Algunos prefieren justificar el éxito ajeno antes que reconocerlo

Moisés Rodríguez Gutiérrez

[Img #6639]Hace unos días, mientras caminaba por La Recova, me encontré con un sabio amigo: Roberto Tacoronte Guerra, quien, dicho sea de paso, el miércoles seis de mayo cumplió nada más y nada menos que ochenta y un años. Hablar con él siempre resulta enriquecedor. Es una persona cercana, educada y con un saber estar que hoy parece escasear. En nuestros encuentros solemos conversar sobre muchas banalidades, aunque, curiosamente, entre banalidad y banalidad siempre termina apareciendo alguna reflexión profunda.

 

En esta ocasión, todo comenzó con un comentario anecdótico relacionado con la llegada del Papa a la isla. Sabiendo que Roberto es un miembro activo de la Parroquia de Santiago Apóstol, le hice aquel comentario casi sin importancia. Sin embargo, su reacción me sorprendió profundamente. Lejos de verlo con indiferencia, sus ojos se iluminaron con orgullo.

 

“Me encanta que la gente de mi pueblo, Gáldar, consiga cosas, sobresalga y alcance sus sueños”, me dijo. “En lugar de envidiar o criticar, deberíamos apoyar más y sentir orgullo colectivo por aquello que nos toca de cerca”.

 

Aquellas palabras se me quedaron grabadas. Poco a poco fueron calando en mí hasta hacerme reflexionar seriamente sobre una realidad que vivimos con demasiada frecuencia: parece que nos cuesta admirar sinceramente a quienes triunfan cerca de nosotros.

 

Vivimos en una sociedad donde muchas veces el éxito ajeno incomoda más de lo que inspira. Admiramos fácilmente a personas lejanas, famosas o inaccesibles, pero cuando alguien del barrio, del pueblo o incluso de nuestro entorno logra destacar, aparecen los comentarios malintencionados, las críticas disfrazadas de opinión o la eterna sospecha de que “algo habrá hecho”. Nos cuesta alegrarnos de corazón.

 

Y, sin embargo, el éxito rara vez es fruto de la casualidad. Detrás de cada proyecto que funciona, de cada persona que sobresale o de cada iniciativa que prospera, suele haber sacrificio, constancia, organización, disciplina y mucho trabajo silencioso. Pero en ocasiones preferimos restarle valor a lo que otros alcanzan porque nosotros no hemos sido capaces de conseguirlo. Es más fácil minimizar el mérito ajeno que reconocer el esfuerzo que hay detrás.

 

Esto también ocurre en muchos ámbitos públicos y políticos. A veces vemos cómo se copian iniciativas, se ponen trabas o se intenta desacreditar proyectos que funcionan simplemente porque nacieron lejos del propio entorno o de las propias siglas. Y cuando quienes intentan imitarlos no logran los mismos resultados, rápidamente atribuyen el éxito de los demás a factores externos, a la suerte o a circunstancias pasajeras, en lugar de reconocer algo mucho más evidente: la implicación, la organización y el buen hacer de las personas que están detrás de esos proyectos.

 

Precisamente por eso, los responsables políticos deberían sentirse orgullosos cuando algo positivo surge dentro de su municipio, aunque no haya nacido directamente desde una administración. El éxito de asociaciones, colectivos, empresas o ciudadanos es también un reflejo de la vitalidad y la prosperidad de un pueblo. Cuando la gente participa, crea, emprende y logra cosas importantes, significa que existe movimiento, compromiso y sentimiento de pertenencia. Y eso siempre debería verse como una buena noticia.

 

Un municipio con ciudadanos activos y personas capaces de sacar adelante proyectos no es un problema político, sino todo lo contrario: es una señal de salud social y participación ciudadana. Gobernar también debería consistir en apoyar, facilitar y reconocer esos esfuerzos, no en competir con ellos ni intentar apropiarse de sus méritos.

 

Nos cuesta aceptar que otros puedan hacer las cosas bien. Y quizá ese sea uno de nuestros grandes defectos como sociedad. Hemos aprendido más a competir que a admirar, más a criticar que a reconocer. La envidia silenciosa se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en una costumbre disfrazada de opinión.

 

Sin embargo, personas como Roberto demuestran que todavía existe otra manera de mirar la vida. Una manera más generosa, más madura y también más inteligente. Porque admirar no nos hace pequeños; al contrario, nos engrandece. Reconocer el mérito ajeno habla bien de nuestra propia seguridad y de nuestra capacidad de convivir en comunidad.

 

Quizás deberíamos preguntarnos más a menudo: ¿qué ganamos despreciando el éxito de los nuestros? ¿No sería más saludable sentir orgullo cuando alguien cercano logra algo importante? Un pueblo que celebra a su gente es un pueblo que crece unido.

 

Sin ningún ápice de duda, Roberto volvió a demostrarme, una vez más, que la experiencia y la gentileza suelen ir de la mano. Y por eso decidí escribir estas líneas. Porque todavía quedan personas capaces de admirar sin envidia y alegrarse sinceramente del bien ajeno.

 

Quizá el verdadero progreso de un pueblo no se mida solo por sus obras o infraestructuras, sino por la capacidad de alegrarse sinceramente del éxito de los suyos.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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