El Norte, el Sur y el centro de la isla
Gran Canaria necesita una conversación más madura
La estrategia turística de Gran Canaria en 2026 insiste en la desestacionalización, la sostenibilidad y la diversificación, mientras la isla mantiene abierto el debate sobre vivienda, alquiler vacacional y equilibrio territorial entre municipios.
Gran Canaria ha vivido demasiado tiempo prisionera de una discusión simplista sobre sí misma. Norte frente a Sur. Capital frente al resto de municipios. Desarrollo frente a identidad. Turismo frente a residencia. Como si la isla estuviera condenada a pensarse siempre en bloques enfrentados, como si cada debate tuviera que resolverse a partir de una geografía emocional de agravios y recelos.
Quizá ha llegado el momento de madurar esa conversación. No porque las tensiones hayan desaparecido, sino precisamente porque se han vuelto demasiado complejas para seguir abordándolas con consignas. La isla de 2026 ya no puede permitirse análisis binarios sobre problemas que son estructurales, acumulativos y profundamente compartidos.
Porque una isla no se gobierna bien cuando cada parte se limita a defender su parcela sentimental o su legítimo interés inmediato. Se gobierna mejor cuando se reconoce que el éxito de unos impacta en los otros, que los desequilibrios no son solo locales sino insulares, y que los grandes asuntos de nuestro tiempo ya no caben en una sola frontera municipal.
La vivienda, por ejemplo, no pertenece a un solo mapa. El encarecimiento del alquiler, la dificultad de acceso para los jóvenes, la presión sobre determinadas zonas urbanas y el debate sobre el alquiler vacacional no son piezas sueltas. Forman parte de una misma realidad que se desplaza, se contagia y termina afectando al conjunto. Lo que ocurre en Las Palmas de Gran Canaria repercute en Telde, en Santa Brígida, en Arucas, en San Bartolomé de Tirajana o en Mogán. Y lo mismo sucede a la inversa: las decisiones que se toman en el Sur turístico o en las medianías acaban reconfigurando la vida cotidiana de toda la isla.
La movilidad tampoco entiende de compartimentos estancos. Quien tarda horas en desplazarse para trabajar, estudiar o acceder a un servicio no sufre un problema privado ni municipal: está experimentando un déficit de cohesión territorial. Y el turismo, motor indiscutible de riqueza, tampoco puede seguir analizándose solo desde la contabilidad del éxito. Su fortaleza exige una conversación seria sobre capacidad de carga, distribución de beneficios, calidad del empleo, planificación del suelo y convivencia con el derecho a habitar la isla.
No se trata, por tanto, de enfrentar el turismo con la residencia, ni la capital con el resto del territorio, ni el Norte con el Sur. Se trata de admitir que Gran Canaria solo será competitiva si también es habitable; que solo será atractiva si además es equilibrada; que solo será fuerte si aprende a corregir sus asimetrías sin convertirlas en un arma arrojadiza.
La estrategia turística puede hablar, con razón, de desestacionalización, sostenibilidad y diversificación. Pero esas palabras perderán densidad política si no se insertan en un proyecto de isla más amplio. Desestacionalizar no significa únicamente atraer visitantes fuera de los picos tradicionales. También implica repartir mejor las oportunidades. Sostener no es solo proteger paisajes o reducir impactos: es sostener comunidades, servicios públicos, acceso a la vivienda y expectativas de futuro. Diversificar no puede limitarse a añadir nuevos productos al escaparate; debe traducirse en una economía más robusta, en empleos de mayor calidad y en una relación menos frágil entre crecimiento y bienestar.
Gran Canaria necesita, en definitiva, una conversación más adulta sobre sí misma. Menos competencia de agravios y más visión compartida. Menos orgullo territorial mal entendido y más corresponsabilidad. Menos política de reacción y más proyecto de isla.
No se trata de borrar las diferencias entre municipios, porque esas diferencias existen y, bien entendidas, enriquecen. Se trata de ordenarlas en un relato común, con prioridades compartidas y con una idea exigente de justicia territorial. El futuro de Gran Canaria no dependerá solo de cuánto crezca cada zona, sino de si la isla consigue parecerse por fin a una comunidad política consciente de que sus retos, aunque se expresen de forma desigual, son comunes.
La madurez insular empieza cuando dejamos de discutir únicamente dónde estamos y empezamos a decidir juntos hacia dónde vamos. Y ese quizá sea, hoy, el debate más importante de todos.
Vidal Bolaños Betancort






























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