Así sí

Quico Espino

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De esta manera no me importaría a mí, sin lugar a dudas, llegar a los ciento tres años, sobre todo con la salud y la cabecita de doña Lola, que tiene recuerdos para dar y regalar, y que se quejaba, al celebrar su cumpleaños, de que no quería que le sacaran ninguna foto con esas bichocas en la cara, pues parecía un adefesio, lo cual dice bastante de su coquetería.
 
-Y digo yo que por qué no enseñan los retratos que tengo de joven, en los que estoy muy guapa y tiposa
 
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–alegaba ella, casi siempre sonriente, a pesar de haber llevado una vida con muchas penalidades, como el hecho de que se le muriera un hijo de veintiocho años cuando ella tenía cincuenta y pocos.

 

Últimamente está perdiendo la vista, lo cual la entristece, así como la rigidez de piernas y rodillas que le impiden salir de casa, pero lo que le da vida, lo que la revitaliza es el hecho de disfrutar de lo poco que le queda, de la comida en particular, sobre todo las golosinas ricas. Una frase suya lo dice todo: “Mientras tenga la cabecita y la barriga bien, pues… hasta que Dios quiera”.

 

Siempre fue una mujer viva, que se decía mucho con respecto a la persona diligente, dinámica y enérgica, y, siendo aún una cría, a la edad de doce años

 

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… empezó a trabajar cuidando niños pequeños a los que enseñaba a portarse con corrección, a ser educados, y, de paso, cuando ya tenían cinco o seis años, les explicaba las partes de la oración y las operaciones aritméticas.  

 

Vivió dos grandes guerras, siendo la Guerra Civil Española la que más le afectó, pues dio comienzo cuando ella empezaba a ser adolescente, y, como la inmensa mayoría de la población, pasó hambre y desconsuelos durante la posguerra. 

 

Era muy joven cuando conoció al que sería su marido, de nombre Ignacio,

 

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… con el que tuvo cuatro hijos y al que le permitía ciertas licencias cuando estaban moceando: ella, que siempre iba acompañada de su madre al salir con su novio, se quedaba rezagada para que él la pellizcara y le lanzara besos volados. 

 

Se quedó colorada cuando dijo esto último. Daba gusto verla tan expresiva, tan vital a sus años. No soy yo amante de llegar a muy viejo, pero así, como doña Lola, firmaría ahora mismo donde fuera para alcanzar los ciento tres, y más, si tengo la salud física y mental de la que ella dispone. 

 

Así sí que quiero romper las barreras del tiempo. Si estoy bien de los remos, como decía Chus Lampreave en no sé qué película de Almodóvar, refiriéndose a las piernas, para subir o bajar las escaleras que llevan a mi casa, además de todos los órganos que hacen que pueda vivir saludablemente, aunque con achaques propios de la edad, que serán muchos si llegaran a fraguarse mis deseos, pues nunca se sabe lo que la vida nos depara.

 

Quico Espino.

Fotos: Ignacio A. Roque Lugo - Archivo

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