Microrrelatos. El experto en lunas

La mirada única de Martín revela el valor de la constancia y el amor en los pequeños gestos cotidianos.

Vidal Bolaños Betancort Lunes, 06 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
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Nadie en la familia sabía por qué Martín siempre miraba la luna.

 

No importaba la hora. No importaba si hacía frío o si la noche era tan cerrada que apenas se veía nada. Martín encontraba la luna. Siempre. Como si tuviera un detector interno que el resto de los humanos había perdido en algún punto de la evolución y él, por alguna razón que nadie supo explicar nunca, había conservado intacto.

 

Su madre lo descubrió una noche de invierno, cuando él tenía cuatro años. Se levantó a las tres de la madrugada a buscar agua y lo encontró de pie en el salón, en pijama, con la nariz pegada al cristal de la ventana, completamente inmóvil. Pensó que algo le pasaba. Se acercó despacio, le puso la mano en el hombro, y él se giró con esa sonrisa suya —esa sonrisa que no se aprende, que no se finge, que simplemente sale porque sí— y señaló el cielo con el dedo índice.

 

— Luna —dijo.

 

Solo eso. Luna. Como si fuera suficiente. Como si fuera todo.

 

Y lo era.

 

Martín tenía síndrome de Down y una colección de ciento cuarenta y siete fotografías de la luna.

 

Las tenía organizadas en una carpeta azul que guardaba debajo de la cama con el mismo cuidado con que otros guardan sus cosas más valiosas. Porque para él lo eran. Cada foto tenía una fecha escrita en el reverso con rotulador negro, con esa letra grande y decidida que era la suya, y a veces una palabra. Solo una.

 

Redonda. Naranja. Tímida. Enorme. Mía.

 

La última palabra fue la que más le gustó a su padre cuando la encontró un día buscando algo debajo de la cama. Se quedó sentado en el suelo con la foto en la mano durante un buen rato. La luna llena de un octubre cualquiera, perfecta y blanca sobre un cielo negro, y detrás, en rotulador, aquella palabra.

 

Mía.

 

No se la había enseñado nadie. No había salido de ningún libro. Era suya. Había mirado la luna tanto tiempo, con tanta intensidad, con tanto amor sin nombre, que en algún momento había decidido que le pertenecía. Y punto.

 

Su padre guardó la foto de nuevo en la carpeta, la metió debajo de la cama exactamente como estaba, y fue al baño a lavarse la cara.

 

En el colegio, los lunes, había una actividad que se llamaba "Mi experto favorito". Cada semana un niño diferente explicaba algo que sabía hacer muy bien o algo que le apasionaba. Hubo un experto en dinosaurios, una experta en nudos marineros, un experto en recetas de su abuela, una experta en los nombres de todas las mariposas de la península.

 

Cuando le tocó a Martín, llegó con la carpeta azul bajo el brazo.

 

La maestra lo ayudó a colgar algunas fotos en la pizarra. Martín se puso delante de la clase, se ajustó el cuello de la camisa —un gesto que hacía siempre que algo le parecía importante— y empezó.

 

Habló durante veinte minutos.

 

Habló de cómo la luna cambia pero siempre vuelve. De cómo a veces desaparece del todo pero eso no significa que no esté. De cómo hay noches en que parece que te sigue cuando vas en el coche y eso, dijo con total seriedad, es porque quiere acompañarte. De cómo la luna llena le ponía contento y la luna nueva le ponía un poco triste, pero solo un poco, porque sabía que iba a crecer de nuevo.

 

Nadie habló. Veintidós niños de ocho años, quietos, mirando a Martín.

 

Al final hubo preguntas. Muchas. Más que ningún otro experto había recibido nunca.

 

Camila preguntó si la luna tenía nombre propio. Martín pensó un momento y dijo que sí, pero que era un secreto entre él y ella.

 

Lucas preguntó si daba miedo verla tan grande algunas noches. Martín negó con la cabeza, muy serio. Al contrario, dijo. Al contrario.

 

Y una niña del fondo, muy bajita, con trenzas, que casi nunca hablaba en clase, levantó la mano despacio y preguntó:

 

— ¿Y tú crees que la luna nos mira a nosotros también?

 

Martín la miró. Sonrió. Se ajustó de nuevo el cuello de la camisa.

 

— Claro —dijo—. Por eso no se va nunca del todo.

 

Esa noche, la maestra llegó a su casa, abrió el ordenador y estuvo un rato mirando la pantalla sin escribir nada.

 

Luego escribió esto en su diario:

 

"Hoy un niño de ocho años me explicó algo sobre la constancia, sobre la paciencia, sobre el amor que no desaparece aunque no se vea. Me lo explicó hablando de la luna. No sé si él sabe lo que me enseñó. Probablemente no. Probablemente para él solo fue hablar de la luna. Y quizás eso es exactamente lo más importante: que él no necesitaba saber que me estaba enseñando algo para enseñármelo."

 

Cerró el ordenador.

 

Fue a la ventana.

 

Buscó la luna.

 

Estaba ahí.

 

Como siempre.

 

Para todos los Martines del mundo, que miran donde los demás han dejado de mirar. Y para quienes tienen la suerte de estar a su lado.

 

Vidal Bolaños Betancort

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