Microrrelatos. Sueños de plata

La historia de Lynnea, una niña que desafía las expectativas y convierte la Luna en el símbolo de sus sueños más profundos.

Olga Valiente Miércoles, 22 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Lynnea no solía soñar con princesas que vivían en castillos ni con príncipes que venían a rescatarlas subidos a un hermoso caballo. Ella, cada noche, soñaba con la Luna.

 

Nadie recordaba en qué momento exacto había empezado todo. Quizá fue aquella noche en la que su abuela la sentó en el alféizar de la ventana, en la casa de la playa, con una manta sobre los hombros, mientras le hablaba de ella en voz bajita:

 

—Mírala bien… Qué bonita es. Cuando seas mayor, podrás visitarla. ¿Te imaginas?

 

Desde entonces, Lynnea dejó de mirarla como algo lejano y empezó a verla como un posible hogar.

 

Mientras los demás niños del pueblo dibujaban casas, parques o animales, ella llenaba cuadernos de cohetes de colores, cráteres, planetas y seres diminutos que flotaban en mitad de la nada. Y niños… en sus dibujos siempre había niños sonriendo.

 

En el colegio, cuando la profesora preguntaba qué querían ser de mayores, sus amigos respondían médico, futbolista o veterinario, profesiones con las que muchos soñamos de pequeños. Ella, sin embargo, decía que quería ser astronauta para viajar a la Luna, construir casas y llevarse allí a todos sus amigos y familiares.

 

Pero todos solían burlarse de ella. Un día, se rieron tanto que, al llegar a casa, se negó a dibujar. Pasó la tarde sentada en su cama, llorando y preguntándose si su sueño era demasiado grande para hacerse realidad.

 

Esa noche, la Luna brilló más de lo normal y Lynnea, al advertir el cambio en su resplandor, se asomó a contemplarla.

 

—¿Y si no puedo? —susurró.

 

Entonces ocurrió el milagro.

 

La Luna se movió en respuesta a su pregunta y comenzó a descender. Lynnea se restregó los ojos, intentando comprobar si aquello que veía era real y, al abrirlos de nuevo, comenzó a flotar. A su alrededor no había ruido ni miedo. Solo calma, silencio… y, ante ella, la Luna.

 

El suelo gris parecía susurrar historias antiguas. Cada cráter era una cicatriz del tiempo; cada sombra, un secreto guardado durante siglos.

 

Apoyó los pies con cuidado y notó que apenas pesaba, como si caminara en sueños sobre nubes de algodón.

 

—Sabía que vendrías —dijo una voz.

 

Lynnea se giró.

 

No había nadie.

 

Pero aquella voz no le resultaba extraña, sino familiar.

 

—Los que miran con el corazón… siempre encuentran el camino.

 

Lynnea sonrió.

 

Caminó durante lo que pudieron ser minutos o años. En la Luna, el tiempo no funcionaba igual que en la Tierra. Antes de irse, volvió la vista hacia su planeta: pequeño, azul, hermoso. Y por primera vez entendió que no quería dejar atrás su verdadero hogar, sino aprender a llegar más lejos para poder regresar con nuevas historias que contar a la humanidad.

 

Despertó en su cama a las siete en punto. Todo estaba en silencio. Todo seguía tal y como lo recordaba, menos ella.

 

Ese día, cuando volvieron a preguntarle qué quería ser de mayor, respondió de nuevo, gritándolo a los cuatro vientos, que astronauta. Y esta vez no le importaron las risas, porque tenía claro que no todos los sueños son comprendidos, pero que siempre, sin importar lo que digan los demás, deben perseguirse.

 

Y ella sabía que su sueño estaba ahí fuera, esperándola.

 

Olga Valiente

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