
En el corazón de la isla de Gran Canaria, vivía una palmera que no se parecía en nada a las demás. No era más alta, ni más frondosa. Tampoco era la más antigua… pero podía sentir y, según decían los ancianos, cuando caía la noche y el silencio se adueñaba de las calles, hablaba. Sin embargo, nadie la escuchaba.
O eso creía ella.
Cada mañana, cuando el sol dejaba ver sus primeros rayos dorados, la palmera estiraba sus hojas hacia el cielo en busca de la luz, aunque, en realidad, no lo hacía buscando calorcito, sino viento.
—Ya vienes… —susurraba—. Te he echado de menos.
El viento nunca le respondía o, al menos, no con palabras, pues no sabía hablar. Pero le gustaba abrazar. Se acercaba suave, casi tímido, rozando cada una de sus hojas como si acariciara a quienes ama. Y la palmera cerraba lo ojos y se dejaba llevar disfrutando, no solo del movimiento, sino del sentir que experimentaba.
—Tu roce me hace sentir viva —decía ella, balanceándose con una delicadeza que parecía un baile—. Como si cada una de tus caricias despertara un recuerdo que vuelvo a olvidar cuando te vas.
El viento, juguetón, aumentaba su intensidad poco a poco a medida que avanzaba el día y ella sonreía.
Sí, sonreía. El sonido de su risa se creaba por el chocar de sus hojas entre sí, ese murmullo que los humanos escuchamos a diario sin prestarle atención. Para nosotros, es solo un ruido más. Para ella, es felicidad.
Algunos días, el viento llegaba con demasiada fuerza, volviéndose incluso salvaje. Casi todos los árboles, se quejaban. Otros temblaban o se resistían en silencio. Pero ella no.
—Hoy estás distinto —decía, dejando que su largo tronco se inclinara de manera elegante—, más bravo, más intenso… más tú.
Y aunque a veces molestaba un poco y provocaba la caída de algunas de sus hojas, nunca se enfadaba porque, incluso furioso, seguía haciéndola sentir.
—Cuando no estás…todo es calma y quietud —confesó una tarde—. El sol nos calienta y la tierra nos sostiene, pero tú nos das vida.
Una brisa suave volvió a recorrerla en respuesta haciéndola suspirar.
Los años pasaron y, con ellos, cientos de tormentas, días de calma y varias estaciones. Y, mientras tanto, ella seguía allí, enraizaba en el mismo lugar, sin poder moverse, viendo el mundo desde arriba y deseando poder ser libre.
Una noche, mientras las estrellas cubrían el cielo como un manto infinito y brillante, dijo:
—Señor viento, si algún día desaparezco, prométeme que seguirás acariciando a las demás como me acaricias a mí.
No hubo respuesta, pero el aire pasó ligero y suave entre sus hojas, dejando huella en cada fibra de su ser.
Y sonrió al recordar que aquella era la forma más bonita que tenía el mundo de recordarle que no estaba sola.























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