Canarias y lo que he aprendido mirando a los niños

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]A veces los adultos complicamos hasta el exceso realidades que los niños entienden con una limpieza desarmante.
 
La interculturalidad es una de ellas.
 
En Canarias se habla mucho de convivencia, de integración, de diversidad, de inclusión. Se hacen jornadas, campañas, discursos y declaraciones llenas de buenas palabras. Y todo eso puede ser necesario. Pero hay una verdad más sencilla y más poderosa que cualquier eslogan institucional: basta mirar con atención a los niños y a los adolescentes para comprender que la convivencia no empieza en los papeles, sino en la forma en que nos encontramos cada día.
 
Yo eso lo he visto.
 
Lo he visto en un aula, en un patio, en una cancha, en una conversación pequeña que para muchos pasaría desapercibida. Lo he visto en la naturalidad con la que un niño comparte merienda con otro sin preguntarse primero de qué país viene su familia. Lo he visto en adolescentes que mezclan acentos, bromas, músicas, expresiones y costumbres sin sentir que están protagonizando un gran gesto social. Simplemente conviven. Simplemente se reconocen. Simplemente aprenden a estar juntos antes de que el mundo adulto les enseñe a desconfiar.
 
Y ahí hay una lección enorme.
 
Canarias no debería vivir la interculturalidad como un problema que gestionar, sino como una verdad profunda de su propia identidad. Estas islas han sido cruce, tránsito, llegada, mezcla y mar abierto. Llevamos la diversidad casi escrita en nuestra historia. No tendría sentido que precisamente una tierra como la nuestra mirara la diferencia con miedo, con rechazo o con estrechez.
 
Pero también sería ingenuo no decirlo: el prejuicio existe. El rechazo existe. La burla existe. Y muchas veces no nace en los niños. Les llega. Les cae encima. Se filtra por la casa, por la calle, por ciertos discursos, por algunos comentarios que parecen pequeños pero que van dejando una huella. La intolerancia, como casi todo lo malo, también se aprende.
 
Por eso me impresiona tanto observar a los niños y a los adolescentes cuando todavía no han sido del todo contaminados por ese veneno. Porque en ellos la convivencia suele nacer de una manera más limpia. Más directa. Menos ideológica. Se fijan antes en quién juega bien, quién sonríe, quién acompaña, quién comparte, quién está solo. Y solo después, muchas veces mucho después, llegan las etiquetas que el mundo adulto considera tan importantes.
 
He pensado mucho en eso.
 
He pensado que quizá una sociedad se retrata con bastante precisión en la forma en que un niño mira a otro niño que parece distinto. Y he pensado también que ahí nos estamos jugando una parte muy seria de nuestro futuro en Canarias. Porque no basta con decir que somos una tierra abierta. Hay que educar para que esa apertura sea real. Hay que protegerla. Hay que convertirla en cultura cotidiana, en respeto aprendido, en normalidad compartida.
 
La interculturalidad no consiste en borrar lo propio. No consiste en renunciar a la identidad de nadie. No consiste en fingir que no hay diferencias. Consiste, justamente, en algo más maduro: en aprender a vivir con ellas sin convertirlas en una frontera moral. En entender que el otro no amenaza lo que soy, sino que puede ampliar mi manera de mirar el mundo.
 
Y eso los niños lo intuyen antes que nosotros.
 
Lo intuyen cuando convierten en amigo al compañero al que un adulto todavía mira con distancia. Lo intuyen cuando una niña aprende una palabra nueva en otra lengua y la repite con alegría, no con recelo. Lo intuyen cuando un adolescente deja de ver “al extranjero” y empieza a ver, simplemente, a alguien de su clase, de su equipo o de su grupo.
 
A veces creemos que el futuro de la convivencia se decide en los parlamentos, en las leyes o en los grandes debates públicos. Y sí, también ahí. Pero una parte decisiva se está jugando cada mañana en un colegio de Canarias. En una mesa compartida. En un recreo. En una salida escolar. En el gesto con el que un niño invita a otro a participar sin pedirle antes una explicación sobre su origen.
 
Eso, que parece pequeño, es enorme.
 
Porque ahí se está formando la sociedad que vendrá. Una sociedad que puede ser más mezquina o más decente. Más cerrada o más segura de sí misma. Más temerosa o más humana. Y yo, cuando miro a tantos niños y adolescentes en Canarias, quiero creer que todavía estamos a tiempo de elegir bien.
 
Ellos nos están dando una lección silenciosa. Nos están enseñando que convivir no es una consigna, sino una práctica. Que la diferencia no tiene por qué convertirse en conflicto. Que la diversidad no debilita a una comunidad cuando esa comunidad sabe mirarse con serenidad y con respeto.
 
Quizá el verdadero reto no sea enseñarles a ellos la interculturalidad.
 
Quizá el verdadero reto sea no estropear con nuestros prejuicios la verdad limpia que ellos ya han empezado a comprender.
 
Porque cada vez que un niño en Canarias llama amigo a quien otro insiste en llamar distinto, esta tierra se parece un poco más a su mejor versión.
 
Vidal Bolaños Betancort
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