Un libro y retratos, “juntos de mancomún”, desde mi tierra galdense
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En su sección “Tres apuntes para cerrar la semana”, y en cronológica coincidencia con el Día del Libro, planteaba el señor Suárez Álamo, periodista y director de Canarias7, un tema interesante: “¿Hay demasiados libros nuevos?”. Desde su punto de vista, no. Muy al contrario, defiende la presencia de muchos títulos en el mercado por más que tal concurrencia suponga o represente excesiva proliferación. O incluso cause inestabilidades económicas en algunas firmas: puede suceder, y sucede, que muchas veces la venta no cubre ni tan siquiera los gastos de la edición. Y en ocasiones ni el alquiler del local para su presentación.
Sin embargo, puede plantear un tema paralelo la perspectiva de un consumidor (para servirles a Dios y a usted) a quien su profesión como profesor de literatura lo instaba -no era obligación, sino la responsabilidad ética profesional- a estar al día en autores imprescindibles, novedades insulares y títulos de los programas oficiales para el aula. ¿Y cuál es el tema paralelo, pero en sentido contrario? Algo muy poco espiritual: la necesidad de desprendernos materialmente de muchos ejemplares (L’avare de Molière, por ejemplo, entre otras decenas de títulos pasaron antier a mejor vida con lastimeros suspiros de impotencia por mi parte).
¿La razón de la tal sinrazón? Algo burdo, ordinario, por no calificarlo como inhumano: mis armarios se niegan a sobrepasar sus posibilidades. Uno, concretamente, me hizo la puñeta: no sólo se me vino abajo a eso de la del alba sino que, además, lo manifestó con alevosía, recochineo y jodelona predisposición (iba a escribir “malévola cabronada”, pero no le daré tal placentero regocijo), mala leche de un simple armazón de madera en cuya resistencia física y profesionalidad uno confiaba, ¡malrayoloparta! (Por cierto: pasé un par de días recogiendo palabras, sílabas y letras dispersas por doquier y uniéndolas con pegamento Imedio, por más que teóricos de turno digan y certifiquen que las primeras -unidades lingüísticas- solo se separan mediante pausas, pura coña ajena a la hecatombe estanterial.)
Y concluye el señor Suárez Álamo con rotundidad: no podemos prescindir de gente empeñada en mantener viva la cultura. Lo cual, por otra parte, también me lleva a converger en su afirmación (si así no fuera, sospecho, acaso le cogería manía a mi nómina). Y a la par aprovecho su juvenil raciocinio (cada vez más y más y más alejada de mí la adjetivación del binomio y casi sombra el sustantivo) para utilizar tal serio planteamiento y aprovecharlo para referirme a un libro recién publicado y presentado, cuya primera edición se agotó. Me refiero a Referentes de la Literatura Canaria (Proyecto artístico-literario), número 15 de la colección Palabra y Verso, Beginbook Ediciones.
Es un proyecto original (con inteligente enfoque multiinsular) en cuanto que algunos autores en él recogidos por la galdense Josefa Molina Rodríguez aportan un inédito, simbólico y corto texto literario (poesía, crítica, prosa novelística, ensayo…). Y de otros, por razones muy justificadas y obvias, incluye seleccionados documentos previamente publicados por sus creadores en libros, periódicos, revistas especializadas… Y a la derecha, página siguiente, el guiense Eugenio Aguiar González, dibujante, pone rostro humano a cada uno de ellos, ciento cincuenta.
Algunos, obviamente, a partir de retratos centenarios conseguidos tras rigurosas investigaciones; otros, a través de fotografías actuales. Todos ordenados, cronológicamente, desde el año de nacimiento (1737) hasta finales del milenio anterior, 1995. Como novedad, rigor pedagógico y la iustitia humana, figuran los receptores del Premio Canarias de Literatura desde su inicio, año 1984, hasta el último, 2025.
Con ellos, otros nombres acaso desconocidos (gran acierto su recuperación): María Joaquina Viera y Clavijo (hermana de José, máxima luz cultural de la Ilustración en Canarias y autor de la magna obra Noticias de la historia general de las Islas Canarias, 1772-73); Agustina González y Romero (“La Perejila”); el poeta-prosista y militar dimitido Nicolás Estévanez Murphy. quien vio con años de antelación como imparable el movimiento de los guajiros cubanos en la lucha por su independencia a causa de errores y esclavistas comportamientos de los españoles en Cuba; el extraordinario Domingo Rivero González (“¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?”) o Ignacia de Lara Henríquez, por solo citar a cinco.
Y ya en las páginas finales la gente de ahora, la juventud que rompe moldes, esquemas tradicionales e irrumpe con calidad lírica en el mundo de la poesía y de la prosa, renovadas y renovadoras, pues el mundo es suyo, de ella y sus imaginaciones, fantasías, introspecciones, miradas hacia afuera, riesgos y osadías y triunfos en sus revoluciones literarias… Y tal como reclamó el noventaiochista Azorín a sus ya maduros compañeros de generación ante la arribada de los jóvenes novecentistas (Ortega, Pérez de Ayala, Miró, Azaña…) con miradas y pensamientos europeos ajenos a los viejos páramos de España, cedámosles al último cuarto del siglo XX y al primero del XXI el lugar que les corresponde.
Y a todas estas, ¿quién es el dibujante capaz de enfrentarse a la creatividad artística para darnos a conocer -¡no es fotografía!- rostros, facciones, miradas, escrutadores ojos, barbillas... que los van definiendo a medida que Eugenio Aguiar se identifica con ellos? Hace pocos meses de las primeras pláticas y miradas frente a frente entre él y yo, a fin de cuentas nos separaban casi un decenio, distintos lugares -aunque próximos- de vivencia juvenil y ahora insular, por más que sabíamos uno del otro a causa de nuestros veraneos en Sardina del Norte. Y ahí terminaba todo.
Pero fue gracias al profesor Jesús Quesada Medina, director de infonortedigital y propagador escrito de once municipios grancanarios (incluso de las interioridades “dadentro”, al decir de Monagas), cómo me acerqué a él para tratarlo personalmente: le había mostrado mi interés tras haber recibido del propio autor varios retratos terminados. Valió la pena, y lamento no haber sido su interlocutor desde años atrás, experiencia y profesorales explicaciones que me perdí, ¡el Diablo son las cosas!
Me impactaron miradas de sus retratados. No sólo por su alta -y altísima corrección técnica- sino, y sobre todo, por coincidencia cuando años atrás entrevisté a decenas de escritores, políticos, gentes de bien, jóvenes que sobresalían por su trabajo…, cuyos méritos quise dar a conocer –debían ser dados a conocer- a través de mis artículos periodísticos. Y en tal concomitancia ocular descubría -dos horas de charla de tú a tú dan para cientos de miradas- mundos interiores no descritos con palabras sino, fundamentalmente, con los ojos, sus movimientos, sus repentinos frenazos, intentos de disimulos o muestras de énfasis y vigor.
Grandísima idea, pues. Acertadas búsquedas y sabio encuentro entre palabras y semblantes…
Nicolás Guerra Aguiar





























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