Siguiendo con la polémica generada por la intromisión del Ayuntamiento en las fiestas del barrio de La Montaña de Gáldar, conviene dejar algo claro desde el principio: lo ocurrido no parece responder a una necesidad institucional ni a un criterio de interés general, sino más bien a una decisión de carácter marcadamente personal, difícil de justificar desde la responsabilidad pública.
En este contexto, se percibe con demasiada claridad que quien no se pliega, quien no “baila el agua”, queda automáticamente relegado del agrado de determinados sectores. No es un fenómeno nuevo —forma parte de inercias tan antiguas como la propia organización social—, pero precisamente por eso debería estar ya superado en una administración moderna que presume de cercanía, pluralidad y respeto.
La puesta en escena vivida el pasado octubre, con un discurso en una iglesia que recordaba más a un pregón medieval de tintes grandilocuentes y casi mesiánicos que a un acto institucional necesario, no solo resultó innecesaria, sino profundamente impropia. Más aún cuando procede de alguien con responsabilidades públicas, a quien no solo se le presupone mesura, sino también ejemplaridad, prudencia y un escrupuloso respeto por los espacios y los tiempos que pertenecen a la ciudadanía.
Ahora se intenta justificar lo ocurrido argumentando que el Ayuntamiento únicamente aporta financiación, mientras que la organización recae en los vecinos y vecinas. Si esto es así, la contradicción es evidente y plantea una pregunta inevitable: ¿por qué intervenir en decisiones que no corresponden al ámbito municipal? ¿Dónde está el límite entre colaborar y condicionar? ¿En qué momento el apoyo económico pasa a convertirse en una herramienta de influencia o, peor aún, de control?
La preocupación, además, trasciende este caso concreto. No se trata únicamente de lo sucedido en La Montaña, sino de lo que puede estar por venir. ¿Estamos ante un precedente? ¿Se normalizará esta forma de actuar en otros barrios de Gáldar? ¿Se llegará a desplazar a asociaciones que históricamente han sostenido y organizado sus fiestas para sustituirlas por colectivos más afines a determinados intereses?
Mientras tanto, no faltan quienes defienden sin matices cualquier actuación. Basta leer algunos comentarios para entenderlo: no interesa comprender, ni contrastar, ni siquiera escuchar. Solo aplaudir.
Hay un grupo muy claro de fieles seguidores que no cuestionan nada. Pase lo que pase, diga lo que diga quien lo diga, su papel es el mismo: dar palmas. No hay debate, no hay reflexión, no hay el más mínimo intento de analizar la situación. Eso ya no es apoyo, eso es fanatismo.
Y el fanatismo es peligroso, porque anula el pensamiento crítico. Convierte cualquier decisión en intocable y a cualquier responsable en incuestionable. Así es imposible construir nada sano. Pero esto no va de bandos, ni de simpatías personales. No va de estar con unos o contra otros. Va de algo mucho más simple: sentido común.
Y hoy, en Gáldar, el sentido común está fallando. Falla cuando se confunde apoyar con obedecer. Falla cuando se invade lo que es de los vecinos. Y falla, sobre todo, cuando se justifica lo injustificable solo por lealtad ciega.
Lo realmente preocupante no es solo lo que ha pasado. Es que haya quien lo aplauda sin pensar.
Porque cuando la crítica desaparece y solo quedan aplausos, el problema ya no es de unos pocos. Es de todo el pueblo.
Guayarmina Guanarteme
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