Mi particular manera de celebrar el Día del Libro

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Comienzo este relato recordando que hoy es el día del libro y no hay mayor homenaje que comenzar leyendo uno para celebrarlo.
 
No tenía muy claro cómo abordar el “Día del libro” de este año 2026. Mi preocupación era porque no quería caer en los tópicos en los que cada año caemos la mayoría de los que nos dedicamos a conmemorar esta fecha, pues yo, como lector, estoy cansado de leer y escuchar lo mismo año tras año sobre la importancia de este día: que si se trata de resaltar las figuras literarias de Miguel de Cervantes y Shakespeare; que en Barcelona es una fiesta que se celebra por todo lo alto; que hay ferias del libro por todas las ciudades españolas;  que si el número de lectores ha bajado o por el contrario, la gente lee más; que si en España se publica mucho más de lo que se lee, etcétera., etcétera.
 
No me cabe duda de que, desde aquel momento prehistórico en que reunidos en torno al fuego, alguien comenzó a narrar a sus embelesados oyentes hechos acaecidos en tiempos anteriores, sus palabras traspasarían el calor de la hoguera y se confundirían con los sonidos de los animales, mientras todos trataban de mitigar el miedo atávico a la inmensa oscuridad de la noche.
 
Miles de años después, una escritora singular, y una investigadora brillante, Irene Vallejo, la autora de “El infinito en un junco”, libro que nunca me cansaré de recomendar, afirmaba que “cuanto mayor era la complejidad que alcanzaban las sociedades orales, más constante y angustiosa se volvía para sus habitantes la amenaza del olvido, por lo que necesitaban preservar sus leyes, sus creencias, sus hallazgos, todo aquello que conformaba su identidad como pueblo. Si no transmitían sus logros, cada generación tendría que volver a empezar fatigosamente desde el principio”. Y de esta preocupación, nació el libro.
 
Abrumado porque hasta este momento no tengo nada claro qué voy a escribir, dejo de pensar y me lanzo al campo de batalla a pelear con las palabras en una guerra incruenta en la que no siempre salgo ganador, pero en la que pongo todo mi empeño literario y mi fuerza imaginativa, que no es mucha, pero en la que me esfuerzo al máximo. 
 
Dejándome llevar, permitiendo que mis pensamientos vayan aflorando de manera espontánea y me lleven hacia donde ellos quieran, me veo al volante de mi coche enfilando la carretera que baja a Carrizal y conduzco hasta llegar a la calle Juan de Bethencourt, que tanto  transité y que tan buenos e intensos recuerdos me traen, pues no en vano pasé casi treinta años ejerciendo la profesión de maestro (palabra que al oírla dirigida a mí me siento abrumado) en el colegio Poeta Tomás Morales ubicado en ella. 
 
Al pasar frente a la puerta principal no puedo evitar echar una mirada de añoranza y nostalgia por el tiempo pasado y la juventud perdida en tan digna profesión. Y mi coche, como si percibiera mi estado de ánimo, acelera y deja atrás mi tan querido centro de enseñanza y, en nada, me lleva hacia la calle en la que está ubicada la Biblioteca Municipal de Carrizal. Es un edificio remodelado, moderno y espacioso que en estos días cumplirá un año de servicio a la comunidad. Después de muchos avatares, Carrizal cuenta con una biblioteca de calidad. 
 
 Cuando me bajo, mi coche me despide con un ruido cansino y monótono, como el de un viejo corazón que baja lentamente sus pulsaciones. Con pasos decididos me dirijo a la Biblioteca. Abro la puerta y, nada más entrar, me siento en otro mundo, en otra dimensión. Se me figura un castillo, un fuerte, una torre, el faro del fin del mundo, la cueva de Alí Babá… En medio del ruido de los coches, del trasiego de la gente, del agobio y de las prisas de este mundo nuestro tan acelerado, es el refugio ideal para cualquier caminante que transite por los senderos de la literatura. 
 
Nada más cerrar la puerta, el olor de los libros lo inunda todo. Me detengo un instante en la entrada para que ese olor impregne todo mi cuerpo. Sobrecogido por tanta sabiduría encerrada en los libros me dirijo hacia la persona que custodia el tesoro mejor valorado de todos los tiempos: el conocimiento acumulado de la humanidad desde la invención de la escritura y, con un imperceptible “buenos días” extiendo mi mano, saludo al guardián, al protector, al que custodia tan preciado tesoro, a Teto, el amigo de los libros que es también mi amigo y el amigo de todos los que aman los libros.  Lleva tantos años al frente de la biblioteca de Carrizal que parece haber nacido allí.
 
Teto es el alma de la biblioteca, el guardián y, al mismo tiempo, su prisionero. Ha convertido su cárcel en su refugio diario, en una fortaleza inexpugnable contra la ignorancia. Allí pasa muchas horas al día. Los libros representan para él su trabajo y su vida. Es tal la simbiosis generada a lo largo de los años entre ellos que parecería que no podrían existir por separado.
 
Cuando pides uno o dos en calidad de préstamo para llevártelos y leerlos en la paz de tu hogar,  sientes como si le costara un mundo dejártelos, como si se desprendiera de uno de sus seres más queridos, como si fuera uno de aquellos padres que, angustiados, dejan a su hijo o hija en la guardería el primer día de curso.
 
Te imaginas a Teto preocupado por cómo los devolverás, porque para él los libros tienen sentimientos y expresan emociones como las personas. Pero a pesar de lo que tú puedas pensar o imaginar, la realidad es que está siempre dispuesto a recomendar, a aconsejar. Y tienes que tener cuidado, porque de lo contrario no saldrás de allí con menos de tres. Y es que sin él la biblioteca de Carrizal no tendría entidad para mí. No puedo disociar el edificio de su persona. Cada vez que la nombro me viene la imagen nítida de mi amigo dejando por un momento el ordenador para venir a saludarme con una sonrisa amistosa y cierta timidez característica que en nada empaña su profesionalidad y la amistad que nos tenemos.
 
Él no sabe, ni se lo voy a decir, que mi visita hoy a la biblioteca ha tenido un solo objetivo: homenajear en su persona la figura del bibliotecario, la de todos aquellos que custodian y cuidan los libros más allá de sus responsabilidades laborales, que ponen su entusiasmo y sabiduría para difundir el legado cultural de la Humanidad a todos los habitantes del municipio y a cualquier persona que, proceda de donde proceda, se acerque por allí. Sé que no es mucho, pero es el homenaje humilde y sincero de un lector en este señalado día. Ojalá podamos seguir celebrándolo siempre.
 
Con este reconocimiento he querido aportar mi granito de arena para conmemorar el “Día del Libro”, con el deseo de que sigamos protegiéndolo de todas las barbaridades a las que somos muy dados los humanos, con la esperanza de que continuemos alabando siempre la labor de nuestros bibliotecarios, porque sería la mayor garantía para la supervivencia de nuestro legado cultural. Y también porque es un acto de justicia sacar del anonimato a la gente que está siempre ahí, atentos a colmar tus gustos literarios. Para mí este día lleva hoy el rostro de Teto, el responsable de la biblioteca de Carrizal. Y, por extensión, el de todos los bibliotecarios. Felicidades a todos ellos y ellas. ¡Feliz Día del libro!
 
Aprovechando que hablo de libros, les propongo leer “La península de las casas vacías”, de David Uclés. Quiero recomendarla sobre todo a los jóvenes, para que sepan que en España hubo una guerra, la peor de las guerras. Para que aprendan que nunca más debería repetirse un suceso como aquel, por muy mal que nos llevemos. Y porque, por otro lado, es una gozada leerlo, a pesar del drama tan terrible que cuenta.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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