“Arte diem” en lugar de “carpe diem” (aprovechar el presente, el momento, ese instante de la vida que puede ser fundamental), tiene que ver con aprovechar el arte en todas sus facetas, incluyendo, junto a las siete principales, la fotografía, el comic y el arte culinario, que es del que quiero hablar hoy pues últimamente se oye decir mucho que “uno es lo que uno come”, elevando la necesidad a un estadio mayor al que se compara con un arte.
Yo también creo que combinar los elementos para elaborar una buena comida, de esas que te relames y te hacen suspirar de placer, profiriendo un “uhmmm” al saborear la delicia que estás degustando, es un verdadero arte.
Provengo de una familia en la que casi todos sabían cantar, o sea que la música estaba en primer lugar, pero también la literatura era significativa (mi padre se decantaba por Marcial Lafuente Estefanía y Silver Kane; mi madre leía novelas ejemplares y mi hermana todo lo que le echaran, desde Tolstói hasta cualquier novela policiaca). Así mismo disfrutar de una suculenta paella de mariscos especiada con cúrcuma, que además le da color pajizo al arroz, no se salía de sus cánones, así como un buen cocido extremeño, con su delicioso consomé, o un sancocho de cherne con sus papas, batatas, calabaza, habichuelas, una buena pella de gofio y un mojo picón, pero que no pique mucho, especiado con pimentón picante, comino, y pimienta negra.
Todas estas artes, junto al cine, tuvieron gran relevancia entre mi familia antes de que cocinar fuera considerada una más, y recuerdo perfectamente que, allá por los años sesenta del siglo pasado, y en adelante, mi madre preparaba un potaje de coles que era un verdadero portento. Aparte de la col, a la cual partía en dos, ponía en el caldero, uno enorme y renegrido que había sido usado con fuegos de leña, en grandes trozos, un kilo de calabaza, otro de calabacines, una buena batata encarnada, tres piñas enteras, un puñado de habichuelas, judías veteadas, un kilo y medio de papas nuevas y otro kilo y medio de carne de cochino, de hila limpia.
Lo metía todo en el caldero con el agua hirviendo, después de añadir aceite de oliva, sal, un sobre de azafrán y un poco de comino para darle gusto al guiso, que era para nueve personas. Una vez que el potaje estaba hecho, cogía unos cuantos cucharones del condumio y lo pasaba por el pasapuré, mezclándolo de nuevo en el caldo, que se quedaba más espeso (yo lo sigo haciendo hoy día con la “minipimer”, y me acuerdo de mi madre cada vez que lo hago). Luego, ya todos sentados a la mesa, sacaba la col, la desmenuzaba y le ponía aceite y vinagre, hacía lo mismo con la carne, sobre la cual exprimía un limón, y amasaba el gofio con el caldo, llenaba los platos de potaje, depositaba el queso duro sobre la mesa… y ¡a comer se ha dicho!
¡María santísima! ¡Había que ver los sudores de mi padre! A veces no podíamos comernos el potaje, del emboste que nos agarrábamos con el gofio, la col y la carne, y nos alegrábamos los más pequeños porque no nos gustaba el calabacín, ni las habichuelas ni la calabaza, pero mi madre, tajante, nos las hacía comer.
-Si no te lo comes ahora, te lo comes a la noche. ¡Vaya, hombre, con estos meleguines! ¡Como María que me llamo, ustedes aprenden a comer de todo!
Y así fue. Mi madre fue una cocinera estupenda. Ella y todas las segundas madres que he tenido, sobre todo en Gáldar, que preparaban unas comidas riquísimas. Además mi hermana y la mayoría de mis hermanos salimos un poco cocinillas y aprendimos a combinar bien las verduras, las legumbres, la carne, el pescado, las especias, las salsas…, de manera que, sin presumir de nada, podemos decir que hemos participado de ese arte tan sustancioso, rico y apetitoso, que ha sido bautizado con el nombre de arte culinario.
Texto: Quico Espino
Foto: François Hamel.
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