![[Img #37008]](https://infonortedigital.com/upload/images/02_2026/9821_7977_6081_guayarmina.jpg)
Pasear por Gáldar ya no es lo que era. No se trata de nostalgia exagerada ni de alarmismo fácil, sino de una sensación cada vez más extendida entre vecinos y visitantes: la tranquilidad cotidiana se ha erosionado. Y lo más preocupante es que esa percepción no surge de hechos aislados, sino de una suma constante de pequeñas situaciones que, juntas, construyen un clima incómodo, tenso y, en muchos casos, directamente inseguro.
Basta recorrer el eje de la Bajada de Las Guayarminas para comprobarlo. Lo que debería ser una zona de tránsito agradable se ha convertido en un escaparate de problemas sociales enquistados. Personas pidiendo dinero de forma insistente, otras solicitando comida en las puertas de supermercados, miradas vigilantes en los cajeros automáticos que incomodan al usuario… No es una escena puntual: es una constante. Y esa repetición es la que genera inquietud. Porque cuando lo excepcional se vuelve habitual, deja de percibirse como un incidente y pasa a formar parte del paisaje.
Pero la situación no se limita a las calles principales. En las zonas traseras, donde la actividad comercial disminuye y la iluminación y vigilancia también, la sensación de inseguridad se intensifica. La proliferación de viviendas ocupadas añade un elemento más de incertidumbre. No se trata de estigmatizar, sino de reconocer una realidad: cuando hay abandono institucional y descontrol urbanístico, surgen focos de conflictividad. Y el vecino lo sabe. Por eso se acelera el paso, se evita ciertas calles y, en definitiva, se modifica comportamientos. Eso ya es, en sí mismo, una pérdida de libertad.
A este escenario se suma otro fenómeno preocupante: el crecimiento de negocios vinculados al consumo de alcohol y al juego. Salones de apuestas, locales donde el ocio se confunde con la adicción… ¿Qué modelo de ciudad se está promoviendo? ¿Qué tipo de economía se está incentivando? Cuando lo que crece son las opciones que alimentan la ludopatía y otras dependencias, el mensaje es claro: el beneficio inmediato pesa más que el bienestar a largo plazo de la comunidad.
La inseguridad no solo se combate con presencia policial, pero sin duda esta es una pieza clave. Y aquí surge una crítica directa: no basta con patrullar en coche. La seguridad no se percibe desde una ventanilla. Se construye a pie de calle, con agentes visibles, cercanos, que interactúan, que conocen a los vecinos, que detectan conflictos antes de que escalen. La policía tiene que bajar del vehículo, recorrer las calles, ocupar el espacio público con autoridad y cercanía. Porque la sensación de seguridad es tan importante como la seguridad misma.
Lo que está en juego no es solo el orden público, sino la calidad de vida. Una ciudad donde sus habitantes no pueden pasear con tranquilidad es una ciudad que pierde su esencia. Y lo más grave es la normalización. Cuando la gente empieza a asumir que “esto es lo que hay”, se da el primer paso hacia el deterioro irreversible.
Gáldar necesita algo más que medidas superficiales. Requiere un enfoque integral: intervención social para quienes viven en la marginalidad, regulación más estricta de ciertos negocios, recuperación de espacios degradados y, por supuesto, una estrategia de seguridad real, visible y constante. No se trata de criminalizar la pobreza ni de generar alarma, sino de exigir responsabilidad y acción.
Porque la pregunta ya no es si hay inseguridad. La pregunta es cuánto tiempo más se va a tolerar sin actuar con contundencia.
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