Turismo sí, pero no contra la vida local
Gran Canaria no tiene que pedir perdón por vivir del turismo. Lo que sí debe decidir, con madurez política y sentido de futuro, es de qué manera quiere convivir con él sin sacrificar su identidad, su equilibrio social y la dignidad cotidiana de quienes sostienen la isla durante todo el año.
Gran Canaria no sería hoy lo que es sin el turismo. Su huella en la economía insular es innegable: ha generado empleo, ha atraído inversión, ha impulsado infraestructuras y ha proyectado el nombre de la isla más allá de nuestras fronteras. Sería frívolo negar ese papel decisivo. Pero también lo sería aceptar, sin discusión ni límites, que todo lo que conviene al turismo conviene automáticamente al interés general.
Ese es, precisamente, el punto donde comienza el debate serio. No se trata de rechazar al visitante ni de alimentar un discurso simplista de confrontación. El problema no es que nos visiten; el problema aparece cuando la isla empieza a organizar su vida diaria más para ser consumida que para ser vivida. Cuando el residente deja de ser el centro de la planificación y pasa a ocupar un lugar secundario frente a la rentabilidad inmediata, algo esencial se rompe.
La primera señal de alarma suele aparecer en la vivienda. Allí donde el mercado se tensa, donde el alquiler se vuelve inaccesible para trabajadores, jóvenes o familias, el progreso deja de parecer compartido. Lo que para algunos es oportunidad de negocio, para otros se convierte en incertidumbre, expulsión silenciosa o imposibilidad de construir un proyecto de vida. Ningún destino puede presumir de éxito si quienes lo mantienen en pie no pueden permitirse habitarlo con estabilidad.
La segunda alarma afecta a los barrios y a su tejido humano. Una comunidad no está formada solo por fachadas bonitas ni por rincones fotografiables. Está hecha de relaciones, memoria, comercio de proximidad, costumbres y vínculos. Cuando un barrio pierde vecindad y gana decorado; cuando las calles conservan apariencia pero vacían su vida propia; cuando el espacio público se diseña más como escenario que como lugar de encuentro, la identidad empieza a deteriorarse aunque las estadísticas sigan celebrando cifras récord.
Conviene decirlo sin rodeos: no todo lo rentable es saludable. No todo lo legal es justo. No todo lo que genera actividad económica mejora la convivencia. A veces el deterioro social no llega en forma de crisis estruendosa, sino de desgaste lento, de malestar acumulado, de una sensación compartida de que la isla se vuelve cada vez menos habitable para quienes la aman y la sostienen. Ese malestar no debe despreciarse como ruido ideológico ni como resistencia al cambio. Es una advertencia cívica.
“La isla no puede vender autenticidad mientras empuja fuera de ella a quienes la hacen auténtica.”
Gran Canaria necesita, por tanto, un modelo turístico compatible con la vida local, no construido a costa de ella. Un modelo que sume prosperidad sin vaciar de sentido el territorio. Un modelo que respete la capacidad de carga de los espacios, distribuya mejor los beneficios, fortalezca los servicios públicos y proteja el derecho a una vivienda asequible. Un modelo que entienda que la autenticidad no es un eslogan de campaña: es una realidad humana que desaparece cuando se expulsa, se arrincona o se invisibiliza a quienes la hacen posible.
La discusión, por eso, no debe caer en la caricatura de elegir entre turismo o bienestar. Esa es una falsa disyuntiva. La tarea verdadera consiste en gobernar mejor. Regular mejor. Planificar mejor. Escuchar más a los municipios, a los residentes, a los sectores productivos y a quienes advierten de los desequilibrios antes de que se conviertan en fracturas profundas. La buena política no consiste en negar los problemas por miedo a dañar una marca; consiste en afrontarlos a tiempo para proteger lo que da valor real a esa marca.
Medir el éxito turístico solo por ocupación, facturación o llegada de visitantes es quedarse a mitad del análisis. Un destino maduro debe examinar también su cohesión social, la accesibilidad de la vivienda, la calidad del empleo, la movilidad, la preservación del paisaje y la percepción ciudadana sobre la convivencia. Si el negocio crece mientras se erosiona la vida común, no estamos ante un desarrollo ejemplar, sino ante un desequilibrio maquillado de prosperidad.
El verdadero prestigio de un destino no reside únicamente en ser deseado desde fuera. Reside, sobre todo, en seguir siendo habitable desde dentro. En que sus trabajadores no tengan que alejarse de su municipio para vivir. En que sus barrios no se conviertan en escaparates sin vecinos. En que su belleza no dependa de sacrificar la tranquilidad, la pertenencia y los derechos elementales de la población local.
Gran Canaria no debe renunciar a su fortaleza turística. Sería tan absurdo como injusto. Lo que sí debe hacer es elevar su exigencia moral sobre ella. Porque una isla que se respeta a sí misma no rechaza la prosperidad: la ordena, la regula y la pone al servicio de la comunidad. Y ahí está la diferencia decisiva entre un destino exitoso y un territorio digno.
Vidal Bolaños Betancort






























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