Me imagino a mi madre el día de mi nacimiento, el veinticuatro de noviembre de 1952, preñada como una burra, que se decía mucho por aquellas fechas, aunque en Ingenio había una industria familiar relacionada con el ganado porcino, por lo cual nos llaman cochineros.
Era yo quien navegaba en el líquido amniótico amarillento, contenido en el saco que se había formado dentro del útero de mi progenitora. Era yo quien hacía que mi madre tuviese una barriga que daba hasta sentimiento y quien la impulsó a tenderse, después de almorzar, tarareando una famosa tonadilla de Imperio Argentina, en una de las camas que había en la habitación, con más de tres siglos a cuestas, claramente renovada actualmente, donde poco después me trajo al mundo.
Entonces deforme y deslucida, estaba dividida en dos partes, separadas por un toldo de tela de sacos albeados con una puerta para pasar de un lado al otro.
En la parte de adentro, que era mayor, había dos camas grandes de paja, un ropero viejo donde los ratones se hacían notar y un poste robusto de tea, debajo del cual creíamos que había un tesoro y que se colocó para mantener el techo, que era a dos aguas.
En cada una de las camas dormían dos varones, los cuales se levantaban a veces para estofar la paja, pues estaban durmiendo sobre las tablas donde descansaba el colchón, quejándose de dolores de espalda.
En la parte más pequeña había una sala con sillones desvencijados de las camionetas que había tenido mi padre y una cama plegable en la que dormía mi única hermana, hasta que se fabricó una habitación de dos por dos, al que llamábamos el cuartito, donde había un tresillo de mimbre y, más adelante, la plegadiza cama de mi hermana.
Enfrente se hallaba la cocina. Entre la cocina y el cuartito, al lado de la habitación citada, a la que llamábamos la casa vieja, había un hermoso patio de plantas, potos, patas de camello, orejas de gato, crestas de gallo, madroños, vinagrera, cactos, claveles y un largo etcétera, más un tallero, que llegaba hasta el corral, donde, acuclillados, hacíamos nuestras necesidades. La habitación de mis padres, al lado de un zaguán con techo de latones, completaba la casa.
Pues como les iba diciendo, el veinticuatro de noviembre de mil novecientos cincuenta y dos, mi madre, que no estaba cumplida según sus cálculos, se acostó un rato en la cama de mis hermanos mayores y empezó a tener dolores de parto, y allí, sin más ayuda que la de mi padre y de mi hermana de ocho años, me tuvo a mí, que pesé cuatro kilos y cien gramos. Y ella se quedó tan campante tras el parto.
Siete años después me dijo que yo andaba con prisas por salir.
Mi padre, sin saberlo, era amante de la numerología, pues le encantaba el número seis, que representa el amor y la armonía familiar, y yo era el número seis de sus vástagos. De hecho la canción “Tres cosas hay en la vida”, la cantaba diciendo “seis cosas hay en la vida”, haciendo con los nombres de sus hijos una especie de regla nemotécnica que rimaba con “salud, dinero y amor”.
El caso es que, para celebrar mi nacimiento, a la mañana siguiente se agarró una tranca de campeonato en el bar López, para luego dirigirse al Registro Civil donde aseguró que yo había nacido el día veintiuno, que es la fecha en la que estoy registrado, y no el veinticuatro. O sea que no sólo me puso tres días más viejo sino que me cambió de signo del zodiaco, de sagitario a escorpión. Por eso a mí me gusta decir que estoy a caballo entre escorpión y sagitario, y celebro ambos días.
Me falta decir que mientras se dirigía al Registro Civil, mi padre, yendo de un lado al otro de la calle, templado como un requinto, siguió cantando “seis cosas hay en la vida”, con la matraquilla de los nombres de sus retoños, hasta la saciedad.
Y algunos de sus amigos, más otros miembros de la vecindad, le rieron la gracia y hasta le aplaudieron.
Texto: Quico Espino
Imagen: Fedra Rodríguez Espino
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