![[Img #32956]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2025/4918_juan-ramon-hernandez-valeron.jpeg)
Teníamos entre dieciocho y veinte años cuando pisamos por primera vez la Escuela de Magisterio. Para muchos de nosotros era la primera vez que íbamos a estudiar a la capital. Los primeros días nos sentíamos tímidos y acobardados entre tanto estudiante, por lo que nos refugiábamos en nuestros amigos más cercanos buscando la fortaleza del grupo.
Llegamos desde todos los rincones de la isla de Gran Canaria y de algún que otro pueblo de las islas después de haber estudiado el Bachillerato Elemental, primero, y el Superior después. La mayoría de nosotros habíamos cursado COU (curso de Orientación Universitaria) que nos capacitaba para estudiar cualquier carrera universitaria. Nosotros nos decantamos por la Diplomatura de Magisterio.
La única universidad que existía en el Archipiélago estaba en Tenerife y no todos podían o querían trasladarse a estudiar allá, por lo que muchos, por una o por otra circunstancia, comenzamos los estudios de Magisterio en Gran Canaria.
Con nuestras mochilas cargadas de ingenuidad y de deseos de respirar aires de libertad, comenzamos los estudios en unos momentos en que el Régimen estaba dando sus últimos coletazos, pero que se resistía a abandonar este mundo.
Nadie como Luis Pastor ha definido mejor a la generación de aquel entonces: “Éramos buena gente, paletos inteligentes, chicos y chicas de barrio, progres universitarios, viviendo la utopía convencidos de que un día vendría la Revolución”·
Sin embargo, nosotros, que éramos unos ilusos soñadores, empezamos a revolucionar la sociedad sin ser conscientes de ello. Nuestra llegada a la Escuela supuso una transformación total que nos cambió la manera de pensar y de actuar, una enorme alegría que nos dejó momentos imborrables, porque despertábamos a muchas cosas. Fue una experiencia que mereció la pena y que nos marcó para toda la vida.
Como si de una barco se tratara navegamos durante tres largos años por mares ignotos, a veces a la deriva, a veces con un mar en calma, otras con vientos huracanados que provocaban un fuerte oleaje que nos mareaba y nos dejaba sin aliento durante días, pero con el paso de las semanas y de los meses fuimos adaptándonos, aprendiendo a sortearlos sin que la travesía supusiera un trauma. Y así, pasados tres años, arribamos a nuestro primer puerto.
Una vez en tierra, cada uno tomó el rumbo que le pareció más adecuado para llegar al primer destino que había elegido o que el azar le tenía reservado. Algunos forjamos una sólida amistad y continuamos compartiendo anhelos, temores y esperanzas por los largos senderos de la vida. Otros y otras se convirtieron en parejas y decidieron transitar juntos, compartiendo magisterio, anhelos y esperanzas con la ilusión puesta en el futuro. Muchos de aquellos y aquellas continúan unidos hasta el día de hoy sin abandonar la utopía. Ahora, después de cincuenta largos años, nos sentimos como marineros en tierra entretenidos en recordar los momentos pasados en nuestros viajes alrededor de nosotros mismos.
Después del aprendizaje teórico y unos pocos meses de prácticas como enseñantes, llegamos a la Escuela queriendo transformar la sociedad, porque los de aquella Promoción del 76, de Magisterio, una vez obtenido el título que nos capacitaba para dar clases, íbamos a dedicar nuestros esfuerzos a combatir la ignorancia. Enseñar al que no sabe se había convertido en una verdadera obsesión para nosotros. Tal era el entusiasmo que sentíamos por la Escuela, por la Educación, por la Cultura, por la Innovación, por las Libertades, por el Progreso, por todo aquello que dignificara al ser humano, que pusimos todas nuestras energías para lograrlo.
Porque éramos jóvenes y entusiastas deseábamos transformar el mundo a través de la palabra y de nuestras acciones, queríamos ser ejemplo de casi todo: buenas personas, buenos profesionales, afables y respetuosos con nuestros alumnos, democráticos y comprometidos. Porque éramos jóvenes e idealistas pretendíamos dar un nuevo impulso a la enseñanza y por eso nos embarcamos en infinidad de proyectos pedagógicos.
No nos gustaban las maneras y las formas de enseñar de nuestros predecesores. Queríamos renovar la Escuela, desempolvarla, limpiarla de todo lo que sonara a autoritarismo, a opresión, a machismo, hacer borrón y cuenta nueva. Pretendíamos, tomando unas palabras prestadas de nuevo de alguien que se dejó la vida en ello, “abrir las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
Éramos conscientes de que no sería nada fácil, que había gruesas murallas que derribar, mucho que combatir, pero estábamos ilusionados. Contábamos con nuestra fuerza juvenil y con el convencimiento de que otra sociedad era posible, que existían otras maneras de mejorarla.
Nos encontramos una Escuela vieja y rígida, con normas obsoletas, con muchos maestros anclados en el ayer, muy influidos por el Régimen, con ideas muy conservadoras respecto a casi todos los aspectos de la vida, poco dispuestos a renovar, con métodos de enseñanza anquilosados en el pasado. Aún quedaban muchos maestros que pregonaban “la letra con sangre entra” partidarios del castigo físico. También, es de justicia reconocerlo, nos encontramos con otros muchos que luchaban contra todo lo anterior desde hacía unos años. Nuestra llegada les insufló nuevos aires para seguir combatiendo.
En la Escuela de aquellos años el alumnado no opinaba, estaba allí para obedecer y aprender las reglas básicas. El maestro hacía y deshacía a su antojo. Era la máxima autoridad, nada se le discutía.
Cambiar todo aquello no se iba a conseguir en tres días. Muchos nos veían como unos jóvenes ilusos e ignorantes con ideas descabelladas e irrisorias, y nos advertían de que teníamos que controlar bien lo que hacíamos y decíamos a los alumnos, porque podíamos ser denunciados por rojos, por comunistas. Y ser tachados de comunistas en aquellos tiempos era lo peor que te podían decir, lo más horrible que un ser humano podía llegar a ser, porque en tal palabra se encerraba todo lo malo, lo demoníaco. Tan solo pronunciarla daba miedo. El Régimen se encargó de que la gente pensara así, y muchos de aquellos compañeros eran hijos de la dictadura.
Porque en tales tiempos, como decía Celaya, “vivíamos a golpes, porque apenas si nos dejaban decir que somos quienes somos”. Pero éramos rebeldes y por eso la Escuela era para nosotros como la poesía lo era para él: un arma cargada de futuro. Y nos dispusimos a presentar batalla a una realidad que no nos gustaba. Con nuestro esfuerzo y nuestra lucha diaria empezamos a transformarla.
Costó mucho romper el cerco al que la mayoría de nosotros nos vimos sometidos. Tuvimos que tragar sapos y culebras y pasar más de un apuro, pero la sociedad empujaba. El cambio se fue notando, y una nueva forma de entender el mundo y la vida fue calando en aquellas mentes infantiles que teníamos a nuestro cargo.
Los padres y madres de nuestros alumnos comenzaron a valorar nuestro esfuerzo y nuestro compromiso con la Escuela Pública. La cercanía y el trato a nuestros alumnos fueron haciéndose cada vez más agradable. Parecíamos, más que sus maestros, sus amigos.
Exploramos nuevas formas y nuevos métodos. Las salidas extraescolares empezaron a ser una cotidianidad en la escuela. Rompimos con el concepto de concebir la enseñanza como algo que se impartía siempre entre cuatro paredes, como un lugar cerrado y alejado de la calle y de la naturaleza que tanto tenían que enseñarles y que después tanto les enseñó. El medio ambiente comenzó a tener un mayor peso en todas las áreas. Y la vida cambió.
La década de los ochenta del siglo XX estuvo fuertemente marcada por la Renovación. Los maestros hacíamos cursos de formación incluidos los fines de semana porque vivíamos la Escuela con intensidad, sin ceñirnos a las horas estipuladas por ley, sin importarnos el tiempo que le dedicáramos. Pero por encima de todo, la Escuela supuso para nosotros un continuo aprendizaje.
Éramos jóvenes, felices e ingenuos, es cierto, pero luchábamos por un ideal, por conseguir que las futuras generaciones estuvieran cada vez mejor preparadas para enfrentarse al mundo, que también estaba cambiando a marchas forzadas. La sociedad estaba dando un cambio brutal y nosotros, sin saberlo, nos sumábamos a los protagonistas de ese cambio.
Queríamos que nuestros alumnos estudiaran, que pensaran por sí solos, que tuvieran mejores oficios, que fueran serios y honrados trabajadores, para que vivieran plenamente en una sociedad democrática y lucharan por las libertades haciendo frente a las injusticias.
Anhelábamos conseguir todo eso y más, porque confiábamos en el poder transformador de la Cultura, del Conocimiento. Tal vez no lo sabíamos o no lo habíamos reflexionado, pero en nuestra forma de enseñar y de impartir nuestras clases se traslucía todo ello.
Transcurridos cincuenta años quisiera pensar que contribuimos a mejorar la sociedad, a trasformar con ilusión y esperanza la realidad que nos tocó vivir.
No hay que olvidar que tuvimos que defender la Escuela a capa y espada, porque estábamos convencidos de que luchábamos por causas justas que los tiempos demandaban. Aún resuena en nuestra mente uno de los grandes lemas que abanderamos en aquellos tiempos de huelgas, concentraciones y manifestaciones: “Ningún niño sin escuela, ningún maestro sin trabajo”.
Enseñar siempre me pareció algo hermoso y yo, como muchos otros, sigo estando orgulloso de ello. Y lo seguimos estando porque después de tantos años, muchos y muchas de quienes fueron nuestros alumnos se siguen acercando a saludarte con una sonrisa en sus labios mientras te tienden la mano o te dan un abrazo. Para un enseñante no hay mayor recompensa. Y aún continúas pensando que mereció la pena.
Hoy, pasados cincuenta largos años, nos vemos de nuevo y algunos apenas nos reconocemos, pero a pesar de todo queremos seguir pensando que nosotros, los de antes, seguimos siendo los mismos, y aunque el implacable paso del tiempo ha ido dejando su huella impresa en nosotros, seguimos conservando nuestros ideales casi intactos. Porque a pesar del profundo cambio que ha experimentado la sociedad, continuamos defendiendo la idea del poder transformador de la Escuela para construir una sociedad más justa, más libre y más igualitaria, y en esa idea seguiremos empeñados hasta el final de nuestros días.
Tan solo me queda felicitar a todos los maestros y maestras que lo hicieron posible. Enhorabuena por hacer que, después de cincuenta años, sigamos teniendo fuerzas para celebrarlo todos juntos dentro de unos pocos días. Allí nos veremos. El encuentro servirá también para recordar a los amigos y amigas, compañeros y compañeras que se empeñaron tanto como nosotros en renovar la Escuela y que el destino no les ha permitido celebrarlo con nosotros.
Juan Ramón Hernández Valerón
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