
Cada 23 de abril, las librerías sacan mesas a la calle, los colegios organizan marcapáginas y las redes se llenan de portadas bien encuadradas. Es un ritual hermoso y, al mismo tiempo, un poco mentiroso. Celebramos el libro como si fuera un bien universalmente repartido, como si leer fuera solo cuestión de querer. Y en Canarias —siete islas colocadas en el extremo de Europa, lejos de los grandes circuitos editoriales, con una brecha generacional que se abre cada año entre quienes leen y quienes ya no saben por qué deberían hacerlo— esa celebración puede convertirse en una postal bonita sobre un problema real que preferimos no mirar.
Este artículo no es un himno al libro. Es una interpelación.
"Canarias no está al margen del mundo. Está al margen del mapa editorial. Y eso no es lo mismo."
El problema de la periferia que se cree centro
Hay una paradoja insoportable en cómo las islas se relacionan con la cultura escrita. Canarias tiene una tradición literaria poderosa: Galdós, Agustín Espinosa, Josefina de la Torre, Pedro García Cabrera, Mª Rosa Alonso, Rafael Arozarena, Alexis Ravelo. Una tradición que el canon peninsular ha archivado sistemáticamente en el cajón de "literatura regional", como si escribir desde Las Palmas o desde Santa Cruz fuera escribir desde la provincia, desde lo secundario, desde lo que no termina de importar.
El resultado es doble y devastador: el lector canario no se encuentra en los libros que le recomiendan, y el escritor canario aprende pronto que para ser tomado en serio debe mirar hacia Madrid o Barcelona. Los centros editoriales no son neutros. Son geografías de poder. Y cuando una cultura no controla la representación de sí misma, termina viéndose con los ojos del que la observa desde fuera.
Lo que los datos no cuentan bien: Según el Barómetro de Hábitos de Lectura, Canarias se sitúa sistemáticamente por debajo de la media nacional en índices de lectura por placer. Pero ese dato no dice cuántos libros hablan de Canarias. No dice cuántos autores locales están en las mesas de novedades. No dice cuántas bibliotecas de barrio han cerrado o reducido horarios en la última década. Los números miden lo que leemos. No lo que nos han dado para leer.
Leer también es un acto político
Hay quienes se incomodan cuando se habla de política y cultura en la misma frase. Como si los libros existieran en un espacio aséptico, por encima de las condiciones materiales de quienes los producen, quienes los distribuyen y quienes, finalmente, los leen o dejan de leerlos.
Pero un adolescente de La Cañada, en Las Palmas, o de Los Realejos, en Tenerife, no lee menos porque sea menos inteligente o menos curioso. Lee menos porque el libro todavía es un objeto que cuesta dinero, porque las bibliotecas cierran a las ocho, porque nadie en su entorno inmediato lo ha hecho antes, porque los personajes de la mayoría de los libros que le pondrían delante en el colegio no viven en un piso pequeño con vistas al Teide ni caminan por el Mercado de Vegueta ni escuchan la misma música que él. La identificación importa. La representación importa. No porque tengamos que escribir solo sobre lo que somos, sino porque necesitamos saber que lo que somos también merece ser escrito.
Lo que el Día del Libro debería exigirnos
No basta con que los institutos regalen un libro el 23 de abril. No basta con que las instituciones feliciten a los autores locales en redes sociales. El gesto sin estructura es ornamento. Y el ornamento, cuando tapa un problema real, es un lujo que no nos podemos permitir.
Lo que este día debería mover es otra conversación: ¿Por qué no existe una política pública canaria de fomento de la lectura con presupuesto real y objetivos medibles? ¿Por qué las editoriales del archipiélago no tienen acceso a los mismos mecanismos de distribución que sus equivalentes peninsulares? ¿Por qué seguimos aceptando que el canon literario que se enseña en nuestros colegios apenas incluye una obra de un autor canario? ¿Por qué los festivales literarios que importan a Canarias traen siempre los mismos nombres de siempre, y el escritor de aquí hace de telonero en su propia tierra?
Hay algo más: necesitamos exigir que la lectura se entienda como infraestructura social, no como hobby. Las bibliotecas no son un lujo para el tiempo libre. Son el sistema nervioso de una democracia que funciona. Una ciudad que cierra su biblioteca de barrio no está ahorrando dinero; está recortando ciudadanía.
"Una ciudad que cierra su biblioteca de barrio no está ahorrando dinero. Está recortando ciudadanía."
El Atlántico no es una metáfora vacía
Canarias ha vivido siempre en la tensión entre el archipiélago y el continente, entre la insularidad como destino y la insularidad como punto de partida hacia todo. Esa tensión es literariamente fértil. Hay algo en la condición isleña que obliga a pensar el mundo desde sus bordes, y los bordes siempre han sido el lugar más honesto desde el que mirar.
Pero para que esa voz exista necesita condiciones. Necesita lectores que la busquen y la reconozcan. Necesita librerías que la pongan en primera fila, no en el rincón de "autores locales". Necesita escuelas que la incorporen sin exotismo ni condescendencia. Necesita crítica literaria que la juzgue con los mismos instrumentos con que juzga cualquier otra literatura. Necesita, en definitiva, dejar de tratarse a sí misma como periferia.
Porque la literatura canaria no es literatura de periferia. Es literatura del Atlántico. Y el Atlántico es el océano más transitado del mundo.
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Este 23 de abril, compra un libro de un autor o autora canaria. Mejor aún: cómpralo en una librería de aquí. Pero después de eso, haz la pregunta incómoda: ¿por qué ha costado tanto encontrarlo?
Ese malestar, si lo sostienes y no lo apagas con la próxima rosa o con el próximo bookstagram, es exactamente de lo que debería hablar el Día del Libro.
Vidal Bolaños Betancort































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