Quevedo: me tiene perdiendo el norte como Gáldar
El cantante Quevedo lanza una canción titulada “GÁLDAR” y muchas personas ya se apresuran a llevarse el mérito, a decir que Gáldar está de moda y que ahora, gracias a él, se sitúa en el centro del debate. Como si hiciera falta una validación externa para otorgar valor a un lugar que lo tiene por sí mismo, como si su relevancia dependiera de aparecer en un estribillo y no de todo aquello que lo define desde mucho antes de que sonara en ninguna plataforma.
Pero conviene hacerse una pregunta incómoda, una de esas que rara vez se formulan cuando el entusiasmo se impone al análisis: ¿de verdad hay algo de lo que enorgullecerse en lo que se dice en la canción?
“Déjate dominar, no sobrepienses má’
Mañana se verá si queremos algo más
Ya déjate de hablar y baila, que esta noche tal vez o quizá
tengas la respuesta, baby”.
Este es el mensaje que algunos parecen dispuestos a celebrar sin matices, sin filtro y sin el más mínimo ejercicio crítico. Unas letras fáciles, previsibles, construidas sobre lugares comunes, con un contenido superficial que no aporta nada más allá de lo inmediato, de lo efímero, de lo que se consume y se olvida con la misma rapidez. Y, sin embargo, se pretende elevar esto a motivo de orgullo colectivo, como si cualquier mención bastara, como si el simple hecho de sonar fuera equivalente a significar algo.
Resulta llamativo, y a la vez preocupante, cómo se rebajan los estándares cuando se trata de subirse a una tendencia. Lo que en otro contexto sería considerado banal, aquí se reviste de importancia. Lo que no resiste el más mínimo análisis, se presenta como motivo de celebración. Y en ese proceso, no solo se trivializa el contenido, sino también aquello que se supone que se quiere poner en valor.
Los políticos de turno no tardarán en apuntarse el tanto. Intentarán capitalizar el momento, apropiarse del foco mediático e incluso, quién sabe, proponer al artista como embajador de honor. Porque todo vale cuando hay visibilidad, aunque el contenido sea vacío, aunque el mensaje no diga absolutamente nada relevante. La lógica es clara: si genera atención, se utiliza; si da titulares, se explota; si conecta con lo inmediato, se convierte en herramienta.
Pero la cuestión es inevitable y va mucho más allá de una simple canción: ¿este es realmente el modelo de sociedad que queremos? ¿Uno que aplaude sin cuestionar, que se conforma con lo mínimo, que sustituye contenido por impacto y reflexión por inercia? ¿Uno que convierte cualquier tendencia pasajera en bandera, aunque detrás no haya nada que sostenerla?
Y en medio de todo esto surge otra pregunta, nada inocente, cargada de intención y contexto: ¿vendrá Quevedo a las fiestas de Santiago? No hay que olvidar que serán las últimas antes de las elecciones municipales. El escenario perfecto para quemar todos los voladores, desplegar toda la purpurina posible y seducir al electorado con espectáculo en lugar de contenido, con ruido en lugar de propuestas, con presencia en lugar de ideas.
Porque en ese tipo de contextos todo encaja demasiado bien: la canción, la atención mediática, la posibilidad de llenar plazas, la foto fácil, el titular rápido. Y así, lo que debería ser anecdótico se convierte en estrategia, lo que debería ser secundario pasa a ocupar el centro, y lo que realmente importa queda relegado a un discreto segundo plano.
Porque al final, más allá de la canción, lo preocupante no es Quevedo. Él responde a una industria y a un público que consume exactamente ese tipo de producto. Lo verdaderamente preocupante es la rapidez con la que algunos convierten cualquier ruido en motivo de orgullo, cualquier mención en logro y cualquier producto vacío en símbolo colectivo. Es esa necesidad constante de validación externa, esa falta de criterio a la hora de distinguir entre lo que simplemente suena y lo que realmente significa algo.
Es ahí donde, quizá, estamos perdiendo realmente el norte. No por la existencia de una canción, sino por la facilidad con la que estamos dispuestos a inflarla, celebrarla y utilizarla como si representara algo más de lo que es. Y en ese gesto, aparentemente inofensivo, es donde se revela una forma de pensar —y de actuar— que dice mucho más de nosotros que cualquier letra.
Guayarmina Guanarteme






























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