Microrrelatos. El cuatrero

La breve estancia de Tom Wither en un pueblo del Oeste termina en tragedia, dejando tras de sí un legado artístico y un misterio que conmociona a la redacción de The New York Times.

Eulalio J. Sosa Guillén Lunes, 13 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
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Hoy en día no es más que otro pueblo fantasma del Lejano Oeste, abocado a sobrevivir del turismo. Pero en 1854, cuando The New York Times envió a Tom Wither a patear sus dos únicas calles, ya era el enclave un floreciente emporio de ganaderos, mineros en tránsito y un sinfín de trotamundos: alemanes de Baviera, esclavos fugados y chinos que seguían los raíles y durmientes de la incipiente línea férrea.

 

Por la mañana muy temprano, la chiquillería aguardaba paciente a la locomotora y su ténder para sisar un poco de hulla y obtener unos centavos en la reventa ambulante que solían hacer de puerta en puerta. Mientras los pequeños rateros hurtaban el sólido combustible, el dibujante Tom Wither, que se había apeado del tercer vagón, los inmortalizó con rapidez y maestría a pesar de su juventud. Acto seguido, se apresuró a guardar la escena en su cartapacio de badana, quizás para que los rapaces no huyeran en desbandada, cual gorriones furtivos.

 

Hacía un mes que Tom Wither se hospedaba en un cuartucho al final de la calle, próximo a la cuadra pública, y su cartapacio estaba repleto de escenas cotidianas. Pero él anhelaba algo fresco y salvaje que lo catapultase algún día a los soñados bulevares y coliseos europeos. Después del almuerzo, se alejó de la forja del herrero y dejó atrás, a la derecha, la loma del cementerio y el erizado suelo de cruces.

 

No había caminado aún media legua cuando el tordillo de un manchón de álamos lo invitó, desde la umbría, a dibujar una manada salvaje de caballos: appaloosas moteados, indómitos mesteños y percherones libertos que se unieron al grupo después de obtener de sus amos la manumisión. Enfrascado en los rostros de los cuadrúpedos, las crines al viento, las cabriolas y las cortas galopadas, no advirtió la llegada de aquellos facinerosos.

 

Cuando alzó la vista, ya los tenía encima. Cuatro hombres, con espuelas en las botas, manos inquietas y ojos taladrantes, lo acusaron de cuatrero. Tom Wither apenas alcanzó a balbucear una explicación que nadie quiso escuchar. Sin mediar palabra, lo colgaron de una alta y robusta rama.

 

A la mañana siguiente, el carro de un granjero que iba a por provisiones dejó a la puerta de la oficina del sheriff el rígido cuerpo del artista. Antes de que se apagase el día, Tom Wither se encontraba sepulto en el cementerio de la loma.

 

Dos semanas después del trágico suceso, un niño de unos doce años, con gorra y flequillo rubio, como escapado de una novela de Charles Dickens, depositó sobre la mesa del despacho un paquete dirigido a la atención del redactor jefe de The New York Times.

 

El redactor deslazó el bramante y apartó rápidamente el papel de estraza que protegía el envío. Una escueta nota decía: “Aquí están las pertenencias de Tom Wither”. El veterano articulista retiró cuatro lapiceros gruesos, con sus capuchas metálicas, un cortaplumas y un reloj con leontina y sin cuerda. Después fue ojeando, una a una, las láminas del cartapacio. Primero, la de la bella chica con el sugestivo peinado victoriano y de grácil cuello adornado con un camafeo; a continuación, la de un podenco durmiendo bajo un molino de viento; y la del jefe indio, con la mirada vencida y un chirlo en el labio superior. El redactor jefe pensó que Tom Wither era un gran artista que cuidaba hasta el más mínimo detalle: el relieve del húsar en el interior del camafeo, los surcos torcidos en la despejada frente del jefe indio y la placidez del sueño del podenco, ajeno al movimiento de las aspas.

 

Para asombro y estupor del redactor y del cajista, que había llegado en ese momento, en la última lámina vieron la cuerda y el apretado dogal que sujetaba el cuerpo sin vida de Tom Wither, colgando del álamo. El trazo se interrumpía de pronto, como si la mano hubiera dejado de obedecerle.

 

Eulalio J. Sosa Guillén 

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