Gentes e Historia

Cuando Sardina superó a Las Palmas: el olvido conveniente de la historia insular

El puerto de Sardina de Gáldar desempeñó un papel fundamental en la economía atlántica de Gran Canaria, aunque su relevancia ha quedado relegada en la memoria colectiva insular.

Juan Vega Romero Jueves, 23 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
Playa y Puerto de Sardina. Foto: "Gáldar a través de la fotografía de Sebastián MonzónPlaya y Puerto de Sardina. Foto: "Gáldar a través de la fotografía de Sebastián Monzón

Durante siglos, el puerto natural de Gáldar fue una pieza clave del comercio atlántico. Hoy su peso histórico sigue lejos del lugar que merece. 
 
En 1533, un barco cargó azúcar en Sardina de Gáldar y partió rumbo a Amberes. Durante siglos, aquel puerto natural del noroeste conectó Gran Canaria con los grandes circuitos comerciales del Atlántico. Después llegaron otros mapas, otros intereses y otra memoria. Hoy, la historia de Sardina sobrevive casi en voz baja. 
 
No sabemos qué día fue. 
 
No sabemos si amaneció con el alisio tendido o con el mar respirando mansamente contra las rocas. No sabemos si la tripulación durmió a bordo o en tierra, si las bestias de carga bajaron desde Gáldar todavía de noche o si el azúcar llegó al amanecer, en serones y carretas, custodiado por hombres que conocían el precio de cada saco. No sabemos si alguien, desde la loma, contempló aquella maniobra con la serenidad de quien asiste a una rutina o con el orgullo discreto de saberse unido a un mundo mayor que su propia orilla. 
 
Lo que sí sabemos es esto: en 1533, el barco Santa María de la Misericordia, al mando de Diego Díaz, cargó azúcar en Sardina de Gáldar con destino a Amberes. 
 
Y sabemos algo más importante todavía: aquello no era una rareza. No era una escena aislada ni una aventura excepcional en una costa remota. Era una operación comercial integrada en la normalidad de su tiempo. Durante siglos, desde ese puerto del noroeste salieron mercancías hacia algunos de los grandes mercados europeos.
 
Sardina de Gáldar fue una pieza real en el engranaje atlántico. Un nombre portuario reconocido. Un punto de  conexión en el mapa económico del mundo. 
 
Lo extraordinario no es que ocurriera.
Lo extraordinario es que hoy casi nadie lo recuerde. 
 
Porque en una isla que ha hecho de su historia marítima uno de los pilares de su identidad, cuesta explicar por qué uno de sus puertos más activos, más antiguos y mejor conectados con la economía europea de la Edad Moderna ocupa un lugar tan pequeño en la memoria pública. Está en los archivos, en los contratos, en las estadísticas, en la toponimia, en los estudios locales y en la tradición oral. Pero apenas está en el relato común. 
 
Sardina fue durante siglos un puerto conocido en los circuitos comerciales europeos. Gran Canaria, en cambio, parece haber aprendido a olvidarlo. 
 
El azúcar obligó a mirar al mar 
 
Para entender la importancia del puerto de Sardina hay que volver al momento en que Gran Canaria aprendió a producir riqueza para el mundo. 
 
En los primeros decenios del siglo XVI, la vega de Gáldar se convirtió en una de las zonas azucareras más activas de la isla. Y el azúcar, conviene recordarlo, no era entonces un cultivo más. Era una industria de alto valor, un negocio internacional, una de las primeras expresiones del capitalismo atlántico. Requería tierra fértil, agua, inversión, tecnología de transformación, mano de obra abundante y una infraestructura comercial capaz de mover la producción hacia los grandes mercados. El azúcar no llenaba solo los ingenios. Reordenaba territorios enteros. 
 
En torno a Gáldar y Guía aparecen en la documentación nombres de explotaciones y propietarios que hablan de una economía viva y dinámica: el ingenio de Juan de Alemania en Gáldar, los de Agustín de la Chavega y los Riverol en El Palmital, el de Mateo Carrasco en Guía, además de otros establecimientos en Valerón y en distintos puntos del noroeste. Toda esa producción tenía una exigencia elemental: salir al mar. Y ese mar estaba en Sardina. 
 
Desde allí partieron cargamentos de azúcar hacia Cádiz, Sevilla, Amberes, Génova y Venecia. La enumeración no tiene nada de ornamental. Cada uno de esos destinos revela escala, ambición y densidad comercial. Significa que la producción del noroeste grancanario no vivía encerrada en un circuito local. Significa que una ensenada hoy asociada al baño, al pescado fresco y a la calma estival participaba entonces de los flujos de mercancías que unían el Atlántico con el Mediterráneo y con el norte de Europa. 
 
En esa red aparecen también apellidos concretos y vidas reales. Los Sopranis figuran como exportadores en Gáldar ya en 1524. Lorenzo de Riverol contrató con Diego Díaz un cargamento para Flandes. La familia Riverol atraviesa la documentación con la persistencia de quien ha encontrado una actividad rentable y ha decidido sostenerla con tenacidad. Vale la pena detenerse aquí: la historia económica, cuando se cuenta mal, se llena de abstracciones y cifras sin rostro. Pero aquí hubo personas de carne y hueso. Casas en Gáldar con sus olores y sus ruidos. Deudas por cobrar. Escrituras notariales firmadas a la luz de un candil. Hombres embarcados que dejaban atrás familia. Azúcar almacenada con el olor espeso de la melaza. Riesgo calculado. Beneficio esperado. Pérdida a veces.
 
La historia de Sardina no fue un rumor del mar. Fue una organización concreta del trabajo, del territorio y de la riqueza. 
 
La costa eligió el puerto.
A veces una sociedad cree haber construido lo que en realidad le fue dado por la geografía. 
 
Sardina no fue importante porque alguien la soñara en un despacho. Lo fue porque la costa la hizo posible y necesaria. Antes de los grandes diques, de la ingeniería portuaria moderna y de los puertos artificiales, el litoral seleccionaba sus propios lugares con una lógica implacable. Y la bahía de Sardina ofrecía condiciones especialmente valiosas para la navegación de su tiempo: abrigo relativo frente a los vientos del norte y del noroeste, profundidad suficiente para fondear embarcaciones de calado medio y una comunicación razonable con el interior agrícola y urbano del noroeste insular. 
 
Gáldar quedaba a apenas cuatro kilómetros. Guía, un poco más allá. Durante los siglos XV y XVI, ambas figuraban entre las poblaciones más relevantes de la isla. Cuando el peso político, productivo y humano de Gran Canaria se concentraba en esta parte del territorio, el puerto que servía a ese mundo tenía que estar precisamente allí. No por romanticismo. Por una lógica tan fría como el comercio mismo. 
 
Por Sardina salía azúcar. Pero también entraban bienes esenciales para sostener la vida de una comarca que no podía permitirse el lujo del aislamiento. Llegaron granos desde Tenerife en años de escasez, cuando el hambre amenazaba y los vecinos miraban al mar esperando velas en el horizonte. Llegó madera para el convento franciscano de San Antonio de Padua, en una operación documentada en escritura notarial del 26 de diciembre de 1522. Llegaron, con toda probabilidad, materiales, herramientas, objetos de culto, alimentos y mercancías de uso cotidiano que rara vez dejan una huella vistosa en los grandes relatos, pero que sostienen la vida real de un territorio mejor que cualquier gesta. 
 
Todo puerto decisivo tiene una doble naturaleza: exporta riqueza y abastece existencia. Sardina hizo ambas cosas durante generaciones.
 
Un puerto es una frecuencia 
 
Si se quiere medir la verdadera importancia de un puerto, no basta con mirar sus grandes episodios ni sus momentos de esplendor. Hay que mirar algo más prosaico y más revelador: su repetición. Su hábito. Su capacidad para dejar de ser noticia porque ha pasado a formar parte de lo normal. 
Y eso fue Sardina durante mucho tiempo. 
 
Las comunicaciones con Santa Cruz de Tenerife podían cubrirse en bergantines o goletas en unas cuatro o cinco horas, con un régimen de navegación relativamente estable para los medios de la época. Se habla de embarcaciones con doce marineros, de servicio regular y de dos viajes semanales en cada sentido. No era la imagen romántica de la marinería heroica enfrentada a los elementos. Era algo más importante y menos poético: logística. Trabajo sistemático, frecuencia sostenida, enlace garantizado, continuidad silenciosa. 
 
Eso, y no otra cosa, convierte a un puerto en infraestructura real y no en estampita de calendario. 
 
La imagen que ha terminado por imponerse sobre Sardina, la del rincón hermoso, la del barrio marinero con sus barcas varadas, la de la playa entrañable donde los domingos huelen a fritura, es cierta, pero tardía y parcial.
 
Antes de ser postal turística, Sardina fue mecanismo económico. Antes de ser paisaje para contemplar, fue función para sostener. Antes de ser un lugar desde el que se mira el mar con nostalgia, fue un lugar desde el que el mar trabajaba cada día con la indiferencia práctica del que tiene cosas que hacer. 
 
Esa diferencia cambia por completo el significado histórico del lugar. Y recuperarla no es un ejercicio sentimental.
 
Es una obligación intelectual. 
 
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1778 y el mapa incómodo

 
Hay datos que, por sí solos, deberían bastar para alterar una memoria establecida.
 
En 1778, una relación de los barcos registrados en Santa Cruz de Tenerife consignó con precisión burocrática la procedencia de las embarcaciones que recalaban en aquel puerto. El resultado es incómodo para cualquier relato simplificado de la historia insular: 79 procedían del Puerto de la Cruz, 76 del Puerto de Sardina y 65 de Las Palmas de Gran Canaria. 
 
Setenta y seis barcos. Más que Las Palmas. 
 
Conviene quedarse un momento con esa cifra antes de seguir leyendo. No es un hallazgo menor ni una curiosidad para iniciados en archivos. Es una llamada de atención sobre cuánto deformamos el pasado cuando proyectamos hacia atrás la centralidad del presente. A finales del siglo XVIII, Sardina sostenía un tráfico marítimo superior, en esa ruta concreta y fundamental, al del principal núcleo urbano que hoy concentra buena parte del peso económico de la isla. 
 
No significa que Sardina fuera el gran puerto en todos los sentidos ni durante todas las etapas de su historia. Significa algo más útil y más exigente para el historiador: que la jerarquía actual no puede proyectarse hacia atrás como si fuera una ley natural. La centralidad cambia. Los ejes económicos se desplazan. Los territorios se reorganizan siguiendo lógicas que en cada momento parecen inevitables y después resultan contingentes. Y hubo siglos en los que el noroeste de Gran Canaria ocupó un lugar de primera magnitud en la vida económica y marítima de la isla. 
 
La historia no se equivoca. Se equivoca, a veces, la costumbre de contarla desde el lugar al que uno ya ha llegado.
 
Cuando el futuro cambió de costa.
Toda decadencia importante tiene algo de tragedia lenta y casi invisible. 
 
No porque llegue de golpe y rompa todo de una vez, sino porque se va anunciando en pequeños desplazamientos que al principio parecen reversibles y menores: una ruta que se modifica, un puerto que pierde categoría administrativa, una inversión que se pospone indefinidamente, un muelle que llega demasiado tarde cuando ya no puede cambiar nada, una innovación técnica que favorece a otra costa más abrigada o mejor situada, un nuevo eje económico que empieza a atraerlo todo hacia sí con la gravedad silenciosa de los grandes cambios históricos. 
 
Eso le ocurrió a Sardina a lo largo del siglo XIX.
 
Gran Canaria fue desplazando su centro de gravedad hacia el este con una lentitud que en cada momento parecía apenas perceptible y que, en conjunto, resultó irreversible. Las Palmas crecía. El istmo adquiría un papel cada vez más estratégico. La Revolución Industrial transformaba profundamente el comercio marítimo mundial. El vapor, el mayor tonelaje de los buques modernos, los depósitos de carbón, la necesidad de muelles más ambiciosos, de calados más profundos y de una capacidad operativa que los puertos tradicionales no podían ofrecer fueron dibujando un mundo para el que muchos fondeaderos históricos quedaban geográficamente mal situados e históricamente superados. 
 
Sardina fue degradada a puerto de tercera categoría. La fórmula suena administrativa y neutra, pero encierra una violencia silenciosa: un lugar que había articulado riqueza, trabajo y conexiones durante siglos pasaba a ser clasificado desde un despacho lejano según la lógica implacable de otro tiempo y de otra escala.
 
En 1863 apareció en escena Juan de León y Castillo con un proyecto de muelle oficial. La imagen tiene la potencia exacta de las ironías históricas: uno de los grandes ingenieros grancanarios intentaba mejorar un puerto cuya larga relevancia aún era visible en los libros de cuentas, pero cuyas limitaciones físicas empezaban a ser insalvables ante la nueva realidad del comercio industrial. El mar de Sardina, con sus temporales de invierno y su exposición a los vientos del noroeste, acabó por recordar que la naturaleza tampoco concede siempre segundas oportunidades. 
 
Décadas después, el propio León y Castillo quedaría ligado al Puerto de La Luz: el gran proyecto del tiempo nuevo, el puerto de los vapores y del carbón, de la escala atlántica moderna, de la infraestructura pensada para un mundo que ya no era el de las goletas ni el de las travesías a vela. No hubo en ello traición ni abandono consciente. Hubo lógica histórica, con toda su frialdad característica. 
 
Pero que el futuro cambiara de costa no obligaba a enterrar el pasado bajo el silencio. 
 
Cuando la función sobrevivió al rango 
 
Las historias institucionales tienden a confundir el estatus administrativo con la realidad operativa. Como si un lugar dejara de funcionar en el mismo instante en que la burocracia deja de reconocerlo. Pero entre la degradación oficial de Sardina a puerto de tercera categoría y su verdadero declive funcional transcurrió un tiempo largo y obstinado en el que la geografía y la necesidad siguieron pesando más que los papeles.
 
Las referencias conservadas apuntan a que el contrabando se desarrolló con intensidad en Sardina durante el siglo XIX. Lejos de ser un detalle marginal o pintoresco, ese hecho revela algo central: incluso después de perder rango legal, el puerto seguía siendo útil. Seguía cumpliendo una función que la población necesitaba y que las condiciones naturales del lugar facilitaban. El comercio irregular no fue la expresión de una decadencia moral, sino la evidencia práctica de que un puerto no muere cuando lo dice un decreto. Muere cuando deja de ser geográficamente viable o económicamente necesario. 
 
Y Sardina siguió siendo ambas cosas durante décadas, aunque la administración hubiera decidido mirar hacia otro lado. 
 
No hace falta idealizar el contrabando con romanticismo fácil. Basta con comprenderlo en su contexto. Cuando un puerto perdía categoría oficial y el comercio legal se encarecía hasta hacerse inviable, cuando la administración central decidía qué era rentable y qué no sin conocer la realidad de la costa, los vecinos respondían con la vieja inteligencia costera que siempre ha sabido navegar mejor que los reglamentos. Era supervivencia práctica antes que épica literaria. Astucia antes que heroísmo. 
 
Aquello también formó parte de la historia real de Sardina. Y también esa verdad incómoda merece ser contada con la misma atención que los cargamentos de azúcar hacia Amberes. Porque los pueblos no se entienden bien cuando se les limpia demasiado. Y la historia que se expurga de sus contradicciones termina siendo un cuento bonito que no le sirve de nada a nadie. 
 
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Una memoria en cueva
 
En febrero de 2024, el Cabildo de Gran Canaria y el Ayuntamiento de Gáldar inauguraron el Aula de Mar de Sardina, instalada en una cueva excavada en el acantilado de la avenida y cedida gratuitamente por un empresario local. La iniciativa merece un reconocimiento sincero. Recuperar, mostrar y explicar con rigor: toda acción orientada en esa dirección suma y construye algo que no existía antes. 
 
Y, sin embargo, uno sale de allí con una impresión difícil de esquivar y todavía más difícil de formular sin parecer ingrato. 
 
Cuatro siglos de historia portuaria activa. Conexiones comerciales sostenidas con Europa. Cargamentos de azúcar negociados con mercaderes genoveses y despachados hacia Flandes. Rutas interinsulares de abastecimiento que funcionaban con la regularidad de un servicio público. Nombres de hombres que arriesgaron su capital y su vida en travesías atlánticas. El dato, tan elocuente como incómodo, de que en 1778 Sardina llegó a situarse por encima de Las Palmas en tráfico marítimo hacia Tenerife. Cambios de eje económico que reordenaron toda la isla. Memoria material de una comarca entera construida alrededor de ese fondeadero. Todo eso parece haber encontrado, de momento, un espacio tan valioso en su intención como insuficiente en su escala. 
 
Como si el pasado de Sardina, después de haber sido puerta abierta al Atlántico, muelle de trabajo, fondeadero de mercaderes, tránsito de riqueza y nervio de una comarca, tuviera hoy que conformarse con no desaparecer del todo. Con sobrevivir en el formato discreto de la nota aclaratoria al pie de una historia contada desde otro lugar. 
 
Lo que obliga a corregir 
 
La pregunta ya no es si Sardina fue importante. Lo fue. Está documentado con claridad suficiente para no admitir dudas razonables. 
 
La pregunta más incómoda es otra: por qué esa importancia no ha encontrado todavía una traducción pública proporcionada a su peso real. Por qué no aparece con la presencia que merece en los currículos escolares de la isla. Por qué la señalización patrimonial del territorio no la recoge con la misma generosidad con que señala otros episodios menos documentados. Por qué los relatos institucionales de Gran Canaria la mencionan de pasada cuando deberían situarla en primer plano. Por qué, en definitiva, la conciencia insular sobre su propio pasado marítimo conserva este agujero tan llamativo en el noroeste. 
 
Lo que Sardina obliga a corregir es una idea demasiado estable y demasiado cómoda sobre Gran Canaria y su historia. 
 
Durante siglo y medio, el relato de la isla se ha organizado, con razones poderosas y legítimas, alrededor del eje este: Las Palmas, el Puerto de La Luz, la modernidad portuaria ligada al vapor, el comercio internacional contemporáneo, la capitalidad económica y administrativa. Ese relato no es falso. Es real en lo que cuenta. Pero es incompleto en lo que silencia. 
 
Lo que Sardina recuerda con sus archivos y sus estadísticas es que antes hubo otro orden de cosas. Otro mapa de la importancia. Otra centralidad que funcionó durante siglos con su propia lógica y su propia eficacia. Otra manera de estar en el Atlántico que no pasaba por el istmo ni por el gran puerto moderno, sino por una bahía del noroeste donde los mercaderes genoveses sabían exactamente dónde amarrar y los flamencos sabían exactamente a quién comprar. 
 
Reivindicar esa evidencia documentada no significa disputar el lugar que después ocupó el gran puerto moderno ni construir una rivalidad retrospectiva entre el este y el noroeste de la isla. Significa algo más exigente y más útil: aceptar que la historia insular fue más compleja, más plural y más interesante de lo que permiten las simplificaciones heredadas con las que solemos explicárnosla. Significa devolverle espesor real al tiempo. Significa asumir, sin nostalgia pero sin amnesia, que durante siglos el noroeste no fue periferia subordinada, sino motor activo de la economía de Gran Canaria. 
 
Y eso cambia cosas concretas. 
 
Cambia la manera de leer el territorio cuando uno conduce por la carretera del norte y mira hacia el mar. Cambia la manera de enseñar la historia económica de la isla en las aulas. Cambia la manera de diseñar el patrimonio cultural y de decidir qué merece señalización, qué merece museo, qué merece presupuesto y qué puede seguir esperando. Cambia la manera de explicar Gran Canaria a sus propios habitantes, que merecen conocer la versión completa de su pasado y no solo la que resulta más conveniente para el relato dominante.
 
Cambia, en definitiva, la obligación presente de quien escribe la historia: dejar de contar la isla solo desde donde terminó y empezar a contarla también desde todos los lugares por los que pasó antes de llegar hasta aquí. 
 
Volver a pronunciar los nombres 
 
En algún día de 1533, desde una bahía del noroeste de Gran Canaria, un barco llamado Santa María de la Misericordia, al mando de Diego Díaz, cargó azúcar negociado por Lorenzo de Riverol y puso rumbo a Amberes. Aquello no fue una excepción memorable, sino una práctica sostenida durante generaciones. 
 
Luego cambió el eje económico de la isla. Cambió la escala del comercio mundial. Cambiaron los puertos decisivos con la fuerza irresistible de los cambios técnicos e históricos. Cambió el relato que la isla construyó sobre sí misma. Y Sardina quedó al borde de la historia contada, como quedan al borde de los mapas los lugares que un día fueron esenciales y otro día dejaron de ser convenientes para la narrativa del presente. 
 
Pero los archivos siguen ahí, pacientes y precisos. 
 
La bahía sigue ahí, con la misma geometría que facilitó el fondeo de centenares de embarcaciones durante siglos. 
 
La memoria, aunque debilitada por el desinterés y por el peso de otros relatos, sigue ahí también. 
 
Y sigue ahí, sobre todo, una pregunta que excede a Sardina y alcanza a cualquier territorio que haya desplazado parte de su pasado para hacer más cómoda su versión del presente: ¿qué pierde exactamente una comunidad cuando olvida los lugares desde los que una vez se explicó a sí misma? 
 
La travesía pendiente ya no es marítima. 
 
La travesía pendiente consiste en traer esa historia de vuelta al centro del mapa. No como reliquia. No como nostalgia de un esplendor perdido. Sino como lo que es: una parte verdadera, documentada e irrenunciable de lo que esta isla fue. Y, por tanto, en cierta medida esencial, de lo que todavía es.
 
Juan Vega Romero
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