Argumentado estudio sobre la explotación sexual a africanas
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Nuestra lengua, estimado lector, es extraordinariamente rica en campos léxicos, es decir, conjuntos de palabras relacionadas por su referencia al mismo o aproximado contenido. Así, valga el tradicional ejemplo estudiado en las aulas: voces como silla, sofá, sillón, butaca, banco, taburete… se diferencian entre sí por características físicas muy concretas (con brazos, sin ellos, con respaldo o no, uno o varios puntos de apoyo...), pero coinciden en una particularidad aplicable a todas, cual es la de ‘objetos para sentarse’, es decir, son asientos y tienen sinónimos y afines.
Lo mismo ocurre con la palabra prostitución, ‘actividad’ (Diccionario RAE) de quienes se ofertan como objetos sexuales a cambio de dinero. El idioma reservó a través de siglos el femenino gramatical “puta” para quien la ejercía o ejerció profesionalmente (por ejemplo, en Tragicomedia de Calisto y Melibea y de la vieja puta Celestina, irrepresentable obra teatral -21 actos- de 1499).Y en prontos o arranques de alteración o consideración negativa hacia otros es muy frecuente la construcción “¡Hijo de la gran puta!”... aunque la pobre madre o mamita del interfecto jamás se haya visto involucrada en tal ejercicio carnal.
Más: como adjetivo puede referirse a situaciones ajenas a la prostitución, se ha popularizado: “¡Puta manía la suya!; ¡ni puta idea!; perdió todo y se quedó en la puta calle!”… Y esta voz “malsonante” para la Academia Española presenta también forma gramatical masculina: “¡Puto sueño el mío!; ¡este puto tiempo!; ¡puto motor que no tira!”… Sin embargo es muy poco frecuente para definir tal actividad profesional del varón aunque, óyese, “putos, haberlos, haylos”.
Curiosamente, la riqueza numérica de términos relacionados con la prostitución viene bien despachada en el español coloquial y escrito. Recordemos las definiciones que el Diccionario secreto de Camilo José Cela registra para las palabras puta – prostituta, aunque se olvidó tal insigne censor franquista e ilustre novelista, premio nobel en 1989, de las correspondientes formas masculinas, fiel reflejo de una mentalidad radicalmente machista por ideología. Así, su explicación de “prostituta” se aproxima a la registrada en los diccionarios (‘mujer que…’) tal como apunto arriba. Sin embargo, la puta celana (¡que no el puto de Cela!) tiene particularidades propias como, por ejemplo, su vecina la del quinto, “que es más puta que las gallinas”, impertinente humanización del honorable animalito muy liberal, eso sí, cuando escapa del férreo control del gallo y se desarreta si encara con algún otro macho.
Pues bien. Dejando a un lado tales observaciones lingüísticas (y su entorno social), justifico el titular de este artículo: se refiere a un trabajo serio, riguroso, ejemplificado y muy bien documentado de Julia Hernández Rodríguez, grado en Historia, guía de museo... y, sobre todo, máster en Relaciones Hispano-Africanas e investigadora en Casa África y Museo Canario.
Si añadimos un completísimo currículo de investigación fuera de laboratorios o bibliotecas, a pie de calle o de países africanos, de nuestra geografía insular y el contacto directo con mujeres africanas explotadas sexualmente, puedo aseverar que se trata de una profesora experta en la materia de estudio. A fin de cuentas muestra las flagrantes verdades sobre cómo el hombre blanco, el civilizado europeo del siglo XXI, sigue esclavizando cuerpos, sentimientos y vidas de unas africanas jóvenes, incluso menores de edad muchas de ellas. Y lo siguen haciendo como si la centuria dieciochesca se hubiera parado en un momento y nada haya a partir de aquellos decenios.
Porque en 1789 un doctor inglés “contrató” como “sirvienta” en Suráfrica (tierra esclavizada por la corona de su majestad el rey de Gran Bretaña e Irlanda) a una mujer negra definida como “cuerpo de orangután” por sus glúteos tremendamente desarrollados y la mostró en Inglaterra como miembro del zoológico de humanos. Luego la alquiló para complacencias sexuales de puritanos varones. La misma animalizada mujer que fue vendida a un francés domador de caballos y también sirvió para complacer apetencias sexuales en París, luego abandonada en los suburbios para el ejercicio de la prostitución.
Así lo mostró y demostró Julia Hernández durante su intervención como ponente en las X Jornadas de Investigación Histórica, municipio tinerfeño de Tegueste (“Pasado y presente de la explotación sexual de mujeres africanas”) cuya lección magistral y de clarísimo compromiso social tuve la oportunidad de escuchar a través de un vídeo remitido. Información esta que completé con un extraordinario trabajo de la misma ponente titulado “La prostitución de mujeres africanas: fetichismo racial”, trabajo de máster presentado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (curso 2022 / 2023).
¿Por qué llegan a Canarias tantas y tantas menores desde, aproximadamente, quince años atrás, si hasta ese momento la ruta atlántica casi estaba reservada para jóvenes varones (Marruecos, Argelia, Senegal…)? La razón, demuestra, muy sencilla: su familia pasa hambre, necesita ayuda económica. Las blancas redes de proxenetismo o actividad para beneficiarse económicamente ‘de la prostitución de otra persona’ corren con los gastos hasta su traslado a España. A cambio, y a partir de ese momento, exigen suculentos intereses, y los cuerpos de aquellas mujeres son los productores de tales ganancias. Luego, a los pocos años, pocos, pasarán a barrios capitalinos, a calles de las afueras, o son compradas por mafias europeas, su destino final.
La investigadora, apunté más arriba, se pone en contacto con muchas de ellas (¿sabe usted, lector, que casi medio millón de mujeres jóvenes africanas forman parte de oficiales estadísticas sobre las arribadas a España en 2023? ¿Y que solo Guinea Ecuatorial, Mali, Gambia, Ghana, Marruecos, Senegal y Argelia sumaron casi cien mil?) ¿Por qué abandonan sus tierras, sus aldeas, a su familia, qué buscan? Muchas, descubre la autora, son forzadas por la presión social. Otras huyen dominadas por miedos y temores trasmitidos por religiones animistas (dominan los espíritus) o teístas (quieren llegar a un dios superior) o la magia negra (son presas de un mal que busca el daño al individuo y a quienes lo rodean)... Miles de ellas, violadas en sus aldeas por parientes, conocidos o impostores ya quedan marcadas como mujeres deshonestas y son rechazadas por padres, hijos, amigos…
Y en estos casos el exilio se impone. ¿Cómo huir? Es la ocasión esperada por traficantes de seres humanos: son mujeres analfabetas, débiles, poseídas por ancestrales tradiciones que las reducen a la nada… (Por cierto: todos los países de procedencia fueron colonias europeas desde finales del siglo XIX, e incluso antes. Pero el colonialista solo buscaba barata mano de obra, propiedad privada de cuerpos y mentes.)
En definitiva, muy brillante trabajo de concienciación, estudio riguroso y muy documentado. Pone los pelos de punta: a fin de cuentas es también la liberal y honesta Europa.
Nicolás Guerra Aguiar































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