Microrrelatos. El ombligo del mundo

Una reflexión sobre la indiferencia cotidiana y el egoísmo en las relaciones sociales actuales.

Olga Valiente Miércoles, 08 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Últimamente tengo la impresión de que la gente va por la vida como si llevara delante una pantalla invisible delante de la cara, y digo invisible porque no me refiero al móvil.

 

No miran, no escuchan. Nadie se detiene a pensar en el otro. Solo avanzan, hablando y pensando en sí mismos, en sus problemas, atentos a sus propias prisas, a sus cosas, como si el resto del mundo solo formara parte de un decorado.

 

Lo veo cada día al ir al trabajo, al recoger a mi hija del colegio, al llevarla al parque, al ir a comprar, pero, sobre todo, he podido comprobarlo hoy mientras estaba en la cola de la panadería.

 

Delante de mí había un señor protestando porque el pan no estaba lo suficientemente crujiente, tal y como a él le gustaba. Lo decía con una indignación tal, que parecía el mismísimo Trump declarando la guerra a la dependienta.

 

—Es que esto no puede ser señorita —decía—. Yo le estoy pagando por un servicio que usted no me está dando.

 

La chica, con ojeras hasta el alma, le pidió disculpas con una educación que, bajo mi punto de vista, no se merecía. Me bastó dos segundos para entender que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no echarse a llorar allí mismo.

 

Entonces entró una señora mayor con un bastón, caminando despacio y preguntando quién era el último. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Ni el hombre protestón del pan poco crujiente, ni la adolescente del móvil en la mano. Tampoco el deportista que decía llegar tarde al gimnasio. Todos siguieron a lo suyo como si la señora que entró fuese transparente o un simple fantasma hablando desde otra dimensión.

 

—Póngase aquí doña —dije, dejándole mi puesto en la fila.

 

La señora me sonrió agradecida diciéndome que pediría por mí también para que no perdiera la vez, pero, antes de que pudiera colocarse en mi lugar, el señor de la queja levantó la voz.

 

—Señora, aquí hay un orden.

 

Tuve ganas de mandarlo a freír espárragos, pero, en lugar de eso, lo miré y le dije «exacto, el que usted lleva rato perdiendo». La mirada que recibí como respuesta llevaba implícita toda una maldición gitana, acompañada de quejas y de frases del tipo «yo solo estoy defendiendo mi sitio».

 

—No señor, lo único que está defendiendo es su jodido ombligo.

 

Se hizo un silencio pequeño, de esos que incomodan más que un grito. La muchacha del mostrador bajó la cabeza para disimular una sonrisa. La señora del bastón murmuró un «gracias» que sonó a cansancio acumulado.

 

Al salir de la panadería, pensé que ese era el gran problema de ahora: que demasiada gente confundía tener derechos con creerse el centro del universo. Todo es «yo», «lo mío», «mi tiempo», «mi problema». Y mientras tanto, el mundo se va llenando de personas agotadas de cargar también con la indiferencia ajena.

 

Olga Valiente

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