El doble rasero de la hostelería en Gáldar: cuando la tolerancia se aplica con cuentagotas
Una reflexión sobre la coherencia, el civismo y la imagen de nuestra ciudad
Gáldar, esa joya del norte de Gran Canaria que presume con razón de su patrimonio histórico, de su Cueva Pintada, de sus gentes y de una gastronomía que invita a quedarse, tiene sin embargo una asignatura pendiente que algunos de sus establecimientos de hostelería se empeñan en no querer ver: la coherencia en el trato al ciudadano.
Un hecho reciente, tan cotidiano como revelador, ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda que muchos vecinos se hacen en silencio pero que pocos se atreven a formular en voz alta: ¿Con qué criterio deciden ciertos hosteleros quién molesta y quién no?
El incidente: dos varas de medir
La escena no tiene nada de extraordinaria, y eso es precisamente lo más preocupante. Un hombre acude a una cafetería del municipio para hablar con un cliente con quien había tenido previamente un conflicto personal. Una situación incómoda, sí. Quizás inoportuna. Pero humana, al fin y al cabo.
La reacción del establecimiento fue fulminante: el camarero y la propietaria del local se abalanzaron verbalmente sobre este hombre, gritándole e insultándole, exigiéndole que no molestara a su cliente.
Hasta aquí, uno podría incluso llegar a entender —que no justificar el tono— la intención de proteger la tranquilidad del local. Pero lo que viene a continuación desmonta cualquier argumento de buena fe.
Porque ese mismo establecimiento, y otros de la zona, permiten de manera reiterada y sistemática que personas que atraviesan situaciones de exclusión social y drogodependencia acosen a los clientes en las terrazas: les interrumpen, les importunan, y en algunos casos llegan al extremo de coger comida directamente de los platos mientras los comensales están comiendo.
Y no se actúa. No se dice nada. Se mira hacia otro lado.
La pregunta que nadie quiere responder
¿Cómo es posible que un vecino que acude a hablar con alguien reciba gritos e insultos, mientras que quienes arrebatan la comida del plato de un cliente reciben silencio cómplice?
La respuesta, aunque nadie la verbalice, parece estar en algo tan poco edificante como el miedo, la comodidad o el cálculo social. Es más fácil gritar a alguien que no va a responder de manera impredecible. Es más cómodo ignorar a quien ya forma parte del paisaje urbano, aunque ese paisaje resulte cada vez más hostil para quien visita o simplemente quiere comer en paz.
Esto no es empatía. Esto no es gestión responsable de un negocio. Esto es, en el mejor de los casos, una dejación de responsabilidad y, en el peor, un doble rasero que raya en la hipocresía.
El impacto real: la imagen de Gáldar en juego
Gáldar no es solo un municipio para sus vecinos. Es un destino que recibe visitantes atraídos por su historia, su mercado, su ambiente. Y esos visitantes se sientan en esas mismas terrazas. Esos visitantes también tienen su comida cogida del plato. Esos visitantes también se marchan con una imagen grabada a fuego de lo que han vivido.
El boca a boca es la publicidad más poderosa que existe, y también la más devastadora cuando es negativa. Un turista que regresa a su hotel relatando que le arrebataron comida de la mesa mientras el personal del local miraba impasible no está describiendo un mal día: está describiendo un problema estructural de gestión urbana y hostelera.
La imagen de una ciudad no la construyen solo sus monumentos ni sus folletos turísticos. La construyen, ladrillo a ladrillo, las experiencias de quienes la visitan y quienes la habitan.
Una reflexión para el sector
No se trata de criminalizar a personas que viven situaciones de vulnerabilidad extrema. Ese es un debate social mucho más amplio que compete a servicios sociales, instituciones y a la sociedad en su conjunto. Se trata de algo más simple y más urgente: de coherencia y de responsabilidad.
Un establecimiento de hostelería tiene el derecho —y la obligación— de garantizar la tranquilidad y seguridad de sus clientes. Todos sus clientes. Y tiene también la obligación de tratar con el mismo rasero a quienes alteran esa tranquilidad, independientemente de quiénes sean.
Si se grita a un vecino por mantener una conversación, con mayor razón debe actuarse cuando alguien coge la comida del plato de un comensal. No hacerlo no es tolerancia. Es negligencia.
Conclusión: Gáldar merece más
Gáldar tiene recursos, tiene historia, tiene potencial turístico y tiene una comunidad que merece espacios públicos y de ocio dignos. Pero todo eso se erosiona cuando quienes tienen la responsabilidad de gestionar esos espacios aplican normas a la carta, según quién sea el que "molesta".
Es momento de que el sector hostelero de la ciudad haga una reflexión honesta sobre cómo gestiona sus locales y sus terrazas. No por imagen, no por miedo a las críticas, sino porque es lo correcto. Porque sus clientes —vecinos y visitantes— lo merecen. Y porque Gáldar, sin duda alguna, merece mucho más.
Una ciudad se mide por cómo trata a todos sus ciudadanos. Y un negocio, por la coherencia con la que aplica sus propias normas.
Vidal Bolaños Betancort



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