La tienda

Juana Moreno Molina

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El avance de los tiempos y el bienestar económico hicieron que desaparecieran muchas actividades de supervivencia y de negocio en nuestro país, entre ellas el comercio de cercanía, el cual, según su surtido, se catalogaba en tiendas de aceite y vinagre y las llamadas de Ultramarinos. Estas últimas ofrecieron un servicio necesario a la comunidad después de la Guerra Civil, en épocas de mayor hambruna, al distribuir víveres de primera necesidad por medio de las cartillas de racionamiento. Conservo un ligero recuerdo de personas en fila delante de nuestra tienda, allá por los principios de los cincuenta. 
 
A partir de la visita de Eva Perón, en 1947, hubo una gran mejoría en el abastecimiento a la población al llegar de La Argentina quesos, mantequilla, carne congelada, el trigo y el millo para el gofio tan necesario para nosotros, los canarios, aunque algunas veces venía algo “asmado”(pasmado) y sólo servía para animales 
 
Un ejemplo de esta actividad comercial lo viví desde temprana edad en el comercio familiar en los años cincuenta, que estaba situado cerca de la plaza de Gáldar; allí todos los miembros de la familia echábamos una mano y aprendimos a tratar con los clientes. Era un trabajo duro, pues todo lo que era a granel se pesaba y se envolvía en unos bastos papeles o en cartuchos, reservando el papel blanco para los embutidos como queso o el jamón. Estos papeles blancos eran para mi, muy apreciados por mi afición a emborronarlos con machangos. No existía el plástico. 
 
Se vendía jabón azul swanston, jabón lagarto, alpargatas de goma y de esparto, tierra sol, estropajos, carbón para planchas, carburo para linternas, escobas y el necesario surtidor de petróleo para las cocinillas “fuchi fuchi”. También en otro surtidor: el aceite puro de oliva. Legumbres de toda clase, gofio a granel, paquetes de cebada tostada para café de mentira y café crudo, más tarde tostado, sin olvidar la cesta redonda de sardinas saladas en el mostrador de zinc. Me viene a la memoria la fábrica Tirma, con sus conservas, y Tamarán con sus galletas. Pero también había exquisitos productos para paladares exigentes y de posibles, como jamones serranos y charcutería, junto con laterío caro, como cabeza de jabalí, gambas en aceite, cangrejo ruso, atún, sardinas y hasta latas de pollo guisado en aceite. Se vendía un excelente vino de garrafón, tan bueno como los mejores Riojas, sin faltar los rones, los güisquies, licores y anises. Recuerdo que, mientras se estuvo filmando la película Tirma, en el Agujero, los miembros de la misma venían a comprar exquisiteces a la tienda de Antoñito Moreno, que así era conocida.
 
Como toda tienda de la época no podía faltar el libro de fiados. Teníamos nuestros fieles feligreses que pagaban mensualmente. Mi padre era comprensivo cuando, por la sequía, algunos no podían hacerlo puntualmente, entonces él miraba al cielo deseando que lloviera, como aquellos, porque las Letras que tenía que pagar no tenían espera. 
 
Aún no habían llegado las neveras eléctricas a nuestro pueblo, pero teníamos una que enfriaba con bloques de hielo de una fábrica de frío procedente de Guía, en la que se conservaba la mantequilla, la margarina, el queso fresco, el jamón cocido, que venía de Holanda y aún hoy se comercializa, y algunas medicinas de los vecinos que tenían que estar en frío, como la penicilina que se compraba en el cambullón. 
 
Como todo comercio de comestibles de la época que se precie, una de las actividades, allá por la tarde noche, era el coperío en un extremo alejado del mostrador, donde grupos de amigos, incluido algún miembro de la autoridad y algún cacique, bebían y enyescaban a placer. Recuerdo Un personaje popular de grandes bigotes, sombrero cowboy y machete cubano al cinto, que no se limitaba a abrir la botella de güisqui como Dios manda, si no que las degollaba de un machetazo.
 
Muchos clientes, de barrios alejados, venían a nuestra tienda con cestas de mimbre a la cabeza que llenaban de víveres para la semana o mes. Mi padre siempre tenía una atención con ellos cuando pagaban: media libra de chocolate o una lata de melocotón en almíbar, pero muchas mujeres, muy prácticas ellas, pedían que les cambiara el obsequio por un saco de muselina vacío de azúcar que, después de bien lavados, confeccionaban la ropa blanca, sin importar si quedaba anunciado en los calzoncillos, en rojo desvaído: “20 k. neto ó azúcar de Cuba”.
 
Allá por los años sesenta, mi padre fue dejando la tienda de fiados al poner el primer Autoservicio de nuestra ciudad en una calle que, hoy en día, es una arteria principal de nuestra ciudad. Para muchos clientes fieles, eso de pagar en efectivo era complicado, pero se fueron acostumbrando ya que era obvio que las tiendas de antaño estaban destinadas a desaparecer al ir surgiendo los supermercados.
 
Para mucha gente quedaron en el recuerdo aquellos años de penurias que, gracias a la confianza de comerciante y cliente, fue instaurado el fiado para poder sobrevivir, tanto unos como otros. 
 
Siempre permanecerá en mi memoria la experiencia obtenida en la tienda y el aprecio de toda la gente que conocí y traté. Algunos, mayores como yo, aún recuerdan a aquella chiquilla que apenas llegaba al mostrador y que creció atendiendo aquel negocio familiar hasta entrada la década de los sesenta.
 
Juana Moreno Molina
Imagen del álbum familiar
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