Vuelco electoral en Hungría: gana Magyar, respira Bruselas

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Hace más de cuarenta años visité Budapest (Hungría). Me han quedado algunos vagos recuerdos de sus largas calles, de sus viejos edificios, de su gente seria. Era una sensación extraña. Seguramente me vino a la memoria la oscura atmósfera de película soviética filmada por los americanos. Me di cuenta de que mi visión del país estuvo influenciada por el cine de aquellos tiempos.
 
Recuerdo el puente de hierro sobre el Danubio que atravesamos caminando para llegar de Buda a Pest. A partir de aquí mi frágil memoria mezcla todos los recuerdos y los hace muy difusos. He querido recurrir a las fotos que nos hicimos allí, pero por no perder más tiempo para empezar este artículo, las he desechado, porque el asunto hoy es otro.
 
Sentado en el sofá, frente a la tele, el domingo pasado escuchaba los resultados de las Elecciones en Hungría, tan concentrado como si los mismos fueran referidos a nuestro país. Yo era uno más de los miles de espectadores y espectadoras europeos que esperaban ansiosos lo que habían decidido los ciudadanos húngaros en su cita con las urnas.
 
La expectación que había generado este pequeño país era grande, porque después de 16 años gobernando Viktor Orbán con mano de hierro, suprimiendo derechos y libertades y con claro rechazo a las políticas de la Unión Europea y a su visión migratoria, tenía a Bruselas con el alma en vilo. 
 
Dos semanas antes las encuestas pronosticaban unos resultados inéditos: daban como perdedor al partido de Orbán, después de tanto tiempo en el poder. Representaba la esperanza para la inmensa mayoría de la gente de acabar con las políticas ultraconservadoras.
 
El domingo esos pronósticos se  convirtieron en realidad: el partido opositor, cuyo líder es Magyar, ha ganado las elecciones con un amplísimo margen: ha obtenido 138 escaños de un total de 199, por lo que gobernará holgadamente. Una victoria aplastante que pone fin a un reinado de 16 largos años. Un dato a recordar es que el antiguo mandatario hizo lo que quiso con su amplia mayoría de dos tercios de la cámara. Ahora los húngaros y Europa pueden respirar tranquilos. 
 
Tengo que confesar que nunca antes había estado tan pendiente y tan preocupado por unas elecciones de un país europeo. Esto es lo que tiene vivir en una aldea global. Cualquier acontecimiento que pasa en el más alejado país hace que la información la recibas en directo y la vivas como propia. Mi tan traído y llevado desasosiego me tuvo pendiente de la televisión un buen rato, con los nervios a flor de piel y los dedos cruzados, con la esperanza de que las recientes encuestas no erraran en sus pronósticos.
 
Fueron muchos los que respiraron aliviados, y más que ninguno, la Unión Europea, a la que Orbán la traía por la calle de la amargura con su no a casi todo. Abascal, Putin y Trump, en cambio, lamentan la pérdida. Sobre todo Abascal, que ya está dándole vueltas a su cabeza para ver de dónde demonios saldrá el dinero que financie sus próximas campañas. A nadie se le esconde que los ultraconservadores de Europa y de medio mundo pierden a un personaje que se había convertido en su mayor adalid y consejero espiritual.
 
Ahora habrá que ver cómo se comportará el nuevo presidente del país respecto a las políticas de la Unión Europea. Es una verdadera incógnita, al menos para mí, que no sé nada de alta política, pero sí de actuaciones humanas, porque no debemos olvidar que Magyar, el flamante ganador de estas elecciones, es un conservador que pertenecía al mismo partido que Orbán. Hace tan solo dos años que lo abandonó para fundar otro con el que presentarse a las elecciones.  
 
No vaya a ser ahora que su amplísima mayoría se le suba mucho a la cabeza, porque cuando se tiene tanta se le vienen muchas ideas a la mente y puede ocurrir que donde dije digo digo diego y le dé por someter a los medios y al poder judicial; reforme a su gusto la ley electoral para realizar enmiendas a la Constitución, como hizo su antecesor. Hechos tan socorridos hoy en día por algunos veleidosos gobernantes.
 
Por ahora dice Magyar que, entre otras medidas, limitará el número de mandatos a dos, o sea, ocho años; que investigará la corrupción; que Bruselas no tendrá que seguir comprando tantas pastillas para atajar las diarreas de sus señorías por las proclamas de Orbán, que los tenían todo el día en el baño; que buscará el pragmatismo con Rusia, que se unirá a la Corte Penal Internacional, que diversificará el suministro energético; que recuperará los fondos congelados por Bruselas... Vamos, el Mesías prometido y esperado.  
 
Veremos. Por lo pronto es una verdadera alegría. Un hilo de esperanza para que todos los países de la Unión Europea retomen la senda de los valores que siempre han defendido y para lo que fue creada. Volvamos a la normalidad. Dejémonos de sobresaltos, que yo ya no estoy para esos trotes, que ya tengo una edad.
 
Y los lectores que han llegado hasta aquí se preguntarán, y con razón, qué hago yo comentando, cuál periodista avezado en estas lides, una crónica política. Lo único que se me ocurre decirles, como así lo he expresado en unas cuantas ocasiones, es que la ignorancia es muy atrevida, y yo soy un ignorante en muchas cosas, pero también soy un ciudadano preocupado por todo lo que pasa a mi alrededor, porque todo me influye o me influirá y tendré que sufrir las consecuencias de lo que pase en mi isla y en el archipiélago y, por extensión, en España y en Europa. Las políticas emprendidas por unos o por otros me afectarán como ciudadano.
 
No es responsabilidad mía el que me permitan exponer mis ideas en esta revista. Seguramente lo hacen porque, sabedores de mis disquisiciones con mi psiquiatra, de mis paranoias, de mi vulnerabilidad manifestada en varios artículos, se hayan apiadado de mí y han permitido que yo siga vertiendo mis dislates en ella. Conscientes de que me sirven de terapia y como algunos de los responsables de la revista habrán padecido, supongo, alguna que otra vez del mismo mal, han tenido la deferencia de practicar la caridad en mi persona. 
 
Es verdad que voy tocando de puerta en puerta solicitando una limosna literaria que me permita seguir alimentando mi calenturienta mente para poder sobrevivir en este mundo nuestro tan difícil de transitar. Porque les juro que hay mucho enfermo literario y algunos rozan la locura. La mayoría no tiene un mendrugo de verso o prosa que llevarse a la boca, ni tan siquiera un bizcocho poético. Viven en la más absoluta miseria literaria y no hay político que ponga remedio a tanta precariedad.
 
Pido disculpas porque me he ido por los cerros de Úbeda, debido a mis delirios y mis noches sin dormir. Cuando tenga que explicarle todo esto a mi psiquiatra pondrá el grito en el cielo y me llamará la atención, estoy seguro. Sé que es su trabajo, que vive de esto, pero está cansado de que yo siempre tropiece en la misma piedra. No me quedará más remedio que darle la razón. Si no lo hiciera así pensaría que estoy malgastando mi dinero y él su tiempo. Pero, qué quieren que les diga. Confieso que me satisface verlo así, enfadado y ligeramente alterado, gesticulando y con su rictus de mala uva que no le abandona un momento. 
 
Para mí que es un amargado, pero no se lo voy a decir. Hasta ahí no llega mi confianza con él. Por eso cambio de estrategia: le miro a los ojos y con sumisa mirada le doy a entender que estoy satisfecho de su trabajo, que la sesión ha sido fructífera, que haré propósito de enmienda, que tiene razón en todo. Entonces él se va tranquilizando poco a poco, se sienta en su sillón y echa mano de su tabaco. Me enseña el cigarrillo como pidiendo permiso para encenderlo. No me puedo creer lo que estoy viendo, pero enseguida reacciono y con un ligero movimiento de cabeza se lo concedo. Sé que ha transgredido la norma, pero ¡qué le voy a hacer, lo veo tan vulnerable! Por eso no se me ocurrirá aconsejarle que vaya a un especialista que le trate su adicción. Buscaré mejor momento. 
 
En el fondo, me da lástima. ¡Es una persona tan ilustrada y es tan dependiente! Pero es humano, me digo para aliviar mi conciencia. Y salgo de la consulta antes de que me asfixie el humo de su tabaco.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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