El uso del pseudónimo: decir la verdad cuando decirla tiene precio

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]La utilización de pseudónimos ha acompañado históricamente a la crítica. No es una moda ni un capricho literario: es, en muchos casos, una herramienta de protección. A lo largo del tiempo, quienes han decidido señalar lo incómodo, cuestionar lo establecido o denunciar incoherencias han recurrido a ocultar su identidad para salvaguardar algo fundamental: su libertad.
 
En 2026, esta realidad sigue plenamente vigente. También en lugares como Gáldar, donde el uso del pseudónimo no es una excentricidad, sino una consecuencia directa del contexto. Porque cuando la crítica tiene coste, protegerse deja de ser opcional.
 
Las represalias pueden adoptar muchas formas. No siempre son visibles, ni explícitas. A veces se manifiestan en silencios, en puertas que se cierran, en miradas que cambian. Otras veces son más directas. En cualquier caso, el mensaje es claro: cuestionar no siempre es bienvenido.
 
Y ahí aparece un problema mayor. Cuando el poder se acostumbra a no ser cuestionado, se distorsiona. El poder, sin freno, tiende a corromper. Pero si a eso se le suma el fanatismo —la defensa ciega, la incapacidad de aceptar matices— el resultado es aún más preocupante. Se crea un entorno donde la crítica no solo desaparece, sino que ni siquiera se espera.
 
En ese escenario, la realidad comienza a diluirse.
 
Llegamos entonces a situaciones casi absurdas, pero profundamente reveladoras. Somos capaces de aceptar que “está nevando en Gáldar” aunque estemos en plena alerta por ola de calor. No porque lo creamos de forma literal, sino porque hemos aprendido a aceptar relatos construidos por encima de los hechos. La publicidad y el marketing han penetrado con tal intensidad que, en ocasiones, sustituyen a la experiencia directa.
 
Esto no significa que las galdenses y los galdenses no sean personas inteligentes. Todo lo contrario. Se trata de una comunidad con criterio, con capacidad y con sentido común. Pero incluso los pueblos más lúcidos pueden verse condicionados cuando el entorno empuja constantemente hacia la complacencia y la falta de cuestionamiento.
 
Cuando a una sociedad se le entretiene, se le seduce y se le acostumbra a no pensar demasiado, el pensamiento crítico pierde espacio. Y sin pensamiento crítico, la percepción de la realidad se vuelve frágil.
 
En este contexto, el pseudónimo deja de ser un escondite y se convierte en una herramienta legítima. No es una forma de huir, sino una forma de poder hablar. Permite centrar la atención en el contenido, no en la persona. Protege al individuo para que el mensaje pueda existir.
 
Porque, al final, no todo el que critica lo hace por ambición política. Hay quienes no buscan poder, ni protagonismo, ni reconocimiento. Solo buscan algo mucho más sencillo —y mucho más necesario—: que se vea la verdad.
 
Que no nos dejemos deslumbrar por el brillo de los focos. Que no confundamos la imagen con la realidad. Que recordemos que las promesas no son decorado, sino compromisos. Y que el verdadero contrato con el pueblo no está en lo que se dice, sino en lo que se cumple.
 
El uso del pseudónimo, en este sentido, es casi un síntoma. Nos indica que todavía hay cosas que no se pueden decir abiertamente sin consecuencias. Pero también nos recuerda que, incluso en esos contextos, hay quienes siguen dispuestos a decirlas.
 
Y mientras eso ocurra —con nombre propio o sin él— la crítica seguirá viva. Aunque incomode. Aunque moleste.
 
Aunque algunos prefieran seguir diciendo que nieva, mientras el calor aprieta.
 
Guayarmina Guanarteme
 
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