Cencerros y bicicletas

Quico Espino

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Parece que estoy oyendo a los cencerros a lo lejos. Es un sonido relajante si uno está por esas medianías, en un escenario que resulta cuando menos bucólico, sereno y apacible, en esa calma que se produce al tener la mente sosegada, sin que nada te perturbe, como cuando estás al lado del mar y escuchas el rumor de las olas mientras contemplas un grandioso atardecer. 
 
Pasar en bicicleta entre un ganado de ovejas cuando vas por la carretera de Fagagesto, bordeada de piteras, como hace uno de mis amigos,
 
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… escuchando las esquilas de los cencerros, con Tamadaba intimidado por las nubes y los pitones elevándose al cielo cual si fueran visiones emanadas del verdor del campo, casi no se aprecia porque la bicicleta solo despide el sonido de los pedales cuando se les mueve y el ligero roce de las ruedas sobre el asfalto.
 
Recuerdo que la primera vez que fui a Fagagesto, en 1982, me atacó un carnero de cuernos retorcidos. No le gusté, por lo visto, y la emprendió contra mí con una rabia que me dio hasta coraje, pues yo no le había hecho nada. Me cogió manía aquel cabrón. El caso es que tuve que huir de él, sin lustre en la cara, y, a todo correr, me metí en el coche de una amiga, la cual me había llevado a ver las medianías de Gáldar, porque si no me habría hecho daño con su cornamenta. Afortunadamente no ha sucedido nunca más, aunque, la verdad, cada vez que me tropiezo con un carnero, procuro no acercarme demasiado, por si acaso.
 
Menos mal que no fui en bicicleta, cosa que me hubiera gustado, más que nada por la novedad, pues en tal caso no sé si me habría alcanzado aquel enfadado y cornudo  animal. Entre el escándalo de los cencerros, seguramente no se habría oído el choque entre el carnero y el velocípedo, aunque sí mis gritos de alarma ante el inminente encontronazo. También recuerdo que en aquellas fechas yo estaba emperrado con la poesía, sobre todo los romances de García Lorca, en especial “La casada infiel”, y, según llegué a mi casa, me puse a escribir unas cuantas estrofas, siguiendo las pautas del famoso poeta, para no olvidar lo que había sucedido:
 
Hace poco, en Fagagesto
me topé con un carnero,
que conmigo se enfrentó.
Se asustó hasta el ovejero.
 
Testarudo, me atacó
y casi anduvo certero, 
pero yo, instintivamente,
le hice un pase de torero.
 
Una vez más lo intentó
con saña y furia, cañero,
y antes de huir hacia el coche
me oculté en un naranjero.
 
Y después se relajó 
con el olor del romero,
planta que lo cautivó  
y lo convirtió en cordero.
 
Cuando, más adelante, vi la escultura que le dedicaron al ciclista y a la bicicleta en Artenara, me dieron ganas de escribir otro poema,
 
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… pero creo que hay poesía tanto en el cuerpo de la persona que conduce, la cual, elegante, ágil, sin brazos, con estilo y con casco, bien podría ser una mujer o un hombre, como en el triciclo sin el manillar, que sugiere el equilibrio que debe haber entre ambos. También hay poesía en el Monte Tamadaba, en su perfil, con sus pinos canarios, sus barranqueras y esa línea curva que recorta el cielo azul. Donde quiera que uno mire, si la mirada es limpia, libre y natural, hay poesía.
 
Texto: Quico Espino
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo y François Hamel
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