Origen
Esta ciudad nació de la caña de azúcar. Antes no había nada, o había otras cosas: la tierra, el agua, las garzas. Hasta que llegaron los ingenios. Y los brazos que necesitaban los ingenios. Hasta que llegó la ciudad.
Mis apellidos vienen del noroeste de la Península. De Portugal. O de Galicia. Quienes los llevaron cruzaron el mar y aquí se quedaron, lo que quiere decir que en esta ciudad fundada por forasteros con esclavos yo soy, también, descendiente de forasteros. De migrantes. No es una ironía que pase inadvertida. O sí pasa, que es peor.
Vivo en la antigua calle de Enmedio, que tiene, exactamente, cincuenta y una viviendas. En esas casas vive gente que nació aquí, en otras calles, en otros municipios, en otras islas. En otras autonomías. También hay italianos, eslavos, americanos, marroquíes, subsaharianos. Cincuenta y una puertas. Algunos dirían que eso es una invasión. Yo diría que eso es una calle.
Hace unos años encontraron un cementerio muy cerca de aquí, en la finca Clavijo. Quinientos años de antigüedad. Catorce cuerpos enterrados de lado, fuera de los cementerios oficiales, sin los rituales del lugar. Algunos venían del África subsahariana. Otros descendían de norteafricanos. Al menos una mujer era hija de los aborígenes canarios: los primeros de aquí, los que estaban antes de que llegara nadie a fundar nada, que también fueron esclavizados. Sus cuerpos tenían lesiones en la columna y en los hombros: hernias, artritis, el esqueleto partido de trabajar los cañaverales. La ciudad que existe porque ellos se rompieron no sabía que los tenía tan cerca. Y tan lejos en el tiempo.
Dos de las mujeres (jóvenes, entre veinte y veinticinco años) llevaban pulseras de cuentas de vidrio en el antebrazo izquierdo. Azul, verde, marrón, blanco. Las cuentas venían de la zona de Senegal y Gambia. Enterrarse así era elegir algo: vivían excluidas de todo y se negaron, al menos en la muerte, a no ser lo que eran. También encontraron en la fosa una medalla de la Inmaculada Concepción. Ritual de África y devoción de Castilla en la misma tumba. En la misma tierra. Sincretismo, lo llaman. O identidad. Que es, al fin, lo mismo: lo que queda cuando no te queda otra.
Entre esas mujeres con pulseras y los vecinos de la calle de Enmedio median quinientos años. Indígenas, africanos, genoveses, portugueses, gallegos, andaluces, extremeños, castellanos: todos en este trozo de tierra atlántica que lleva cinco siglos siendo de todos porque a muchos no se les preguntó. El resultado somos nosotros. Y nosotros, a juzgar por la antigua calle de Enmedio, seguimos siendo lo mismo de siempre: gente que llega, que trabaja, que muere, que deja algo en el suelo aunque nadie lo sepa leer.
Eso es lo que hay en los aledaños de esta ciudad. No una identidad pura. No una invasión. Un cementerio con pulseras de colores y una medalla de la Virgen y catorce nombres que nadie grabó en ninguna piedra. El resto (las fronteras, los discursos, los que miden cuánto se adapta el que llega) viene después. Siempre viene después. Y siempre llega tarde.































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.111