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Les confesaba la semana pasada que desde hace un tiempo visito al psiquiatra debido a un continuo desasosiego y malestar que me producen los acontecimientos que ocurren en este revuelto mundo nuestro, y les explicaba también que este grande y caro profesional me recomendó que, para combatir esta desazón escribiera en clave de humor algunos pasajes de la historia.
Así lo he hecho y tengo que confesarles que no me he sentido mal, la terapia ha funcionado. Llevo una semana durmiendo a pierna suelta. Pero, claro, no siempre soy capaz de sustraerme a las noticias que se generan cada día. Digamos que me pueden. Y ello provoca que me olvide del humor y me enfrasque en la actualidad. Esto va a suponer más incertidumbre, desánimo y malhumor, lo sé, pero no puedo evitarlo. Me lanzo al ruedo sin otras consideraciones, aunque sé que dentro de tres semanas mi psiquiatra me lo recriminará. No me quedará más remedio que agachar la cabeza pensando que, encima, tendré que pagarle al final de la consulta. No saben cómo me fastidia eso. Solo de pensarlo ya me solivianto.
En muy pocos años hemos visto cómo los acontecimientos bélicos han transformado el Orden Internacional, generando un enorme desasosiego, una gran incertidumbre, una tremenda preocupación en la población de medio mundo que ve cómo salta por los aires el equilibrio logrado después de la Segunda Guerra Mundial.
Estamos observando cómo, superado el primer cuarto de siglo XXI, volvemos a las Cruzadas, a la Guerra Santa, a la lucha contra los infieles. En definitiva, a la Edad Media.
Debemos recordar que las Cruzadas fueron una serie de campañas militares impulsadas por la Iglesia Católica para recuperar los lugares sagrados bajo dominio musulmán. A estos lugares se les denominó Tierra Santa, con capital en Jerusalén.
Para refrescar la memoria de los lectores que se enfrentan a este escrito, expondré unas ligeras pinceladas sobre las mismas antes de continuar con lo que quería.
Cuentan los libros de Historia que hubo varias Cruzadas, unas ocho o nueve, que se prolongaron hasta finales del siglo XIII. La primera de ellas, y la más exitosa ocurrió allá por el año 1096 y se prolongó hasta 1099: En dicha Cruzada se tomó Jerusalén y se establecieron nuevos Estados Cruzados.
Las primeras, convocadas por el Papa Urbano II, involucraron a caballeros, campesinos y órdenes militares, por ejemplo, los Templarios, que llevaban una cruz bordada en el pecho. Todos los que participaron eran europeos. En dichas campañas se combinaban motivos religiosos, económicos y de expansión feudal que fortaleció el comercio con Oriente y el debilitamiento del sistema feudal.
El resultado final fue que, a largo plazo, fracasaron en su objetivo de mantener el control de Tierra Santa, que volvió a manos musulmanas.
Una vez explicados sucintamente los hechos del pasado, vamos con el presente.
El señor Trump (lo de señor es un eufemismo) y su acólito genocida Netanyahu, han convocado una Nueva Cruzada. El objetivo no es recuperar Tierra Santa como antaño, sino algo más preciado hoy: hacerse con el petróleo y el gas natural en manos de infieles, aunque ellos lo intentan camuflar en sus discursos. Para ello, el presidente de Estados Unidos ha querido que sus aliados europeos acudan en masa para ayudarle a hacerse con tan preciado líquido, que lo secunden en tan noble empresa. Esta vez, el Soleimán de turno no es Jerusalén, sino Irán y su sumo sacerdote, el presidente del país.
Sin esperar respuesta, estos aguerridos caballeros de la nobleza han lanzado sus huestes aéreas contra su encarnizado enemigo, causando mucho daño a la población así como a infraestructuras del país infiel. A pesar de ello, esta penúltima Cruzada no ha tenido, al parecer, todo el éxito que esperaba el nuevo Urbano II, pues el ejército infiel, a pesar de sufrir grandes reveses, ha respondido al ataque, manteniendo a raya al invasor, cosa que no habían previsto. Y, claro, los mandamases invasores están que trinan, porque pensaban que era cuestión de coser y cantar: lanzar unas cuantas bombas, dañar infraestructuras básicas, conseguir que la población se volviera contra su gobierno, sustituirlo por otro más conveniente para el país invasor, y regresar a casa, eufóricos, para contar sus hazañas a los cuatro vientos y disponer del carburante a su antojo.
Ahora tendrán que esperar, organizar una nueva partida, convencer a su aliados, que les han salido respondones y que están pregonando a voz en grito el NO A LA GUERRA (al menos a esa guerra), para que vean las bondades de la nueva Cruzada.
El Ser Supremo está enfadado porque algunos no han seguido sus directrices. Se pasea colérico en su particular Olimpo echando chispas celestiales, porque sus subordinados aliados europeos no quieren enviar sus huestes a combatir al infiel. Y esta no son maneras, se dice a sí mismo mientras de sus ojos salen rayos apocalípticos. Tendrá que enviarles un castigo ejemplar desde que tenga un poco de tiempo libre para que aprendan a obedecerle.
No sabe, no conoce el señor Trump ni su genocida amigo la historia de Europa, ni veo posible que hayan visto siquiera alguna película sobre las Cruzadas. Si conocieran la historia sabrían que estas no fueron campañas exitosas para la Cristiandad y de ahí que sus socios-aliados-subordinados no hayan querido meterse en tamaño berenjenal.
Mientras, en la Tierra, donde vivimos los mortales, algunos valientes y osados patriotas de sillón arengan a sus huestes a marchar a Tierra Santa, pero estas se muestran remisas, renuentes, precavidas, porque no están muy dispuestas a repetir la experiencia de siglos pasados.
Esta nueva Cruzada tendrá las mismas consecuencias para los de siempre: los pobres, que pagaremos con creces esta incursión y sufriremos por ello, como así ha sido a lo largo de los siglos. Nuestro desasosiego irá en aumento porque sabemos a ciencia cierta quiénes serán los más perjudicados. Nuestra preocupación nos llena de congoja, de miedo e impotencia, conscientes de que nada podemos hacer aparte de lamentarnos.
Pero pensemos en los otros, en los que apoyan estos hechos bélicos que llevan a esta desintegración de la sociedad y a este desorden internacional en el que la Economía se arrastrará por los suelos abatida por los precios de los carburantes. Me refiero al grupo de personas con mucho poder que siempre están dispuestas a participar del botín, a beneficiarse sin importarles a costa de qué o de quiénes.
¿Estarán desasosegados, inquietos y tan preocupados como nosotros? ¿Vivirán los hechos con la misma incertidumbre? ¿Sufrirán las consecuencias de la misma manera?
No me cabe duda. Estoy completamente seguro de que están desasosegados y preocupados, de que viven en una continua incertidumbre porque se pasan las horas y los días atentos a la bolsa, a ver si sube o baja, vigilantes por comprobar si han tenido pérdidas o, por el contrario, siguen al alza, como esperaban cuando decidieron apoyar con su dinero esta penúltima Cruzada.
¡Y a ver qué le digo yo a mi psiquiatra en la próxima cita! ¡Cómo le explico esta tendencia mía a complicarme la vida! Rapapolvo seguro.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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