El Archipiélago del olvido: la deuda pendiente con nuestros mayores
Canarias presume ante el mundo de ser un jardín de eterna primavera, un refugio de sol y hospitalidad que abraza al visitante. Pero tras las postales de arena rubia y los senderos de laurisilva, late una realidad silenciosa, una que preferimos no mirar a los ojos para no reconocer nuestro propio fracaso: el desamparo sistémico y el abandono emocional de nuestra generación más sabia.
Estamos permitiendo que quienes levantaron estas islas con sus manos, quienes sostuvieron nuestras familias en las crisis y construyeron el bienestar del que hoy presumimos, se desvanezcan en la sombra de la indiferencia. Los tratamos como expedientes administrativos, como cifras en una lista de espera, olvidando que tras cada arruga hay una vida que exige dignidad, no solo supervivencia.
Un sistema de "Parche y Olvido": la crueldad de la Intermitencia
La situación en las Islas no es solo una cuestión de falta de infraestructuras —que también, con un déficit crónico de plazas residenciales que es un grito en el cielo—. El verdadero problema radica en la concepción del cuidado. Hemos convertido la atención al mayor en una política de "proyectos estrella" con fecha de caducidad.
Nos encontramos con un modelo de gestión que ofrece:
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Actividades de "escaparate": Talleres de memoria o gimnasia que duran tres meses bajo una subvención puntual y desaparecen el resto del año.
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El vacío tras la foto: Cuando el político de turno termina la inauguración y se agota la partida presupuestaria, el centro cierra sus actividades y el mayor es devuelto a la "soledad de su casa".
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La desidia institucional: Centros que funcionan como meros depósitos, donde la falta de personal reduce la atención a lo estrictamente fisiológico, anulando la estimulación cognitiva y el desarrollo social.
Para una persona joven, un curso que termina es un ciclo cerrado; para una persona de 85 años que vive sola en un barrio de Las Palmas o en un pueblo de las medianías, ese taller es su única conexión con el mundo. Arrebatarles esa rutina de golpe es condenarlos a un retroceso funcional y emocional devastador. Es darles una bocanada de aire para luego volver a sumergirlos en el vacío.
La soledad en Canarias: el aislamiento entre islas
En nuestro archipiélago, la soledad no deseada tiene un tinte especialmente amargo. La orografía y la dispersión geográfica agravaron un fenómeno que ya es epidémico. Según los datos que arrojan los servicios sociales, miles de canarios superan los 65 años viviendo en una soledad absoluta.
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El Mapa del Abandono |
Realidad en el Archipiélago |
Impacto en la Dignidad |
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Listas de Espera |
Miles de personas aguardan por una plaza en centros sociosanitarios. |
Muchos fallecen antes de recibir la llamada. |
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Ayuda a Domicilio |
Horas insuficientes y personal desbordado. |
La visita del auxiliar es, a veces, la única palabra que escuchan en el día. |
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Infraestructura |
Centros sin programas de envejecimiento activo real. |
El mayor se convierte en un sujeto pasivo frente a un televisor. |
"No nos mata la edad, nos mata el sentimiento de que ya no servimos para nada; el silencio de mi casa es más pesado que mis años". Esta frase, recogida en el testimonio de un anciano, resume la quiebra moral de nuestra sociedad.
La responsabilidad ciudadana: no mirar a otro lado
No podemos cargar toda la culpa en la administración, aunque su responsabilidad sea primaria. Como sociedad, hemos roto el pacto intergeneracional. Hemos aceptado que el ritmo frenético del siglo XXI no deja espacio para el cuidado. Miramos el reloj y no tenemos tiempo para visitar al padre, al abuelo o al vecino que lleva tres días sin abrir la persiana.
Estamos creando un modelo de vida donde el mayor molesta. Y esa es la mayor de las traiciones. Un centro que no ofrece actividades, que no fomenta la vida, es un centro que está esperando la muerte. Y una casa donde un anciano no recibe visitas ni tiene estímulos, es una cárcel de recuerdos.
Una reflexión final y necesaria
Canarias no puede permitirse ser un paraíso para el turista y un geriátrico descuidado para el residente. La política de cuidados no puede ser un "extra" en los presupuestos que se recorta a la primera de cambio; debe ser la base moral de nuestra autonomía.
Necesitamos una continuidad real. Los servicios deben ser permanentes, no estacionales. Necesitamos humanizar la asistencia, que el personal tenga tiempo para hablar, no solo para administrar medicación. Necesitamos recuperar la red de vecindad que siempre nos caracterizó como pueblo.
Invertir en nuestros mayores no es un acto de caridad ni una subvención a fondo perdido; es un acto de estricta justicia. Mañana, si el destino es generoso, seremos nosotros quienes estemos sentados en ese salón, mirando hacia la puerta, esperando que alguien nos reconozca como seres humanos todavía capaces de sentir, de crear y de aportar.
Es hora de despertar de esta apatía. El abandono de nuestros mayores es la mancha más oscura de nuestro brillante sol canario, y es responsabilidad de todos —instituciones y ciudadanos— empezar a borrarla
Vidal Bolaños Betancort
























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