Personas que no escuchan

Josefa Molina

[Img #10531]Hay gente que no escucha. Hay personas que han perdido la capacidad de escuchar al otro teniendo conciencia de escucha. La mayoría de la gente solo habla para hacer resonar en otros oídos sus ideas, sus pensamientos, sus reflexiones, sus palabras.

 

A veces se hace de forma inconsciente, sin motivación alguna más allá de dar valor a lo que sale por la boca de cada uno. A veces es solo un desahogo, una descarga de tensión. Otras muchas constituye una forma de exorcizar la soledad y las palabras que se emiten por la boca no buscan ser respondidas, sino simplemente se emiten al aire sin esperar una interacción con la otra persona.

 

En otras ocasiones, la acción de emitir palabras sí que busca una interacción, un otro que haga realidad ese compartir aunque también sucede que ese compartir no exige necesariamente un intercambio de pareceres, sino que responde más bien a 'yo te cuento, tú mes escuchas'.

 

En todas estas ocasiones el emitir palabras con cierto racionamiento y el acto de escucha, resulta del todo improductivo. No hay un intercambio, por lo que no hay un crecimiento. No hay una acción sumatoria porque, en el fondo, no se escucha. Y esto genera incomunicación real, desaloja el diálogo entre las personas.

 

En estos días he conocido a una persona que, sin intentar ser dogmática, me ha transmitido su mundo espiritual. La he escuchado activamente. He comprendido su mensaje pero no ha encontrado en mí su respuesta porque yo ya tenía la mía. Mi mundo espiritual difiere completamente al de ella y sin embargo, hemos conversado sin establecer líneas rojas ni llegar al improperio. Hemos conversado desde la igualdad y el respeto mutuo a pesar de que nuestras ideas, en este caso relativas al ámbito de las creencias, difieren unas de otras totalmente.

 

Y precisamente por eso, mi mente se ha expandido y está más abierta a dejar 'entrar' otras miradas, otras formas de afrontar la vida.

 

Ahí reside la magia de la comunicación: en escuchar activamente para llegar a crecer. En un sentido u otro.

 

El sinsentido generado por la no escucha es la que nos arrastra como humanidad a la realización de actos deleznables, a la sinrazón y a la locura del mundo actual, acuciado por otros elementos a cada cual más peligrosos, como la arrogancia, la prepotencia o el egoísmo.

 

La incapacidad de manifestar y expresar sentimientos y afectos y atribuírselos también a nuestros semejantes, es un signo que define profundamente nuestra época actual. No somos capaces de ver a las otras personas más allá de lo que supone de útiles para mí, una utilidad que puede ser desde convertirse en una pareja sexual o una amistad para ir de fiesta a una persona a la que utilizar para lograr algo.

 

No somos capaces de ponernos en la piel de los demás y de pensar que esas personas también tienen sueños, miedos, lloran o tienen aspiraciones en la vida a crecer y ser algo más que meros 'otros' que sirvan a nuestros intereses.

 

Ese no concebir a otras personas como lo que son, es decir como personas, hace que se permita tanta injusticia y se genere tanto discurso de odio. Cierto que en cualquier relación hay un cierto grado de utilidad, pero lo justo es que sea una utilidad mutua, que responda a un interés compartido, y no un usar y tirar, tan al uso en estos días. Es el uso funcional del otro tomado como un objeto. Y este uso es todos los niveles, desde los ámbitos creativos a los políticos, pasando por los de amistad y familiar.

 

Por eso es tan importante la escucha activa: para demostrar que sabemos brindar apoyo y estar al lado, cuando es necesario. Al igual que es fundamental aprender a expresar qué sentimos, como una forma de conectar con la otra persona y ser capaces de crear vínculos afectivos.

 

Precisamente, sobre esa dificultad a la hora de narrar qué nos sucede aborda el ensayo 'Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad' de la psicoanalista Lola López Mondéjar, en la que realiza un somero análisis del individuo contemporáneo que sufre de forma cada vez más acusada la incapacidad de manifestar en palabras qué demonios siente por dentro. Es un sujeto incapaz de autodefinirse en palabras, una situación que viene sobrevenida por la escasa lectura y de conocimiento ya que se trata de sujetos digitalizados que apenas leen, no ya literatura sino mucho menos filosofía o historia, lo que hace que no sepa transformar en palabras qué piensa o siente, y cuente con referencias que sustenten su discurso.

 

Cuando compruebo en persona todo esto, me doy cuenta de lo importante que sigue siendo la imaginación, la lectura y la poesía para el género humano, aunque se obvie e intente quitar valor en un mundo tan sumamente tecnificado en el que la Inteligencia Artificial, que no es Inteligencia por mucho que lo llamemos así, tiene atemorizado a medio mundo mientras otro medio la utiliza para redactar sus trabajos de clase.

 

El ensayo de Rubén Amón, 'Tenemos que hablar', aborda también el tema de la necesidad del diálogo centrado en la necesidad de conversar, de escucharnos, en un mundo donde se prodiga la censura de los que no opinan como la mayoría. Y lo que es peor, de la propia autocensura para buscar ser aceptados por el grupo.

 

Somos seres sociales en un mundo cada vez más polarizado que se niega a escuchar, si no es a sí mismo. De ahí que se hayan encendido todas las alarmas sobre el incremento de los problemas de salud mental entre la gente joven, un colectivo que manifiesta cada vez más, sentirse solo en un mundo hiperconectado tecnológicamente hablando. Tenemos redes sociales todas las que queramos y, sin embargo, nos sentimos solos. ¿No resulta incoherente?

 

Abogo por estar más abiertos a ejercitar la escucha activa y a convertir nuestro diálogo con los otros en un espacio de comunicación para compartir reflexiones y pensamientos de calidad, un espacio que lleve a un intercambio de ideas y si resulta necesario, a transformarlas ante determinadas cuestiones. No se trata de convencer. Se trata de conversar.

 

Creo que resulta especialmente importante escuchar a quienes no sienten ni opinan como nosotros. Nos podría sorprender lo que podemos aprender de los demás, aún sin compartir sus opiniones. Ayudarnos a comprender cómo piensan y sienten.

 

Comprender no es dar la razón sin más, es estar abierto al entendimiento que es el primer paso para asentar las bases de su comunidad pacífica y empática.

 

En en este momento tan complejo y deshumanizante de la historia de la humanidad, creo que no solo es necesario sino imperiosamente urgente. Por eso, conversemos, dialoguemos. Nos va la vida en ello.

 

Josefa Molina

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