Esperanzadoras palabras del papa hecho hombre de a pie

Nicolás Guerra Aguiar

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A lo largo de algunos decenios, estimado lector, como profesional de la enseñanza oficial y ser humano pensante con normales limitaciones, tuve la grandísima suerte de impartir la asignatura Literatura Siglo XX (COU), revolucionaria novedad en las aulas.

 

Su programa fue un grandísimo acierto: como estudiaba la producción escrita desde inicios del siglo XX hasta los años setenta, invitaba a la imprescindible interrelación con el profesorado de Historia Contemporánea. Y hubo sorpresas: movimientos literarios y autores o eran vagamente conocidos por el alumnado o, sin más, ignorados. A fin de cuentas muchos de ellos formaban parte de la llamada “España del exilio exterior” (Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, premio nobel de literatura) o “del interior” (Dámaso Alonso e Hijos de la ira -1944-. Este poemario refleja la concepción existencial de la vida, que el mundo es un caos, una angustia: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres según las últimas estadísticas” inicia el poema “Insomnio”. (Curioso: entre los identificados figuraba el noventayochista Maeztu, asesinado por republicanos.)

 

Pero muchos preuniversitarios desconocían al modernista Morales (“El mar es como un viejo camarada de infancia / a quien estoy unido con un salvaje amor”). Incluso la obra prosificada de Unamuno sobre Gran Canaria y Tenerife y su producción poética dedicada a Fuerteventura: ni tan siquiera los dos primeros versos (“Ruina de volcán esta montana, / por la sed descarnada y tan desnuda”) del soneto sobre la isla majorera.

 

Por tanto, oscuridades sobre el Novecentismo, Vanguardias, Grupo Poético del 27 (Lorca, Aleixandre...), Generación del 36 o de la Guerra (Miguel Hernández…), la canaria Antología cercada (1947), la novelística posterior: Cela, Carmen Laforet… y Ramón J. Sender, autor de Réquiem por un campesino español. Y fue precisamente con esta novela, mientras comentábamos algunos fragmentos desde lo literario y su contextualización, cuando descubrí también el muy elemental (¿acaso interesado?) conocimiento histórico sobre la realidad española del siglo XX, la guerra civil y sus consecuencias. (Por cierto: recuerdo que una alumna evocó dos versos dedicados al fundador de Falange Española. Sin duda, habían sido memorizados de Corona de sonetos líricos en honor a José Antonio Primo de Rivera; Burgos, 1939, antología también comentada en clase por la perfección formal de algunos de ellos.)

 

Pues bien: todos desconocían que a partir de julio de 1936 (antes había sido víctima de extrema violencia a manos de ignorantes republicanos) la alta jerarquía de la Iglesia católica española se comprometió con los rebeldes (“Carta Colectiva”, 1/7/1937; “Cuando los arzobispos bendicen el puñal y la pólvora...”, frase de León Felipe…). Y fue callada y muda (hubo excepciones), si no simbólica invidente ante usurpaciones, violaciones, secuestros nocturnos de izquierdistas a golpe de pistolas y fusiles, asesinatos, tiros en la nuca, pozos (Tenoya...), simas (Jinámar...), “patitos a la mar”, camiones de cal…

 

Toda la desconocida información anterior la aprendieron, como apunté arriba, a través de la novela Réquiem…: los rebeldes que llegan al pueblo a partir de 1936 reprimen con violencia extrema y asesinatos a quienes (infelices analfabetos de labranza) consideraron de izquierdas. O, simplemente, sus muertes servían para imponer el terror (“Los señoritos de la ciudad habían echado dos rociadas de ametralladora”).

 

Una de las víctimas fue Paco, el joven y despierto concejal republicano impactado desde los siete años por la terrible miseria descubierta: había acompañado al cura a suministrar la extremaunción a un moribundo cuya familia vivía en una cueva y carecía de todo lo que puede resultar imprescindible para subsistir, incluso un mísero colchón para la cama de simples tablas.

 

El cura, Mosén Millán, había dado la pista de dónde se ocultaba Paco y lo convenció, además, para que se entregara (“En el nombre de lo que más quieras, de tu mujer, de tu madre. Entrégate”). Después se oyeron unos tiros: murió asesinado junto a las murallas del cementerio (“El me denunció…, Mosén Millán, Mosén Millán…”).

 

Pasados noventa años, nueve decenios, parece que algo comienza a recuperarse en la estructura eclesial católica: el compromiso con la sociedad y la denuncia de arbitrarios comportamientos relacionados con la fuerza bruta, el poder de las armas, el desprecio a la vida ajena, las matanzas de civiles también ajenos a otras barbaries cometidas por sus rectores o dirigentes. El papa León XIV, la máxima autoridad de la Iglesia católica, deja a un lado el lenguaje diplomático, el protocolario código que rige mensajes y discursos oficiales -las más de las veces vacío, huero, falto de contenidos propios del corazón y nobles sentimientos- y llama a las cosas por su nombre: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza!”. Fueron palabras de esperanza y esperado inmediato futuro dirigidas a quienes lo acompañaban en la vigilia de oración por la paz, acto celebrado en la basílica de San Pedro.

 

No hicieron falta nombres, apellidos, etiquetas de responsabilidades políticas... Todos lo entendimos: la barbarie, la crueldad, la sangrienta salvajada de bombas que absolutamente destruyeron Gaza y a miles y miles de gazatíes, arrasan también sin compasión alguna el sur de Líbano; fuerzan a otras decenas de miles de inocentes ciudadanos a emprender éxodos y evacuaciones a solas con sus hambres y frustraciones; destruyen y asesinan en Ucrania para ampliar asentamientos geográficos, ganar terrenos para inmediatas colonizaciones; ansían dominar pozos petrolíferos, impedir a otros como ellos el poder nuclear… pero no a Israel, el íntimo amigo de sanguinarias borracheras y asesinatos…

 

Sí, estimado lector: ciertas palabras, los mensajes, incluso entonaciones, intensidades, tonos y timbres del papa católico comienzan a ser semilla -muy tímida aún, bien es cierto, pero semilla al fin y al cabo-. Su fruto es esperanza, ilusión como lo fue para Pedro Lezcano, paisano nuestro, el líquido vivificador que circula por ciertas plantas: “Cuando las botas pisen los olivos / y su símbolo aplasten, / coged su savia espesa, echadla al mar / y veréis cómo aplaca tempestades”.

 

La Iglesia, confirmó, “tiene la obligación moral de ir contra la guerra”. Y como en sus planteamientos ideológicos toma fuerza la muy respetable convicción religiosa del cristianismo, el mismo de casi mil quinientos millones de creyentes católicos que miran a Roma, su transparencia está definida: “El evangelio es claro”. Por tanto, seguirá con su andar por la vida “proclamando el mensaje del evangelio”, escrituras en las cuales creen y defienden.

 

Así, que la la voz de León XIV se enfrente a quienes hoy prenden fuego a las palabras nobles y elementales, es expectativa y respeto: "El mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos". Mi admiración al primer pastor de la Iglesia católica.

 

Nicolás Guerra Aguiar

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