Manifiestos

XVII Manifiesto Día del Libro a cargo del profesor Domingo Oliva Tacoronte

“Entonces no pensamos en la eternidad”

Domingo Oliva Tacoronte Lunes, 20 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Radio Gáldar emitió el XVII Manifiesto Día del Libro a cargo del profesor Domingo Oliva Tacoronte bajo el título “Entonces no pensamos en la eternidad”.

Un texto intimista donde el autor de San Isidro reflexiona sobre su experiencia personal en el mundo de los libros en general y de la literatura en particular, como lector, como licenciado en Filología semítica, como docente, como escritor, como investigador y como activista cultural. Un relato brillante de la mano de una de las figuras más relevantes del panorama cultural de Gáldar.

 

Entonces no pensábamos en la eternidad

 

Cuando tenía nueve años topé con mi primer libro en el ropero de la Escuela de Niñas de San Isidro: Leyendas heroicas de la antigua Grecia, con una portada roja y una figura de guerrero en la proa de un barco. Supe por él de los trabajitos de Hércules, de la Hidra de Lerna y el León de Nemea, me espanté con las Arpías y seguí a los argonautas de Jasón en pos del Vellocino por las procelosas aguas del Ponto espumoso.

 

Siguieron la Ilíada y, sobre todo, la Odisea: leía y releía el regreso de Ulises y la matanza de los pretendientes, tantas veces como amanece Eos, la de rosáceos dedos. El mundo griego entró en mi vida y llenó mi mente de la mano de aquel librito.

 

En 3º o 4º de bachillerato la profesora de Historia habló del Tratado de Utrecht y del carácter colonial de Gibraltar, y yo, en mis 12 o 13 años le señalé la semejanza con Canarias, lo que me sirvió para discutir con ella durante décadas. Sigo preguntándome quién me iluminaría a mí tan acertada idea en aquel tiempo tan lejano.

 

Constituyó ese otro de los pilares de mis lecturas incipientes, el pasado histórico de nuestras islas, conocimiento encaminado siempre al logro futuro de la emancipación e independencia.

 

Como agua de mayo cayó en mis manos, pues aunaba el amor por los clásicos con el anhelo de la futura república, en una edición estrambótica, un ditirambo para Michalis Karaolis, el héroe de la independencia chipriota, de la que solo conservo una copia que manuscribí en una sentada nocturna, y la memoria indeleble de algún verso especialmente afortunado:

 

Griegos que tenéis el perfil de pájaros marinos.

Griegos, amigos de los dioses.

 

Así, años antes de los veinte, comencé una Teogonía canaria, creo que se llamaba Daram, a la que no es ajena -aunque entonces no lo conocía- ciertos ramalazos del comienzo del Poema del Mar de nuestro gran Tomás:

 

Así pasaron cientos de centurias iguales,
soledad y misterio… Las potencias rivales,
sin abdicar un punto, mantenían su puesto
con su actitud de siglos y su forzado gesto.

 

Continuaban las lecturas clásicas y otras modernas sobre el mundo griego, de autores exóticos como Lawrence Durrell (su Cuarteto de Alejandría, su “estábamos entre oficiales del mismo rango”), Mary Renault (La máscara de Apolo) o Pierre Louys (Las canciones de Bilitis, y entre ellas, las Elegías en Mitilene). ¡Cuánto no habrá imaginado esta cabecita con sus versos y aquellas imágenes y aventuras! O lecturas de autores griegos: Nikos Kazanzakis (que tanto te hacía ver la danza de Alexis Zorba como las devotas peregrinaciones al Santo Sepulcro del Cristo Rojo), Cavafis (una vez y lo lees sus versos te acompañan toda la vida: Ítaca -de nuevo el viaje iniciático de Odiseo- Cuerpos bellos de muertos, que vejez no alcanzó) o la novelita de Enmanuel Royidis, el autor de un solo libro, pero ¡qué libro! “Un típico libro pícaro, un libro griego, lleno de buena gracia, mal gusto, risa e irreverencia”, como decía George Katsimbalis.

 

Se incorporaron otras literaturas en boga: Hermann Hesse (El lobo estepario, Narcis y Golmund), Castañeda y sus Enseñanzas de don Juan, Lobsang Rampa, Yukio Mishima (maravillosa Nieve de primavera o Muerto por las rosas), Daizetz Teitaro Suzuki (Enseñanzas sobre Budismo Zen), Omar Hayyam y su hedonismo militante, García Márquez, Cortázar, Borges, Carpentier, Aullido Ginsberg, Kerouac, Lovecraft, Kafka, Nietzsche, Marx, Engels y Mao…

 

Pero también las antigüedades canarias se abrían paso en toda esa amalgama que la juventud devoraba y daba orden y coherencia. Y ese deseo de rememoración, rescate, iluminación, dignificación, y anhelo de actualización y entronque con el futuro en libertad no ha hecho más que agrandarse con el paso de los años y el ascenso desde aquel primer romanticismo hasta el cada vez más clarividente realismo.

 

En este sentido lo que modestamente escribo, al menos referido a aquello de lo que ahora quiero hablar, va en dos sentidos que en un tiempo fueron de la mano.

 

Por una parte, en los últimos años he realizado una investigación acerca de los nombres aborígenes de persona a fin de establecer un corpus claro, que ha resultado compuesto por algo más de 700 términos. La otra meta fue recoger los datos que con certeza se tuvieran sobre esos nombres y los personajes que los portaron, y a partir de esos datos establecer algunas conclusiones que resultaran plausibles, alejándose de mistificaciones al uso, con la idea clara de que, en el actual momento histórico, no se necesita de invenciones, aunque se justifiquen con la coartada de que nuestra historia ha sido silenciada y laminada, y que tienen como fin crear los arquetipos que toda sociedad necesita para disponer de una identidad cultural y emocional propia.

 

Nuestra tesis es que, precisamente por la forma en que nuestro pasado ha sido ocultado, falseado y tergiversado, es preciso indagar, descubrir la verdad histórica, con la convicción de que en ella encontraremos los arquetipos deseados, ya sabemos que entre los nuestros hubo héroes y traidores, y también que solo la verdad es revolucionaria, y que la mentira tiene las patas muy cortas…

 

No obstante este deseo de rigor histórico, estos episodios nacionales guanches no están exentos de cercanía sentimental y en ese libro, Onomástica aborigen de Canarias, hay cientos de historias novelables en busca de autor. De hecho, ya ha servido de inspiración a algunos. Y cada nombre dispone de su onomástica, la fecha anual en que recordarlo.

 

En ese intento de rescate del olvido de nuestro pasado lejano y reciente, humano y natural, se inscriben otras dos obras recientes: las Escuelas de primeras letras de Gáldar y Amagro, historia y naturaleza, del que el amigo, y también Premio Canarias de Literatura, Ángel Sánchez Rivero, dijo que “Ya forma parte de nuestro ajuar identitario”.

 

Por otro lado, no ha dejado de latir el pulso del mito, el deseo de elevar lo cotidiano al mundo de las ideas. En este camino de perfección sitúo una obra comenzada hace muchas décadas, reformulada y casi finiquita en los últimos años, que di en llamar Los Diálogos Gilbertinos, y mi alter ego en la obra, Gilberto el Impresionado, llamó en aquel entonces, cuando aún no pensábamos en la eternidad, El Libro de las Rocas.

 

Amagro, La Montaña y Tirma, recintos sagrados, las rocas negras de la costa, los charcos, los cangrejos muertos en el veril, de ojos acuosos, extasiados ante tanta belleza, aquellas ninfas que se bañaban en el Muelle, las pieles brillantes por el sol y el agua, y la voz de Gilberto, de pie sobre un tubo de deslinde de la Marina:

 

¿Qué hacéis -porque cuando Gilberto declamaba, que era su manera de formular las verdades, su poca formación lo hacía hablar godo- digo, dijo, ¿qué hacéis ahí, pescando -cabozos- en la orilla, cuando hay sirenas en el centro del Océano?

 

Páginas por las que viven y hablan mis amigos de entonces, Pepe el Rubio, ya difunto, camarada de las ideas, Valiente, amigo del sentimiento y las vivencias, colega que fue donde los haya. Y tantos otros, algunos ya en la tierra de promisión, y todos situados más allá de la vulgaridad del tiempo. Páginas que acogen poemas de corte árabe, narraciones con base musical, textos de rabia, de melancolía. Páginas dedicadas a las Bucólicas de Amagro o a un mirlito muerto, botado en medio de un camino…Cuentillos, relatos y pequeñas obras teatrales…

 

Retazos de esta obra, quizás más delante de forma íntegra, daremos a conocer de forma digital, un poco hartos ya de las dificultades editoriales del libro impreso. ¡Cuántos no habrán dejado de escribir, como otros de pintar, esculpir o hacer música, por no poder hacer pública su obra, compartir sus logros y desazones, en una sociedad como la nuestra tan alejada del arte y el pensamiento sano, y tan cercana, propensa e interesada en el vil metal, la envidia y, ahora mismo, la guerra!

 

Quiero acabar este desvarío con un pequeño texto incluido en esa obra, ya aludido.

 

A un mirlo muerto, botado en medio del camino

 

¿Cómo llegaste a mis pies, pequeño mirlo

de plumillas canelas aún en sus extremos sedosos?

¿Aborrecieron el nido tus padres, acosados

por el agricultor celoso de sus frutos?

¿Te raptó en un descuido el cernícalo malo,

para decapitarte y desdeñar después tu cuerpecillo?

¿Fue acaso la mano de un niño inocente

que fantaseaba sueños de posesión imposible?

No pasará más de una noche

sin que las hacendosas hormigas cuarteen

tu cuerpo y arrastren tu corazoncillo y tus entrañas

al oscuro agujero, junto a insectos y semillas

que habían de ser tu alimento en esta vida.

Pronto tus plumas infantiles acompañarán al viento

en sus revueltas, y acabarán por los senderos,

entre las piedras, y al borde de las sementeras.

¿Siguieron tus hermanos idéntico destino?

¿Empollarán, al tiempo, otros huevos en otros nidos?

¿Lucirán con los años su pico rojo,

mientras tiñen las tardes con trinos de melancolía

recordando al hermanito muerto?

 

Domingo Oliva Tacoronte

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