Gran Canaria no puede seguir expulsando a su gente

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Hay realidades que terminan retratando a una sociedad mejor que cualquier discurso. Y hoy, en Gran Canaria, una de esas realidades es la vivienda.

 

Se habla de crecimiento, de dinamismo, de oportunidades y de avance económico. Pero basta mirar la vida cotidiana de muchos jóvenes, trabajadores y familias para entender que algo no encaja. Cada vez cuesta más emanciparse, cada vez cuesta más alquilar, cada vez cuesta más permanecer en el lugar al que uno pertenece.

 

Ese es el verdadero problema de fondo: una isla no puede considerarse próspera si vivir en ella empieza a convertirse en un privilegio. Cuando la gente que sostiene cada día esta tierra no puede construir aquí su proyecto de vida, la fractura ya no es solo económica. Es también social y moral.

 

Conviene decirlo con claridad. La vivienda en Canarias ha dejado de ser una preocupación sectorial para convertirse en una cuestión central de justicia pública. Y cuando una urgencia afecta de manera tan directa a la posibilidad de quedarse, echar raíces y formar un hogar, ya no bastan los anuncios, los planes o las promesas aplazadas.

 

Además, en Gran Canaria este problema nunca se queda quieto. Lo que un municipio no resuelve termina desplazándose al siguiente. Quien no encuentra casa en Las Palmas de Gran Canaria empuja la presión hacia Telde; quien no puede quedarse en Telde mira hacia Ingenio, Agüimes o Santa Lucía. Así se extiende el problema por toda la isla mientras las administraciones siguen actuando demasiadas veces como si cada una habitara una realidad distinta.

 

También hace falta más honestidad al hablar del modelo de crecimiento. No se puede celebrar sin matices la atracción constante de actividad, inversión y visitantes, y fingir al mismo tiempo que eso no tiene efectos sobre el precio del suelo, sobre los alquileres o sobre la vida en los barrios. El desarrollo no puede medirse solo por lo que llega, sino también por la capacidad de proteger a quienes ya están.

 

Gran Canaria necesita crecer, por supuesto. Pero necesita crecer con sentido, con equilibrio y con prioridades claras. Y la primera de todas debería ser elemental: que su gente pueda seguir viviendo aquí.

 

Porque una isla que expulsa poco a poco a los suyos podrá exhibir cifras de éxito, pero habrá perdido algo mucho más importante: la decencia de parecerse todavía a un hogar.

 

Vidal Bolaños Betancort

 

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