Microrrelatos. Personas de cristal

La indiferencia y los prejuicios en el entorno laboral pueden agravar el sufrimiento ajeno, mientras que un gesto de empatía puede marcar la diferencia en un mal día.

Olga Valiente Miércoles, 15 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Laura trabajada en una oficina donde casi todos parecían estar siempre cansados y deprimidos, pero donde muy pocos se preocupaban por cómo estaba el de al lado.

 

Una mañana, su compañera y amiga María llegó diez minutos más tarde de lo habitual. Lo justo para que el resto de compañeros de la oficina se miraran entre ellos sonriendo cual serpientes venenosas.

 

—Anda, pero qué bien viven algunas —soltó uno de ellos.

 

María no respondió, se limitó a sentarse en su mesa y preparar su ordenador, quedándose unos minutos inmóvil, mirando la pantalla pero sin verla. Laura, sentada junto a ella, se fijó en sus ojos, tristes y cansados, hinchados, como si hubiese estado llorando o no hubiese dormido nada la noche anterior, y en la manera torpe con la que colocaba su bolso y sacaba el desayuno, como si todo le pesara el doble.

 

A media mañana, volvieron las víboras.

 

—Algunas siempre tienen las mismas excusas —dijo una, removiendo el azúcar del café —. Que si el niño, que si la madre, que si el médico...

 

Laura, que las miraba atenta desde su puesto de trabajo, no podía creer los comentarios que estaba escuchando procedente de sus propios compañeros de trabajo que, sin saber absolutamente nada de la vida de los demás, se atreviesen a opinar con tanto descaro.

 

Cuando tuvo oportunidad, se acercó a María.

 

—¿Estás bien?

 

Tardó unos segundos en contestar, como si la pregunta le hubiera llegado con eco desde algún lugar lejano de la sala.

 

—Tengo a mi padre ingresado en el hospital. Me avisaron a las tres de la mañana.

 

Laura se enfadó. No con sus compañeros, sino con el mundo que nos enseña a disimular nuestro sufrimiento ante los demás para evitar comentarios y, aun así, se hace inevitable sufrirlos.

 

A la hora de la salida, mientras todos recogían, pensó que las personas eran como el cristal: frías, transparentes solo a veces, opacas con el tiempo, cortantes al hablar, inertes al dolor ajeno.

 

Antes de salir de la oficina, dejó unos caramelos sobre la mesa de María con una nota escrita de su puño y letra: hoy no es necesario que puedas con todo.

 

María la leyó, levantó la vista y le sonrió con los ojos empañados, confirmando que, a veces, no necesitas soluciones, ni regalos, ni consejos. Solo que no te hagan el día más pesado.

 

Porque la empatía no arregla la vida, pero evita que termine de romperse.

 

Olga Valiente

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