Querido amigo Vicente:
¿Qué tal estás? Supongo que bien, porque la gente como tú siempre está alegre e ilusionada por todo. Buena filosofía la tuya.
Como sabes, hace seis meses que me vine a vivir por un tiempo a Andorra, a un pueblecito que apenas cuenta con los servicios más elementales. ¡Con decirte que ni tan siquiera dispongo de Internet! Como no tengo tele, no escucho la radio, ni leo los periódicos, nada sé de lo que ha pasado en el mundo desde que llegué aquí. No me preocupa mucho porque así dedico más tiempo a leer algunos libros que esperan pacientes su turno.
El tiempo restante lo dedico a la escritura. También conoces los motivos que me empujaron a venir a este pequeño pueblecito de montaña que no llega a 50 habitantes y que cuenta con apenas un par de calles y una pequeña iglesia: darle el empujón definitivo a la novela que llevo un año y medio escribiendo sin encontrar la manera de acabarla. En este sitio parece que he recuperado el tono que tanto echaba de menos.
Así que entre lecturas y horas de escritura pasan los días a velocidad de crucero, aunque lo peor que llevo son las ingratas correcciones. Las odio. Me aburren, me sacan de mis casillas. Es lo peor que tiene esto de escribir, al menos para mí. Lo llevo fatal, pero una vez que acabo un relato se me olvida todo y me siento tan bien que ya empiezo a darle vueltas al siguiente. Las contradicciones del ser humano.
Lo cierto es que la llevo bastante adelantada y espero tenerla finalizada para finales de agosto, con lo que nos veremos por Canarias en la primera o segunda quincena de septiembre. Mi editor quiere que esté publicada para diciembre. Ya sabes cómo funciona el mundo editorial, así que me voy a ahorrar los comentarios.
Los días aquí son monótonos y rutinarios: comienzo a escribir a las seis de la mañana hasta las diez y media, hora en la que interrumpo mi oficio de escritor y, a continuación, me preparo un desayuno bestial, nada que tú no sepas. Después salgo a pasear. Es un enorme disfrute salir a caminar aquí. Solo por la contemplación del paisaje merece la pena.
Creo que no podría vivir sin el contacto diario con la naturaleza. Hago senderismo con frecuencia por las rutas que tengo anotadas y que me ha recomendado mi buen amigo José Luis, un amante de la naturaleza que hace titánicos esfuerzos para caminar con paso firme por esta ruta pedregosa que es la vida. Estuvo el año pasado una semana entera, alucinado, recorriendo los diversos senderos en compañía de Edu, un vasco que lo abandonó todo para dedicarse a lo que más le apasiona: vivir en contacto permanente con la naturaleza, que es lo que haré yo cuando termine esta dichosa novela. Te juro que me voy a coger un año sabático y me dedicaré tan solo a leer y caminar. Sí, ya imagino lo que vas a decir, pero esta vez va en serio.
Mi propósito, aparte de saber de ti, porque apenas me escribes, mal amigo, es para comentarte la última conversación que mantuve con mi madre. Me encanta escribir cartas, porque me traen buenos recuerdos y añoranzas del mundo que hemos dejado atrás. A ti no te gusta, lo sé. Te parecen tediosas y aburridas. Con tanto whatsapp, tanto Facebook y tanto Instagran has perdido la práctica.
Aquí utilizo el móvil solo para llamar a mi madre cada quince días. El resto del tiempo duerme bajo llave, pues yo también estoy haciendo una cura de esta enfermedad que no respeta edad ni condición y que tanto daño está causando, sobre todo entre los jóvenes.
Te escribo para ver si me puedes aclarar lo que mi madre me ha contado por teléfono esta semana y que me ha dejado preocupado, pues soy consciente de que la pobre tiene cerca de 90 años y está mucho tiempo sola sin que mis queridos hermanos se dignen pasar por allí más a menudo.
Lo cierto es que apenas la he entendido. Su voz me llegaba entrecortada y tenía que desplazarme de un lado a otro por la muy mala cobertura en este rincón del mundo. A cada instante se cortaba la comunicación, cosa que me desesperaba. Te escribo lo que le he entendido. Me gustaría que me confirmaras alguna de las cosas, para mí alucinantes, que me contó.
Me dijo mi madre, o eso le entendí, que la Unión Deportiva Las Palmas va a fichar a un futbolista americano, que desde hace un año ha saltado a la fama, un crack. Dice, sabedora de mi afición por el fútbol, que es un jugador de la Primera División Americana, pero que termina contrato y que está muy ilusionado con fichar la próxima temporada con nuestro equipo. Que ha rechazado ofertas muy sustanciosas de otros clubes del continente europeo. Que se muere de deseos de vivir en Las Palmas. Que el dinero no le preocupa, porque es muy austero. También me dijo mi madre que este crack tiene raíces isleñas, un descendiente lejano de aquellos canarios que emigraron a Estados Unidos, a Luisiana concretamente. Y ese es otro de los motivos que alega para fichar por el equipo canario.
A mí, qué quieres que te diga, me parece que hay cosas que no me cuadran, porque no me fío mucho de lo que me ha dicho. Me da la impresión que a mi madre se le está yendo el romeo últimamente. Es posible que las cosas no sean así, pues apenas he sacado algo en limpio de esta conversación.
Sí, ya sé que un escritor de mi prestigio no debe estar tan enganchado al fútbol, que no me pega, como dices tú, pero hombre, mi amor por la Unión Deportiva es de toda la vida, mucho antes de que me diera por escribir. Además, no me afecta en mi trabajo diario, aunque es cierto que a veces cojo unos berrinches con su juego.
Total, que dice mi madre que ese gran fichaje, ese gran jugador que ha saltado a la fama mundial, se llama León XIV, sí, como el Papa, a mí también me ha sorprendido que un jugador lleve tal nombre, pero como estos americanos son tan raritos… Me informa además, que hará su presentación el 11 de junio en el Estadio de Gran Canaria, y que ha levantado tal expectación que los directivos llevan meses preparando el evento, que, según le oí decir a mi madre, será multitudinario, porque esperan la asistencia de 80.000 personas. No sé dónde las van a meter. Una barbaridad, algo increíble, lo sé.
Cuando he querido ponerle algunas objeciones se ha interrumpido momentáneamente la conexión, después apenas he podido preguntarle nada, pues parloteaba sin parar, temerosa de que se cortara de nuevo la línea. Lo último que le entendí hablaba de que este jugador llamado como el Papa, visitaría la Catedral para rezar (por lo visto es un gran devoto y cristiano convencido) y pedir que la Unión Deportiva ascienda a Primera División (la verdad es que unos rezos no nos vendrían mal para conseguir el tan anhelado ascenso).
De sus entrecortadas palabras creí entender que una gran cantidad de gente iba a estar en las afueras de la Catedral acompañando en sus oraciones a este León XIV, tan creyente y tan crack.
Mi madre mencionó también algo sobre el Club Deportivo Tenerife: que el tal León XIV haría su presentación en el Puerto de Santa Cruz y allí soltaría su discurso en forma de rezo para conseguir también, junto a miles de personas, el ascenso del Tenerife, pero no sé yo... No sé qué va a hacer rezando alguien, por muy crack que sea, por el ascenso del Club Deportivo Tenerife.
Ahí comprobé que mi madre comienza a no estar muy bien de la cabeza, porque, aunque se unieran todos los habitantes de la isla chicharrera, no creo yo que el dios de los cristianos esté por la labor, entre otras cosas porque sería muy descarado ascender a Primera a un equipo que está en Segunda B, aunque tampoco hay que descartarlo del todo, porque dicen los creyentes que Dios tiene tanto poder como Trump, pero ya sabes que yo, en cuestiones de dioses, no me suelo meter mucho.
El último dislate de mi madre sobre todo esto es que los directivos de la Unión Deportiva están tan saturados de trabajo con este tema de albergar a 80.000 personas en el Estadio y sus aledaños que han solicitado la ayuda de las parroquias de toda la isla. Parece ser que los que deseen asistir a esta magna concentración, según mi madre, deberán inscribirse en las mismas. Me ha parecido tal disparate esto que cuenta que ya no he podido más y yo mismo corté la comunicación. Es evidente que la pobre está perdiendo el juicio. Por eso me dirijo a ti, pues no puedo abandonar ahora la escritura de mi novela para ocuparme de mi madre.
En fin, Vicente, ya me dirás. Dales recuerdos a los amigos más íntimos y, por supuesto, a tu esposa e hijos.
Un abrazo.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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