Germán VegaGermán Vega (Las Palmas de Gran Canaria, 1966) es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, Máster en Gestión Empresarial y Dirección de Recursos Humanos, Máster en Sociología Aplicada y Máster en Transformación Digital. Amante de la música, la poesía y la narrativa, es con esta última con la que ha logrado expresar mejor su creatividad, concibiendo historias fantásticas en escenarios cotidianos en los que la realidad y la ficción se mezclan con elevadas dosis de intriga y misterio.
¿Cuándo descubriste que la narrativa era el mejor medio para expresar tu creatividad frente a la poesía o la música?
La poesía formó parte de mi primera etapa como escritor. Cuando somos jóvenes solemos ser muy intensos, muy pasionales, y la poesía es un buen modo de expresar esa pasión. En cuanto a la música, el final llegó a raíz de un suceso triste: la muerte de un ser querido. Ese suceso dramático despertó en mí la necesidad de expresar mis creencias acerca del sentido de la vida y de la muerte. Así nació la idea de escribir Verdades Cruzadas, mi primera novela. Todas las historias que he escrito después han sido diferentes a esa ópera prima; menos filosóficas, desde luego, aunque siempre aprovecho la ocasión para dejar algún mensaje y hacer pensar a los lectores.
Tus historias mezclan lo cotidiano con lo inexplicable, ¿qué te atrae de ese punto donde la realidad y lo paranormal se cruzan?
Yo crecí con ese tipo de cosas alrededor. En mi casa era normal hablar de aparecidos, de sucesos paranormales o de poderes especiales. Como decía Jorge Wagensberg, “lo natural es lo real conocido y lo sobrenatural, lo real desconocido”. Para mí ambos niveles forman parte de un todo. No entiendo lo uno sin lo otro. Creo que nuestra vida trasciende esta realidad que conocemos. El amor es la prueba más clara de que hay algo superior a todos nosotros que nos guía de alguna manera. ¿Cómo si no estaríamos dispuestos a dar nuestra propia vida por otro?
Se te conoce como el «Stephen King canario», ¿cómo llevas esa comparación y en qué sientes que tu estilo se diferencia?
Me da un poco de risa. Es un halago, pero, sobre todo, lo considero un reclamo. Todo aquel al que le gusten las historias del maestro de Maine querrá saber si de verdad Germán Vega se le parece, aunque sea un poco. Si eso lo acerca a mis novelas y me descubre, le agradeceré al bueno de Stephen el favor. Obviamente no escribo como él. Nuestros estilos son diferentes, pero nos une el gusto por el terror psicológico y la profundidad de los personajes. Ambos elaboramos historias inquietantes que intentan mantener al lector pegado al libro. Mis novelas, como las suyas, también tienen dientes.
En obras como Yo te maldigo o Fantasmas, el componente psicológico es muy fuerte, ¿qué importancia le das a la mente humana en el terror?
Muchísima. La mente es la que nos permite percibir los sucesos de la manera en la que lo hacemos. También el terror. Como dice Víctor Román, el personaje central de Lluvia negra: «Todo lo que ves es real, todo lo que crees es real, todo lo que sueñas es real». Yo juego con esos elementos. Me gusta crear historias en las que una verdad pueda ser o no ser dependiendo de la mente del personaje que la sufre, del resto de personajes de la trama y, por supuesto, de la mente del lector que la vive a través de la novela.
Gran parte de tus historias están ambientadas en Gran Canaria, ¿qué aporta este entorno a tus relatos?
No suelo ambientar mis historias en un sitio concreto. Sin embargo, en algunas como Fantasmas o Grietas, sí elegí la isla para centrar la historia. A la gente que es de aquí le aporta un poco más de cercanía. Son capaces de imaginarse a los personajes en lugares que conocen y eso engancha también, de alguna manera. Pero no es algo que utilice mucho. Al menos no tanto como lo han hecho Alexis Ravelo o José Luis Correa.
Has trabajado tanto la novela como el relato corto, ¿en qué formato te sientes más cómodo y por qué?
Escribir relatos me divierte, de hecho, al único concurso al que me he presentado y del que recibí el primer premio fue a uno de relatos, con Las voces, y lo hice por diversión, pero yo me considero novelista. Las historias largas me dan la oportunidad de ahondar en los personajes y desarrollar más la trama. Hay más posibilidades de introducir giros y, aunque es difícil lograr la intensidad que tiene un relato, me da la oportunidad de introducir tantos personajes como mi imaginación me permita. Quien me conoce sabe que mis novelas no tienen precisamente pocos personajes.
En tu ensayo Tenemos una cita cambias completamente de registro, ¿qué te llevó a explorar ese lado más reflexivo?
Supongo que esa inquietud viene de mi formación sociológica. En 2020, en plena pandemia, Pablo Puertas, por entonces director de la desaparecida revista cultural Lenguas de Fuego, me propuso colaborar con él aportando un artículo semanal. Se me ocurrió hablar, a partir de la cita de algún personaje famoso (filósofo, músico, actor…), de los aspectos relevantes de la vida humana (amor, odio, hipocresía, sexo, pasión, miedo…). Así nació una columna semanal a la que llamamos La cita de la semana. Lo hicimos durante cincuenta y dos semanas, que son las que tiene un año. Después, Editorial SG aceptó recopilar esos artículos en el ensayo Tenemos una cita, ensayo sobre la sana imperfección humana.
¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de construir una historia inquietante desde una idea inicial?
Generalmente, me viene la idea a través de un título. Una idea central que va tomando forma poco a poco en mi mente. Cuando creo que es lo suficientemente buena como para escribir algo, comienzo. A medida que desarrollo la trama, sin un orden preestablecido, aparecen los personajes y, curiosamente, todo aquello en lo que había pensado al principio se va al traste. Es entonces cuando ellos (los personajes) toman el control y me guían para contar la historia como ellos quieren que se cuente. Suena un poco paranoico, pero sucede más o menos así.
Acabas de presentar tu nueva obra Grietas, ¿qué pueden esperar los lectores de esta colección y qué la hace diferente a tus trabajos anteriores?
Como digo en el prólogo, solo trato de ofrecer un poco de entretenimiento, un poco de diversión. Siempre pueden esperar sorprenderse, pasar un poco de tensión, incluso un poco de miedo, y disfrutar de la trama junto a los personajes. En lo referente al trabajo en sí, es distinto a los relatos de Cuando apagas la luz, porque son mucho más largos. Se trata de cinco noveletas, de unas quince mil palabras cada una, en un solo volumen. Por lo que tendrán todo lo bueno del relato y algunas cositas buenas de las novelas. Esa es la diferencia principal. En cuanto al género y al estilo, no hay diferencias, solo un escritor con algún año más que el que escribió la última novela (risas).
Después de una trayectoria tan variada, ¿hacia dónde te gustaría evolucionar como escritor en tus próximos proyectos?
He terminado una novela en la que me sumerjo un poco en el mundo de la fantasía. Pasé de puntillas por el género en Yo te maldigo, pero en esta me adentro un poco más, aunque sin perder de vista el misterio y el terror. Me gusta el resultado, y creo que al público también le gustará. Me siento cómodo escribiendo lo que escribo. De momento no tengo en mente cambiar de registro. En cualquier caso, si lo hiciera, siempre lo haría con la misma pasión con la que he escrito todas mis novelas. Eso no cambiaría jamás. Cuando deje de divertirme será el momento de dejarlo.
Zeneida Miranda Suárez
































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