.
 
 Cuando subo a Artenara me encuentro con un silencio que no es vacío. Es el silencio de quien sabe que estuvo a punto de no estar. La iglesia, la que salvaron con su primera condición, sigue abriendo los domingos. La escuela, la de la segunda condición, sigue en pie, con menos alumnos que nunca pero todavía en pie. Y el alcalde sigue siendo de Artenara, no de Gáldar ni de Agaete.
 
20 de noviembre de 1848.
 
Una fecha sin placa, sin fiesta, sin calendario local. Pero que yo, desde que la encontré, llevo conmigo como quien lleva una piedra en el bolsillo: incómoda, pesada, recordatorio constante de que los pueblos también tienen derecho a la tristeza, a la duda, a la tentación de dejarse ir. 
 
Artenara no se dejó ir. Y por eso, precisamente por eso, su historia de casi-desaparición importa más que la de quienes nunca dudaron. Porque en ese expediente de 1848 hay algo que todos los territorios olvidados deberían leer: que el orgullo no está en no caer, sino en saber pedir lo imprescindible cuando todo lo demás se ha perdido.
 
El diálogo de la sección “La consulta” es una recreación periodística del espíritu del expediente, no una transcripción literal de documento alguno. Todos los demás datos, fechas, nombres y citas de este artículo están documentados en las fuentes citadas.
 
Juan Vega Romero
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