![[Img #37008]](https://infonortedigital.com/upload/images/02_2026/9821_7977_6081_guayarmina.jpg)
Gáldar se disfraza de lo que no es, como si bastara con un lavado de cara para tapar lo que lleva tiempo sin arreglarse. El casco brilla, sí, pero es un brillo impostado, de escaparate, de cartón piedra. Huele a jazmín, a rosa y a melindro… pero también a montaje apresurado, a maquillaje caro que intenta tapar grietas que siguen ahí. Todo está calculado para deslumbrar: estructuras que nacen con fecha de caducidad, decorados que buscan el “wow” rápido, detalles que relucen tanto que casi ciegan, como si la intención fuera precisamente esa, que no se vea más allá.
Aquí hay purpurina a paladas, pero no es inocente ni casual: es purpurina diseñada para distraer, para adornar lo que no se ha querido o sabido cuidar. Se vende como orgullo y como fiesta, pero tiene más de cortina de humo que de proyecto real. Y mientras el sol rebota en ese brillo tan estudiado, hay quien aplaude el efecto… y hay quien ya empieza a preguntarse qué están intentando que no miremos.
Hay purpurina para dar y regalar, y no falta quien dice en tono medio en broma que esto se ve hasta desde la cumbre cuando el sol refleja la purpurina galdense, que no es cualquier purpurina, es una purpurina pensada y estudiada.
La inauguración, como manda la tradición, no defraudó… pero tampoco sorprendió. La foto oficial, la corte de concejales, (que se creen la familia real) las sonrisas ensayadas, los saludos de rigor, los discursos que suenan bien y las cámaras captándolo todo. Un guion que ya conocemos de memoria. Políticas de pega, pensadas más para el titular que para el fondo, envueltas en decorados efímeros que duran lo que dura la campaña… o el mes. Todo perfectamente colocado para que luzca, para que parezca que todo funciona, que todo va sobre ruedas. Y por unos días, entre tanto brillo, hasta cuela. Pero conviene apartar un poco la purpurina y mirar lo que hay detrás, porque ahí es donde empieza la realidad.
Y ahora llega mayo, que es cuando todo este montaje se exprime al máximo. Vendrá gente, sí, mucha, hasta colapsar el casco y convertirlo en un decorado saturado donde caminar será una prueba de paciencia. Filas para el trenecito, colas para la foto junto al gorilita, empujones por un hueco en el rincón más “instagrameable”. Todo reducido a eso: consumo rápido de imágenes, postureo en serie, Gáldar convertida en un plató al aire libre. Las redes se llenarán de fotos perfectas, de encuadres milimetrados y filtros que suavizan lo que no interesa enseñar. Gáldar bonita, sí… pero de escaparate, de un solo uso, pensada más para el “me gusta” que para quien la vive todo el año.
Pero entre tanta foto y tanto ir y venir, queda una sensación que no termina de irse. Porque todo esto, en el fondo, tiene fecha de caducidad.
Las plantas, por muy espectaculares que luzcan ahora, no están hechas para aguantar este ritmo ni estas condiciones. Muchas acabarán achicharradas bajo el sol, otras se vendrán abajo por un riego mal ajustado, y no pocas irán perdiendo fuerza día tras día hasta quedar en nada. Es ley de vida, sí, pero también de planificación: lo que hoy se exhibe en su mejor momento está condenado a deteriorarse casi al mismo ritmo al que fue colocado. En cuestión de semanas, ese despliegue que hoy deslumbra empezará a dar señales de desgaste, hasta desaparecer sin que nadie quiera mirar demasiado.
Y ahí es donde surge la duda que flota en el ambiente, aunque a veces se diga en voz baja: ¿de verdad este es el mejor destino para el dinero público? Porque mientras se concentra todo en un escaparate de un mes, hay parques en los barrios que llevan años pidiendo una mínima atención, jardines que han ido perdiendo vida poco a poco y parterres que ya ni se recuerdan cuidados. Lugares que no salen en la foto, que no tienen inauguración ni titulares, pero que forman parte de la rutina de quienes viven aquí todo el año.
No se trata de quitar mérito al esfuerzo ni de negar que el resultado sea vistoso. Lo es, y mucho. Pero quizá el problema está en que todo ese despliegue es pasajero, mientras lo permanente sigue esperando.
Gáldar no necesita solo verse bonita en mayo.
Gáldar necesita sentirse cuidada todo el año.
Porque al final, más allá de la foto y del momento, lo que queda es lo de siempre: las plazas, los parques, las esquinas por donde pasa la vida cada día. Y esas, por mucho que no salgan en Instagram, también merecen florecer.
Guayarmina Guanarteme
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.121