
Durante años, creí que mi oficio era sostener el extremo de una cuerda tensa. Me instalé en la base del abismo, con el cuello rígido y las palmas en carne viva, convencida de que mi angustia era el único contrapeso capaz de evitar la caída. Si el peso oscilaba, yo sangraba; si la altura amenazaba, yo tiraba con más fuerza. Ignoré que, al tensar el cabo, le robaba a ese balanceo el vértigo necesario para aprender a pisar firme.
Al soltar, el vacío se sintió primero como una falta de aire, un duelo de manos ociosas. Pero luego llegó una calma extraña: una paz que otros confunden con frío. Es la fe de quien deja de mirar al precipicio para reconocer sus propias manos. Sigo observando, pero el equilibrio es ahora una geografía ajena. Por fin, la caída le pertenece al aire. Y a mí, por primera vez, me pertenece el suelo.





























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